DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO

 Antonio Gramsci

XXII

[La capacidad de comprensión de los trabajadores

y el trato intelectual serio que hay que darles]

 

L’Ordine Nuovo, I, 33, 10 enero 1920

L’Humanité, órgano oficial del Partido socialista francés, en su número del 27 de diciembre pasado, cita en sus puntos esenciales la propuesta para la constitución de los Consejos de fábrica votada en el Congreso cameral de Turín por 38.000 obreros organizados, y la comenta de modo muy favorable. En esa propuesta, y en el hecho de que en toda Italia ya se haya planteado la cuestión de los Consejos y se espere una solución por parte de las masas, L’Humanité ve un signo de la madurez política del proletariado italiano que, mientras la institución parlamentaria se va progresivamente descomponiendo, inicia los primeros experimentos para la creación de los órganos gracias a los cuales los trabajadores podrán asumir la dirección de la sociedad que la gestión burguesa ha llevado a la ruina, discute la extensión de sus atribuciones, y trata de determinar con exactitud su tarea y las relaciones con los organismos existentes.

Informando al público francés sobre el movimiento italiano, L’Humanité también tiene para nosotros cordiales palabras de elogio. Nuestra revista y el tono elevado de la discusiones que en ella se producen son puestos como ejemplo del alto grado de desarrollo intelectual, de la buena educación política y social de los trabajadores que la leen y la sostienen. Es cierto que nosotros no rehuimos entrar, como dice el escrito de L’Humanité, en cuestiones de carácter teórico, no rehuimos reclamar a nuestros lectores un esfuerzo sostenido y prolongado de atención, y eso lo hacemos con plena convicción de actuar honradamente y como buenos socialistas, dado que no, verdaderamente, como periodistas prudentes y solícitos de popularidad y de difusión.

Sí, es verdad, hemos publicado artículos “largos”, estudios “difíciles”, y continuaremos haciéndolo, cada vez que eso sea exigido por la importancia y la gravedad de los asuntos; esto está en la línea de nuestro programa: no queremos esconder ninguna dificultad, creemos conveniente que la clase trabajadora adquiera, desde ahora, conciencia de la extensión y de la seriedad de las tareas que le incumbirán el día de mañana, creemos honrado tratar a los trabajadores como hombres con los que se habla abierta, crudamente, de las cosas que le conciernen. Desgraciadamente, los obreros y los campesinos han sido considerados, durante mucho tiempo, como niños que tienen necesidad de ser guiados por todas partes: en la fábrica y en el campo, por el puño de hierro del patrón que le humilla la cerviz; en la vida política, por la palabra pomposa y meliflua de los demagogos que los fascinan. En el campo de la cultura, además, obreros y campesinos han sido y son considerados aún, por muchos, como una masa de negros que se puede fácilmente contentar con pacotilla, con perlas falsas y con los vidrios del fondo de los vasos, reservando para los elegidos los diamantes y las otras mercancías de valor. No hay nada más inhumano y antisocialista que esta concepción. Si hay en el mundo algo que tenga un valor por sí, todos son dignos y capaces de gozar de él. No hay ni dos verdades, ni dos diversos modos de discutir. No hay ningún motivo por el cual un trabajador deba ser incapaz de llegar a deleitarse con un canto de Leopardi más que con una guitarrota, supongamos, de Felice Cavalotti o de algún otro poeta “popular”; con una sinfonía de Beethoven más que con una canción de Piedigrotta. Y no hay ningún motivo por el cual, dirigiéndose a obreros y campesinos, tratando los problemas que les conciernen tan de cerca, como los de la organización de su comunidad, se deba usar un tono menor, distinto de aquel que a tales problemas les conviene. ¿Queréis que quien ha sido hasta ayer un esclavo se convierta en un hombre? Comenzad a tratarlo, siempre, como un hombre, y ya se habrá dado el paso más grande hacia adelante.

 

[Recogido en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 469-470; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 123-124; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

 

Antonio Gramsci, [La capacidad de comprensión de los trabajadores y el trato intelectual serio que hay que darles]

DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO

 Antonio Gramsci

XXI

[La escuela de cultura y propaganda.

Estudiar seriamente: conocimiento es sinónimo de fuerza]

L’Ordine Nuovo, I, 31, 27 diciembre 1919

La [revista] Avanguardia ha reproducido el programa de nuestra escuela de cultura y propaganda, dándole una publicidad nacional. En fin, incluso antes nos habían llegado cartas de compañeros, especialmente de jóvenes y de obreros, quienes desde ciudades y pueblos alejados de Turín se dirigían a nosotros para pedir informaciones y explicaciones sobre nuestros propósitos y sobre el modo como teníamos pensado trabajar para llevarlos a efecto. Jóvenes y obreros: las dos fuerzas con las que puede contar completamente el movimiento revolucionario, las reservas del socialismo, las tropas de las que están a punto de surgir los núcleos de gente enérgica, fuerte, dueña de sí misma, capaz de concretar la propia voluntad en una norma directriz de todo el conjunto social, capaz de dominar el mundo. No carece de significado que sea a nuestros jóvenes y a los obreros a quienes hoy anima mayor y mejor voluntad de saber. Conocimiento es, en el momento actual, sinónimo de fuerza.

Sobre todo, quienes viven lejos de Turín nos invitan a hallar el modo para hacerles posible seguir el curso de nuestra escuela, publicando por entregas los resúmenes de las lecciones y los informes de las discusiones, y difundiéndolos fuera de Turín. Así, un joven compañero de Ferrara nos escribe que “experimenta un vivísimo dolor por no poder asistir a las lecciones” y nos pide que le enviemos “copia de todos los textos que la escuela crea oportuno distribuir a los alumnos, con la lista de los libros indicados para profundizar el estudio de las cuestiones examinadas, etc.”. Y otros muchos compañeros nos hacen la misma petición. Nosotros sentimos la obligación moral de satisfacerlos, y lo haremos del modo más simple, sirviéndonos de nuestro periódico.

Desde el principio, nuestra intención ha sido que quedasen trazas del trabajo cumplido en la escuela y ese propósito se ha reforzado en nosotros después de haber visto que los primeros resultados superaban de lejos nuestras expectativas. La mayor parte de los alumnos, al poner por escrito el resumen de las lecciones, ha demostrado que quería trabajar seriamente. Los escritos han sido leídos y discutidos, y no pocos entre ellos son notables por la precisión de pensamiento y de expresión. Lo mismo hay que decir de las exposiciones orales de las cuestiones singulares, de los esquemas de conferencias de progaganda, y de lo demás. Todo este material lo hemos ido recogiendo y conservando con cuidado, y lo iremos publicando junto con los resúmenes esquemáticos de los conceptos expuestos en las lecciones teóricas. Para todas las lecciones daremos, así, un informe completo de todo el trabajo hecho en común. Para los alumnos, será una guía para su estudio y la mejor señal para revisar y abrazar sintéticamente el camino recorrido; para los que viven lejos, será una prueba, un signo de cuanto se ha podido hacer aquí, un estímulo a la emulación.

[Recogido en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 467-468; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 121-122; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [La escuela de cultura y propaganda. Estudiar seriamente: conocimiento es sinónimo de fuerza]

DE LAS “CRONICAS DE L’ORDINE NUOVO

Antonio Gramsci

XX

[La escuela de cultura y propaganda.

Los obreros quieren adquirir conocimiento]

L’Ordine Nuovo, I, 30, 20 diciembre 1919

El primer curso de la escuela de cultura y propaganda socialista ha dado comienzo la semana pasada, con la primera lección de teoría y el primer ejercicio práctico, y de un modo que no ha dejado de llenarnos de satisfacción. Desde el principio nos considerábamos autorizados a alimentar las mejores esperanzas de éxito. ¿Por qué negar que algunos de nosotros dudábamos? Dudábamos de si, encontrándonos apenas una o dos veces por semana, cansados todos del propio trabajo, nos fuese imposible encontrar en todos la frescura sin la cual las mentes no pueden comunicar, los ánimos no pueden continuar, y la escuela no puede concluirse, como serie de actos educaticos vividos y sentidos en común. Quizás nos volvía escépticos la experiencia de las escuelas burguesas, la tediosa experiencia de alumnos, la experiencia dura de enseñantes: el ambiente frío, opaco a cualquier luz, resistente a todo esfuerzo de unificación ideal, aquellos jóvenes unidos en las aulas no por el deseo de mejorarse y de comprender, sino por la finalidad, quiza no declarada pero clara y única en todos, de adelantarse, de conquistarse un “título”, de situar la propia vanidad y la propia indolencia, de engañarse hoy a sí mismos y a los otros mañana.

Y hemos visto en torno a nosotros, agolpados, apretados unos contra otros en los bancos incómodos y en el espacio angosto, estos alumnos insólitos, en su mayor parte no jóvenes ya, fuera por tanto de la edad en que el aprender es algo simple y natural, todos además fatigados por una jornada de fábrica o de oficina, seguir con la atención más intensa el desarrollo de la lección, esforzarse para escribirlo en el papel, hacer sentir, de un modo concreto, que entre quien habla y quien escucha se ha establecido una coriente vivaz de inteligencia y de simpatía. Eso no sería posible si en estos obreros el deseo de aprender no surgiese de una concepción del mundo que la vida misma les ha enseñado y que ellos sienten la necesidad de aclarar, para poseerla completamente, para poder ponerla en práctica plenamente. Es una unidad que preexiste y que la enseñanza quiere consolidar, es una unidad viviente que en las escuelas burguesas se intenta crear en vano.

Nuestra escuela está viva porque vosotros, obreros, lleváis a ella la mejor parte de vosotros, la que la fatiga de la fábrica no puede quebrantar: la voluntad de haceros mejores. Toda la superioridad de vuestra clase en este turbio y tempestuoso momento, nosotros la vemos expresada en este deseo que anima una parte cada vez más grande de vosotros, deseo de adquirir conocimiento, de llegar a ser capaces, dueños de vuestro pensamiento y de vuestra acción, artífices directos de la historia de vuestra clase.

Nuestra escuela continuará, y producirá los frutos que le sea posible: está abierta a todos los sucesos, un suceso cualquiera nos podrá alejar y dispersar mañana a todos los que hoy nos reunimos en torno a ella y le comunicamos y tomamos de ella un poco del calor, de la fe que nos es necesaria para vivir y para luchar; las cuentas las echaremos después, pero por ahora escribimos esto, mientras estamos activos, escribimos esta impresión de fe que nos llega de las primeras lecciones, del primer contacto. Con el espíritu de estas primeras lecciones queremos continuar hacia adelante.

[Recogido en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 466-467; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 120-121; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [La escuela de cultura y propaganda. Los obreros quieren adquirir conocimiento]

DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO

Antonio Gramsci

IX

[Cultura, educación, escuela: la tarea comunista]

 

[L’Ordine Nuovo, I, 15, 23 agosto 1919]

Damos comienzo en este número [de nuestra revista] a la publicación de un breve estudio del compañero Aldo Oberdorfer, de Trieste, sobre Leonardo da Vinci, escrito con ocasión de su cuarto centenario, que cae en este año. Estamos seguros de que nuestros lectores y amigos no se sorprenderán de este hecho, que no representa una revocación de nuestro programa, sino la realización de una parte de él, que estaba desde el principio muy clara en nuestras intenciones.

Hemos aludido ya en otras ocasiones al modo como creemos que debería hacerse un periódico o, mejor, una revista comunista de cultura. Ésta debe tender a convertirse, aunque pequeña, en una obra completa, e incluso si no puede alcanzar a satisfacer todas las necesidades intelectuales del núcleo de hombres que no sólo la leen sino que la sostienen con su consenso, y viven en torno a ella y le comunican un poco de su vida, esa revista debe tratar de hacer, sí, que en sus páginas todos encuentren lo que les interesa y les apasiona, y lo que los alivia del peso cotidiano del trabajo, de la lucha económica, del debate político. La revista debería incitar, al menos, a un desarrollo completo de las propias facultades mentales, a una vida más alta y plena, más rica de razones ideales y de armonía; debería dar el estímulo para un enriquecimiento de la propia personalidad. ¿Por qué no podríamos comenzar nosotros, con nuestras modestas fuerzas, en medio del grupo de jóvenes que nos siguen con fe y con esperanza, la obra que será la de la escuela, de nuestra escuela de mañana?

Porque la escuela socialista, cuando surja, surgirá necesariamente como una escuela completa, tenderá a abrazar, inmediatamente, todos los ramos del saber humano. Será una necesidad práctica y será una exigencia ideal. ¿No es ya el momento de los obreros, a quienes la lucha de clase ha dado un sentido nuevo de dignidad y de libertad, que, cuando leen los cantos de los poetas u oyen pronunciar los nombres de los artistas y de los pensadores, se preguntan con pesadumbre: “Por qué la escuela no nos ha enseñado estas cosas también a nosotros”? Pero consuélense éstos: la escuela, como se la ha hecho funcionar en los últimos diez años, como se la hace funcionar en este momento por la clase que nos dirige, no enseña ya nada a nadie, o bien poco. La tarea educativa tiende ahora a realizarse por otras vías, libremente, a través de asociaciones espontáneas de hombres animados por el deseo común de mejorarse a sí mismos. ¿Por qué un periódico no podría convertirse en el centro de uno de esos grupos? También en este terreno, el Estado de los burgueses está a punto de fracasar. La antorcha de la ciencia ha caído de sus manos, agotadas en el solo esfuerzo de acumular riquezas para beneficio privado, como ha caído de ellas la lámpara sagrada de la vida. Nuestra es la obligación de recogerla, de hacerla brillar con una luz nueva.

Hay, en realidad, en el cúmulo de nociones transmitidas por un milenario trabajo de pensamiento, elementos que tienen un valor eterno, que no pueden, que no deben perecer. Uno de los más graves signos de la degradación a la que nos ha conducido el régimen burgués consiste en el hecho de que se pierde la conciencia de estos valores; todo se convierte en objeto de comercio y en instrumento de guerra.

El proletariado, una vez conquistado el poder social, deberá ponerse manos a la obra para reconquistar, para restituir en su integridad, para sí y para la humanidad, el devastado reino del espíritu. Esto estan haciendo hoy, guiados por Máximo Gorki, los obreros de Rusia, esto se debe comenzar a hacer por todas partes donde el proletariado está cerca de haber alcanzado la madurez que es necesaria para la transformación social. Lo que ha venido a menos en lo alto debe resurgir más fuerte desde abajo.

[Recogido en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 451-453; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 118-120; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [Cultura, educación, escuela: la tarea comunista]

DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO”

 Antonio Gramsci

VIII

[Necesidad de la educación para comprender la realidad

 y para llevar a cabo las nuevas tareas proletarias]

 

[L’Ordine Nuovo, I, 14, 16 agosto 1919]

Publicamos, en otra parte de la revista, el informe “Cultura y propaganda socialista” presentado por el compañero Mario Montagnana al Congreso de los jóvenes socialistas piamonteses. Las tesis sostenidas por Montagnana, y aprobadas por el Congreso, son las tesis propuestas y sostenidas por nosotros: el debate sobre ellas, mantenido por los congresistas, nos concierne muy de cerca.

El informe de Montagnana ha sido aprobado por unanimidad [...]. Fueron presentados tres propuestas de solidaridad con nuestra revista; se aprobó unánimemente  esto: “Los jóvenes socialistas piamonteses, reunidos en congreso, apaludiendo la iniciativa de los compañeros que han promovido la publicación de L’Ordine Nuovo, se comprometen a difundirlo en la región entre las masas obreras y campesinas, para la propaganda de reconstrucción que consideramos necesaria”.

Las observaciones dirigidas a la revista tienen que ver con el nivel “no popular elemental” de los artículos incluidos en ella. El compañero Montagnana ha respondido que la propaganda cotidiana que hay que desarrollar hoy debe ser diferente de la propaganda tradicional. Hoy debemos difundir el convencimiento de que los problemas económicos y morales desencadenados por la guerra pueden resolverse sólo en la Internacional Comunista, entendida como un sistema mundial de dictaduras proletarias. Debemos difundir nociones exactas sobre el concepto de dictadura proletaria, entendida como sistema nacional de Consejos obreros y campesinos organizado en poder estatal y dirigido a la supresión de las clases y de la propiedad privada, generadora de los conflictos y del desorden actual. Debemos educar a los proletarios para la gestión de la fábrica comunista y para el autogobierno. Pero esta tarea que los socialistas se proponen no puede ser desarrollada simultáneamente por todos los estratos de la clase trabajadora: es necesario promover la formación de jerarquías de cultura, la formación de una aristocracia de los comunistas de vanguardia, de los jóvenes más voluntariosos y más capaces de trabajo y de sacrificio. A ellos precisamente le corresponderá la tarea de convertir en populares los conceptos revolucionarios, de difundirlos entre las masas locales adaptándolos a las diferentes psicologías, penetrando con su espíritu los problemas particulares de las regiones, de los diferentes estratos proletarios o semiproletarios. L’Ordine Nuovo se había propuesto esta tarea: promover el nacimiento de grupos libremente constituidos dentro del movimiento socialista y proletario para el estudio y la propaganda de los problemas de la revolución comunista. En tres meses de vida ha obtenido valiosos resultados: la propuesta de Montagnana para la constitución de comisiones de cultura dentro de las agrupaciones juveniles es uno de esos resultados; el movimiento que se ha iniciado en las fábricas turinesas para la transformación de las viejas comisiones internas en comisiones de delegados de sección, que en estos días se ha materializado en los talleres de la Fiat-Centro (la primera fábrica italiana que tendrá la nueva institución proletaria), es otro de estos resultados. Coordinar esta propaganda iniciada por los amigos de L’Ordine Nuovo es la tarea actual; ya se ha tenido una reunión con este propósito, otras se tendrán: informaremos a los lectores de los acuerdos que se tomen.

 

[Recogido en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 450-451; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 117-118; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [Necesidad de la educación para comprender la realidad y para llevar a cabo las nuevas tareas proletarias]

DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO”

 Antonio Gramsci

[Nota introductoria de Giovanni Urbani:

L’Ordine Nuovo semanal apareció en Turín del 1 de mayo de 1919 al 24 de diciembre de 1920. Quiso ser, programáticamente, una “revista comunista de cultura”, en un sentido radicalmente nuevo respecto del significado tradicional del término “cultura”.

La idea central, tal como aparece en los [dos] conocidos artículos de Gramsci, “El programa de L’Ordine Nuovo”, de agosto de 1920, es la de hacer de la revista un centro de elaboración y de clarificación de la experiencia real del movimiento obrero turinés.

Pero, para todo el grupo ordinovista, y particularmente para Gramsci, eso no podía suceder sin una obra de educación y de autoeducación incesante de las masas que, en el fuego de la acción, debían transformarse seleccionando de su propio seno los cuadros dirigentes, es decir, los “intelectuales socialistas” de nuevo tipo. Esta convicción puede decirse que se sintetiza eficazmente en la mancheta con que se abre el primer número de L’Ordine Nuovo:

“Instruíos, porque tendremos necesidad de toda nuestra inteligencia. Conmoveos, porque tendremos necesidad de todo nuestro entusiasmo. Organizaos, porque tendremos necesidad de toda nuestra fuerza”.

Pero, sobre la base de esta general exigencia político-ideal, L’Ordine Nuovo fue también una experiencia original en un sentido más específicamente formativo, por el método de trabajo de la redacción, que se concebía como un centro de elaboración cultural de alto nivel, en el que habrían debido participar también los lectores-colaboradores, dando vida a un complejo orgánico de actividades culturales, a la vez creativo-formativas y difusivo-educativas.

Para este fin, en noviembre-diciembre de 1919 fue también organizada por la revista una “Escuela de cultura y de propaganda socialista”, que puede considerarse otro intento de realizar la vieja idea de Gramsci de construir, junto a los organismos económicos y políticos de la clase obrera turinesa, un órgano específico de formación cultural.

Las “Cronicas de L’Ordine Nuovo”, por otra parte, constituyen la sección [de la revista] que, tratando de establecer una relación más directa y sistemática con los lectores, pretendía ocuparse, entre otras tareas, de la articulación de esta actividad cultural, como se deduce de las “Cronicas” citadas aquí a continuación.

El intento no tendrá larga vida: una veintena de lecciones en torno al tema “Líneas teóricas, indicaciones históricas, el Estado de los Consejos”.

[...] Gramsci tratará de explicar las causas del relativo fracaso cuando, en 1924, se vea teniendo que afrontar de nuevo, aunque en términos distintos, el problema de la “formación de los cuadros dirigentes”. Sin embargo, será sobre todo en los Cuadernos de la cárcel, reflexionando sobre el problema de la “formación de los intelectuales” y de la “organización de la cultura”, donde Gramsci se decidirá a rememorar la experiencia de L’Ordine Nuovo.]

 

 V

[Estimular la capacidad intelectual de obreros y campesinos.

Hacia la formación de los Consejos proletarios de cultura]

 

[L’Ordine Nuovo, I, 9, 12 julio 1919]

Algunos compañeros de Turín y de la región piamontesa (donde nuestra revista se difunde especialmente) nos informan de que el trabajo de propaganda que desarrollan para la difusión de L’Ordine Nuovo, entre los obreros y campesinos, no da los resultados permanentes que ellos querrían, porque a muchos compañeros les parece que los artículos que publicamos son “difíciles”. De las conversaciones tenidas con estos amigos de L’Ordine Nuovo hemos sacado estas conclusiones:

Psicológicamente, el periodo de la propaganda elemental, que podríamos llamar “evangélica”, está superado. Las ideas fundamentales del comunismo han sido asimiladas incluso por los estratos más retrasados de la clase trabajadora. Es increíble cuánto ha contribuido a eso la guerra, la vida de cuartel y la necesidad en que se ha encontrado la jerarquía militar de desarrollar una sistemática y agobiante propaganda anticomunista, que ha difundido y clavado en los cerebros más refractarios los términos elementales de la polémica ideal entre capitalistas y proletarios. Los primeros principios deben considerarse ya sobrentendidos: del “evangelio” es preciso pasar a la crítica y a la reconstrucción. Las experiencias comunistas de Rusia y de Hungría atraen irresistiblemente la atención. Se está ávido de noticias, de consideraciones lógicas (¿estamos preparados en Italia? ¿estaremos a la altura de nuestra tarea? ¿qué errores se pueden evitar?, etc.), de crítica, de crítica, de crítica, y de conceptos prácticos que tengan que ver con la experiencia. Pero aquí se revela la pobreza de cultura política –en el sentido de experiencia “constitucional”- del pueblo italiano [...]. Hay que convencer a los obreros y a los campesinos de que es en su interés someterse a una disciplina permanente de cultura, y hacerse una concepción del mundo, del complejo e intrincado sistema de relaciones humanas, económicas y espirituales que da forma a la vida social del planeta. Estos Consejos de cultura proletaria deberían ser promovidos, en los círculos y las agrupaciones juveniles, por los amigos de L’Ordine Nuovo, y convertirse en focos de propaganda comunista concreta y productiva: se deberían estudiar los problemas locales y regionales, se deberían recoger datos para recopilar estadísticas sobre la producción agrícola e industrial, para conocer las necesidades urgentes, para conocer la psicología de los pequeños propietarios, etc., etc.

Reflexionen los compañeros sobre estas consideraciones: la revolución tiene necesidad, además de heroísmo generoso, también y especialmente, de tenaz, minucioso y perseverante trabajo.

 

[Recogido en en L'Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 446-447; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 115-117; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [Estimular la capacidad intelectual de obreros y campesinos]

PRIMERO LIBRES

 

ANTONIO GRAMSCI

Il Grido del Popolo, 736, 31 agosto 1918

No es ésta, ciertamente, la tesis que el Grido ha sostenido siempre, y los lectores que nos han seguido pueden ver fácilmente dónde está la debilidad del artículo de Leonetti (1).

Leonetti abstrae de la organización, es decir, del fenómeno social a través del cual el socialismo se pone en práctica. Y no considera que la organización es, a fin de cuentas, un modo de ser que determina una forma de conciencia; aquella forma de conciencia que Leonetti supone que no podrá desarrollarse hasta que no seamos “libres”, hasta que no hayamos conquistado los poderes del Estado e instaurado la dictadura del proletariado.

Leonetti, pues, habla de “nosotros” y del “pueblo”, como de dos entidades escindidas: nosotros (¿quién si no?), el partido de acción; el pueblo, rebaño de ciegos e ignorantes. Y entiende partido de acción como lo entendían los carbonarios de 1848, no como es modernamente, como lo forja la lucha política moderna, hecha de publicidad, en la cual participan multitudes innumerables, y no sedicioso choque de cuatro conjurados con cuatro policías.

El problema para los socialistas es otro. Por lo que se refiere al desarrollo de la individualidad, la cuestión ha sido planteada con rigor y precisión por Carena (2). Pero para nosotros es también, y especialmente, un problema social, y, en este sentido, sólo puede ser resuelto con la organización.

El individualismo económico del régimen capitalista determina el asociacionismo político. Esta necesidad, inherente a ese régimen, Marx la ha sintetizado en el grito “¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”. Marx ha hecho de la necesidad un acto de la voluntad, de la oscura y vaga carencia una consciencia crítica: el instinto se ha convertido y sigue convirtiéndose, a través de la propaganda socialista, en espiritualidad, en voluntad. La “unión” no es sólo acercamiento de cuerpos físicos: es comunión de espíritus, es colaboración de pensamiento, es mutuo apoyarse en el trabajo de perfeccionamiento individual, es educación recíproca y recíproco control.

Esta actividad implícita en la organización económica y política tiende a convertirse ella misma en específica, a asumir forma propia. El movimiento socialista se desarrolla, agrupa multitudes, cuyos individuos están preparados en distinto grado para la convivencia social en el régimen futuro. Tanto menor es entre nosotros esta preparación cuanto que Italia no ha pasado por la experiencia liberal, ha conocido poca libertad, y el analfabetismo está todavía hoy más difundido de lo que dicen las estadísticas.

Mayor es en el proletariado organizado el deber de educarse, de extraer de su agrupación el prestigio necesario para asumir la gestión social sin la preocupación de revueltas vandeanas que destruyan las conquistas del partido de acción.

La educación, la cultura, la organización extendida del saber y de la experiencia, es la independencia de las masas respecto de los intelectuales. La fase más inteligente de la lucha contra el despotismo de los intelectuales de carrera y de las competencias por derecho divino se organiza mediante el trabajo para intensificar la cultura, para profundizar la consciencia. Y este trabajo no se puede dejar para mañana, para cuando seamos libres políticamente. Es él mismo libertad, es él mismo estímulo para la acción y condición de la acción. La conciencia de la propia falta de preparación, el temor de fracasar en la prueba de la reconstrucción ¿no son quizás las más férreas de las trabas que entorpecen la acción? Y no puede ser de otra manera; socialismo es organización, y no sólo organización política y económica, sino también y especialmente de saber y de voluntad, lograda a través de la actividad cultural.

(1) Gramsci sitúa esta nota de comentario a continuación de un artículo de Alfonso Leonetti que negaba la eficacia de la educación y de la propaganda socialista, y sostenía la necesidad de pasar enseguida a la acción directa. [...] [Nota de Giovanni Urbani]

(2) El artículo de Attilio Carena, titulado “¡Libera tu voluntad!”, se publica en el mismo número del Grido del Popolo y precede al de Leonetti. [Nota de Giovanni Urbani]

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 300-302; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 105-106; e Il nostro Marx 1918-1919, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1984, 274-276] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Primero libres

[PROFESIÓN, ESCUELA Y CONCIENCIA REVOLUCIONARIA]

      [Contra la existencia de una “educación subalterna” para los trabajadores]

 

ANTONIO GRAMSCI

 

L’Ordine Nuovo, II, 91, 10 abril 1922

[Nota de Giovanni Urbani:

En el Congreso de la Federación juvenil comunista de abril de 1922, Gramsci pronunció un discurso del que L’Ordine Nuovo diario dio un informe sumario, bastante esquemático, poco feliz estilísticamente, quizás no del todo fiel especialmente en la parte aquí citada, en que se llama la atención de los jóvenes sobre el problema de la escuela. El planteamiento se resiente de la implacable polémica antisocialista que en aquellos años dominaba también en los escritos de Gramsci. Así, se endurece, pero también se profundiza, la crítica a la posición “reformista” y “corporativa que el movimiento obrero tenía tradicionalmente sobre la “cuestión escolar”, y que, en sustancia, significaba la aceptación de una “educación subalterna” para las capas populares y, por tanto, la aceptación de la permanencia de las “dos culturas”.

Nueva, en cambio, es la alusión a la alianza socialista-popular sobre los problemas escolares, conectada a la perspectiva de una participación del partido socialista en el “gobierno de coalición democrática” auspiciado por Turati y que a nuchos les parecía inminente en los meses siguientes a la crisis del gobierno de Bonomi (enero de 1922). En realidad, durante aquellos años los socialistas permanecieron firmes en su vieja posición, que se limitaba a reivindicar la extensión de la escuela elemental-popular para los trabajadores, mientras, los católicos –con el Partido Popular- iniciaban aquella batalla por la “libertad de la escuela” que había de convertirlos en protagonistas en el combate con los laicos radicales, los nacionalistas y los neoidealistas, resultando al fin vencedores en la lucha por la sucesión a la efectiva dirección de la escuela italiana.

Por tanto, más que un giro programático, el planteamiento de los socialistas señala un agravamiento de su “negligencia” respecto de la cuestión escolar; negligencia que adquiere mayor relieve frente a la muy consciente y cualificada “presencia” de las otras fuerzas políticas. De significado polémico contingente parece, por tanto, la hipótesis gramsciana de una alianza socialista-popular, que, de hecho, no tendrá desarrollo posterior. Mientras, sigue siendo plenamente válido el juicio sobre la incapacidad de los socialistas de comprender la apuesta que se jugaba en la cuestión escolar; juicio que, a menudo retomado por Gramsci, está ya históricamente consolidado.]

Intervención en el Congreso de la Federación Juvenil [Fragmento]

[...] Hay en los reformistas italianos la tendencia a dar al movimiento sindical un carácter exclusivamente corporativista. La dificultad mayor que los comunistas deben superar, en el trabajo de conquistar los sindicatos, es la carencia de un verdadero espíritu sindical entre las masas. Y esto tiene que ver con el hecho de que en Italia falta una organización de los aprendices, que dé al obrero, desde su primera juventud, conciencia sindical y de clase.

Sólo ahora los reformistas se ocupan de las escuelas profesionales.

Los jóvenes obreros, una vez entran en el pequeño taller, estudian su profesión, pero al pasar a la gran industria, lo que han aprendido no les sirve ya: de obreros cualificados se transforman en peones. El industrial prefiere el obrero sin inteligencia al obrero cualificado; prefiere al hombre-instrumento, que no turbe con su espíritu de iniciativa el mecanismo complejo de la producción.

Es, por tanto, una lucha contra la inteligencia del obrero; es la maquinización del trabajador.

Si nosotros no obtuviéramos de los jóvenes obreros una mayor comprensión de la dignidad de su trabajo y, por ello, una mayor conciencia sindical, se disiparía en ellos toda tendencia revolucionaria.

La lucha que lleva a cabo la Confederación General del Trabajo para expulsar de los sindicatos a los parados es una prueba del espíritu de aristocracia corporativista que empapa a los estratos de los obreros cualificados que consiguen conservarse como tales.

Si no se combaten estas tendencias, que se resumen en una lucha entre jóvenes peones y viejos obreros cualificados, existe el peligro de que veamos decaer cada vez más el movimiento sindical en Italia.

En la futura alianza entre populares y socialistas, hay un acuerdo recíproco sobre el problema de la escuela: los socialistas ceden a los populares las escuelas medias superiores; los populares conceden a los socialistas las escuelas profesionales.

Los populares se encuentran en condiciones de imponer un monopolio sobre las escuelas, puesto que disponen de un numerosísimo personal que ya recibe una paga del Estado. En el pasado, los socialistas planteaban precisamente así el problema de la escuela en su confrontación con los católicos; hoy, los socialistas han llegado a tal grado de cobardía, que permiten que los populares logren que se crea en una política suya de “principios” en el campo de la enseñanza.

Los socialistas aceptan el concepto de que la escuela profesional es la escuela de los obreros. En ello está el reconocimiento de que las clases deben ser siempre dos, por herencia. Todos los escritores socialistas han combatido siempre esta tesis. Es claramente contrarrevolucionaria.

Nosotros podemos aprovechar esta situación para hacerles comprender a los jóvenes que juzgamos posible la solución del problema social por lo que se refiere a ellos. También la pedagogía científica sostiene nuestra tesis. Ningún pedagogo puede ser un ministro burgués de Instrucción pública.

Lo mismo que en el taller el obrero sufre continuamente exámenes que lo llevan hacia adelante, o lo rechazan hacia atrás si pierde sus capacidades, así los comunistas tienden a aplicar este concepto a todas las formas de actividad, tanto manual como intelectual.

La difusión de estas ideas viene a demostrar que los socialistas de nuestro país no han comprendido nada del problema de la escuela. [...]

[Recogido en: Socialismo e Fascismo. L’Ordine Nuovo 1921-1922, Turín, Giulio Einaudi, 1966, 523-524; y La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Turín, Editori Riuniti, 1967, 128-130] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Profesión, escuela y conciencia revolucionaria

POR UNA ASOCIACIÓN DE CULTURA

 

ANTONIO GRAMSCI

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 350, 18 diciembre 1917

[Personalmente, y también en nombre de muchos otros, apruebo la propuesta del compañero Pellegrino para la creación de una Asociación de cultura entre los compañeros turineses y no turineses residentes aquí.

Creo que, no obstante el momento poco favorable, esa asociación puede realizarse muy bien. Son muchos los compañeros que por inmadurez de convicciones, y por impaciencia de la obra pequeña que es necesario desarrollar, se han alejado de las organizaciones para dejarse arrastrar a las diversiones. En la Asociación encontrarían una satisfacción a sus necesidades instintivas, encontrarían un lugar de descanso y de instrucción que, de nuevo, los aficionaría al movimiento político, a nuestro ideal.

Y gracias a esta inciativa, a la cual todos los compañeros querrían dar su apoyo, podría tener también una solución el problema de los compañeros inscritos en las Secciones lejanas, nunca resuelto precisamente por la dificultad de encontrar un campo de interés común en el cual desarrollar una actividad.

Bartolomeo Botto]

El Avanti! Turinés ha acogido con simpatía la propuesta de Pellegrino y las adhesiones que ésta ha suscitado. Botto en su carta presenta rasgos de gran interés, que creemos oportuno desarrollar y presentar ordenados a la atención de los compañeros.

En Turín no hay ninguna organización de cultura popular. De la Universidad Popular es mejor no hablar: nunca ha estado viva, nunca ha tenido una función que respondiera a una necesidad. Es de origen burgués, y responde a un criterio vago y confuso de humanitarismo espiritual: tiene la misma eficacia que las instituciones de beneficencia, que creen satisfacer con un plato de sopa las necesidades fisiológicas de los desgraciados que no pueden quitarse el hambre y mueven a piedad el tierno corazón de sus señores.

La Asociación de cultura, tal como los socialistas la deberían promover, debe tener objetivos de clase y límites de clase. Debe ser una institución proletaria, con caracteres finalistas. El proletariado, en un cierto momento de su desarrollo y de su historia, se da cuenta de que la complejidad de su vida carece de un órgano necesario, y se lo crea, con sus fuerzas, con su buena voluntad, para sus fines.

En Turín, el proletariado ha alcanzado un punto de desarrollo que es de los más altos, si no el más alto, de Italia. La Sección socialista ha alcanzado, en la actividad política, una individualidad de clase muy meritoria; las organizaciones económicas son fuertes; en la cooperación se ha conseguido crear una institución potente como la Alianza Cooperativa. Por tanto, se comprende que en Turín haya nacido y se sienta más la necesidad de integrar la actividad política y económica con un órgano de actividad cultural. La necesidad de esa integración nacerá y se impondrá también en las otras partes de Italia. Y el movimiento proletario, con ello, ganará en unidad y en energía de conquista.

Una de las más graves lagunas de nuestra actividad es ésta: nosotros esperamos la actualidad para discutir los problemas y para fijar las directrices de nuestra acción. Constreñidos por la urgencia, damos a los problemas soluciones apresuradas, en el sentido de que no todos los que participan en el movimiento conocen cabalmente los términos exactos de las cuestiones y, por tanto, si siguen la norma fijada, lo hacen por espíritu de disciplina y por la confianza que tienen en sus dirigentes, más que por una íntima convicción, por una espontaneidad racional. Así sucede que, a cada hora histórica importante, se realizan las desbandadas, los ablandamientos, las disputas internas, las cuestiones personales. Así se explican también los fenómenos de idolatría, que son un contrasentido en nuestro movimiento y que hacen entrar por la ventana al autoritarismo expulsado por la puerta.

No se ha difundido una convicción firme. No existe esa preparación, realizada a lo largo del tiempo, que conduce a la rapidez del deliberar en cualquier momento, que determina los acuerdos inmediatos, acuerdos efectivos, profundos, que refuerzan la acción.

La Asociación de cultura debería cuidarse de esta preparación, debería crear estas convicciones. Desinteresadamente, es decir, sin esperar el estímulo de la actualidad, en ella debería discutirse todo lo que interesa, o pueda interesar un día, al movimiento proletario.

Además, existen problemas (filosóficos, religiosos, morales) que la acción política y económica presupone, sin que los organismos económicos y políticos puedan discutirlos en su propia sede y difundir sus propias soluciones. Esos problemas tienen una gran importancia. Son los que determinan las llamadas crisis espirituales, y nos ponen entre los pies inoportunamente, de vez en cuando, los llamados “casos”. El socialismo es una visión integral de la vida: tiene una filosofía, una mística, una moral. La asociación sería la sede apropiada para la discusión de estos problemas, de su clarificación, de su propagación.

Se resolvería también, en gran parte, la cuestión de los “intelectuales”. Los intelectuales representan un peso muerto en nuestro movimiento, porque no tienen en él un tarea específica, adecuada a su capacidad. Lo encontrarían, se pondría a prueba su intelectualismo, su capacidad de inteligencia.

Construyendo esta institución de cultura, los socialistas darían un fiero golpe a la mentalidad dogmática e intolerante creada en el pueblo italiano por la educación católica y jesuítica. Falta en el pueblo italiano el espíritu de solidaridad desinteresada, el amor por la libre discusión, el deseo de averiguar la verdad con medios únicamente humanos, como los que dan la razón y la inteligencia. Los socialistas darían con ello un ejemplo activo y eficaz, contribuirían poderosamente a suscitar una nueva costumbre, más libre y desprejuiciada que la actual, más dispuesta a la aceptación de sus principios y de sus fines. En Inglaterra y en Alemania existían y existen poderosísimas organizaciones de cultura proletaria y socialista. En Inglaterra es especialmente conocida la Sociedad de los Fabianos, que estaba adherida a la Internacional. Tiene como función la discusión profunda y dilatada de los problemas económicos y morales que la vida impone o impondrá a la atención del proletariado, y ha logrado poner al servicio de esta obra de civilización y liberación de los espíritus a una gran parte del mundo intelectual y universitario inglés.

En Turín, dado el ambiente y la madurez del proletariado, podría y debería surgir el primer núcleo de una organización de cultura puramente socialista y de clase, que se convertiría, con el Partido y la Confederación del Trabajo, en el tercer órgano del movimiento de reivindicación de la clase trabajadora italiana.

 

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 143-145; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 94-96; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 497-500] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Por una asociación de cultura

LA DEFENSA DE SCHULTZ

[La defensa de la escuela clásica y del estudio histórico-filológico del latín]

ANTONIO GRAMSCI

 

 

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 329, 27 noviembre 1917

 

El profesor Arnaldo Monti, presidente de la Asociación estudiantil a favor de la guerra y de la idea nacional, nos ha enviado el primer número de un cuaderno de apuntes periódico que la Asociación ha empezado a publicar.

Nada que sea nuevo. En cuanto a lo viejo, la acostumbrada exhibición personal del profesor Arnaldo Monti, que publica, entre otras cosas, tres columnas de reseña crítica para demostrar qué perverso libro son los ejercicios latinos de Schultz .

Defendemos a Schultz. Hemos sudado también nosotros con el libro de Schultz, hemos reído y nos hemos enfadado también nosotros por ciertas afirmaciones del libro de Schultz que los deberes escolares nos obligaban a traducir. Pero ahora ya no somos escolarcitos, y la cólera o la risa no son ya criterios con los que juzgamos a personas y cosas. La defensa del libro de Schultz es, para nosotros, la defensa de la escuela italiana, de esa parte de la escuela italiana que hasta ahora se ha demostrado la mejor –la escuela clásica- a pesar de la confusión que los ministros democráticos e italianísimos han introducido en ella.

El profesor Arnaldo Monti pertenece a esa abundante cuadrilla de italianos que, al discutir sobre un problema, no reflexionan sobre lo que en el problema es esencial, sino que van espulgando los pormenores más llamativos y éstos son los que presentan como esenciales. Ellos son como aquel ciudadano que, habiendo ido al campo a prestar ayuda patriótica a los campesinos en el trabajo de trilla, metió en el saco la cascarilla y dejó el grano en la era. Era un poeta, el buen ciudadano, y la cascarilla lo había fascinado por su divina ligereza, por aquel suave danzar en la era bajo los iridiscentes rayos del solazo, y también porque sus espaldas preferían un saco de cascarilla a un saco de grano. El profesor Arnaldo Monti es un ensacador de encantadora cascarilla. Él pertenece (véase su prefacio al poemita L’ostessa editado por Paravia) a esos “tres o cuatro (o cuatrocientos o cuatro mil) granujas” de los que habla Gerolamo Vitelli en el Marzocco último, los cuales han partido de la guerra y del antialemanismo más o menos hipócritamente en boga para poner en circulación muchos despropósitos sobre la escuela y sobre la enseñanza.

Quieren volver a llevar la escuela clásica a las tradiciones itálicas. Quieren desnaturalizar la escuela clásica, que tiene un cometido bien preciso, y reducirla a ser una escuela retórica y de artistiquería inútil. Parten de la creencia vulgar de que en la escuela clásica se debe aprender a leer y a escribir en latín y en griego, que la escuela clásica debería dar a luz cada año una cierta cantidad de elegantes humanistas, que sepan, en cualquier ocasión, pronunciar un brindis o componer un poemita en latín o en griego.

Nada más quivocado. La escuela clásica, en comparación con la técnica y la profesional, es todavía buena porque no se propone un fin tan neciamente concreto. Su fin es concreto, pero de una concreción ideal, y no mecánica. Esa escuela debe preparar jóvenes que tengan un cerebro completo, preparado para captar todos los aspectos de la realidad, habituado a la crítica, al análisis y a la síntesis; habituado a elevarse desde los hechos a las ideas generales, y con estas ideas generales a juzgar cualquier otro hecho. La escuela clásica es la escuela ideal, en su estructura y en sus programas; se ha pervertido por la deficiencia de las personas y por la incapacidad de la clase dirigente, pero no son los “granujas” los que pueden enderezarla. Ellos, en cambio, tratan de arruinarla del todo, porque las innovaciones que van predicando, si se aceptan, impedirán toda posibilidad de proseguir y revigorizar la tradición.

La escuela clásica alcanza la finalidad ideal arriba expresada a través del estudio de las lenguas latina y griega. El estudio de estas lenguas, llevado a cabo filológicamente, y no según los métodos de la escuela Berlitz. Las lenguas muertas ofrecen este instrumento paradójico de estudio: son muertos todavía vivientes. Se pueden anatomizar en vivo; se pueden descomponer en todos sus componentes históricos, sin que la descomposición produzca un tufo de cadáver. Habiéndose cerrado el ciclo de su existencia, el latín ofrece el ejemplo de todo el trabajo histórico a través del cual un fenómeno se organiza lentamente en una unidad, para descomponerse y recomponerse armónicamente en cada época, en cada individuo de una época. El estudio filológico del latín habitúa al escolar, futuro ciudadano, a no descuidar nada de la realidad que examina, robustece su carácter, lo habitúa al pensamiento concreto, histórico, de la historia que fluye armónicamente, a pesar de los saltos y de las sacudidas; porque hay siempre quien continúa la tradición, quien continúa el pasado, y quien lo continúa, a menudo, no es quien parece que lo hace, sino aquel que pasa desapercibido, el ignorado, que no hay que descuidar ni ignorar. El estudio filológico de la lengua puede enseñar, por ejemplo, que el proletariado de Cerdeña y de la Basilicata está más cerca del mundo romano de lo que pueda estarlo Paolo Boselli, la cigarra de la tradición itálica

Es su adhesión paciente y tenaz a la “historia”, lo que caracteriza a la escuela clásica. Es el método histórico llevado al estudio de las lenguas muertas, y que debería llevarse al estudio de cualquier ciencia, porque ensancha los cerebros, y forma mentalidades concretas, y no mentalidades abstractas, dogmáticas y charlatanas.

El profesor Arnaldo Monti espulga las afirmaciones ridículas y absurdas de Schultz y encuentra al granadero de Pomerania, von Berhardi y Bülow.

El hecho es que esas afirmaciones sirven para interpretar una serie de formas de expresión latinas, y eso era lo que Schultz se proponía. Con la gramática y con los ejercicios latinos del libro de Schultz se trabaja en torno a la lengua latina, se captan todos sus aspectos, todos sus matices: constituyen un análisis exacto que sólo puede conducir a una síntesis exacta. Con las gramáticas y con los ejercicios chapuceados a continuación (y el italianísmo Giuseppe Lipparini se ha hecho una fortuna con esas chapuzas) no se trabaja, se aprueban los exámenes con el seis de media.

Los ensacadores de encantadoras cascarillas no se preocupan de buscar la verdad y los motivos esenciales de los problemas que tratan de indagar. El profesor Arnaldo Monti no se da cuenta, por ejemplo, de que su mentalidad es la misma mentalidad mecánica de los alemanes actuales, mientras que la escuela clásica –aunque sea con errores, ridiculeces y vacuidades-, tal como se encuentra in nuce en los libros de Schultz, sigue el ideal humano de Goethe y de Winckelmann, que eran alemanes como podían ser italianos o franceses o ingleses.

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 133-135; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 91-93; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 458-461] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La defensa de Schultz