HEGEMONÍA BURGUESA Y DERROTISMO DE LA CLASE TRABAJADORA. NOTAS PARA UNA ESTRATEGIA CONTRAHEGEMÓNICA EN EL FRENTE EDUCATIVO

(2003-2004)

SALUSTIANO MARTÍN

1. En realidad, el control del Estado neoliberal sobre el currículo (sobre lo que se enseña y sobre el modo de evaluarlo) es fundamental para sus designios estratégicos. Una cosa es el mercado y sus clientes, y otra, la reproducción de la dominación de clase; una cosa es hacer creer a la gente que son el “soberano cliente”, y otra, que los consumidores tengan el más mínimo poder.

Al cliente en cuestión (por ejemplo, en cuanto a la “mercancía” educativa), hay que darle lo que le interesa a la burguesía: por un lado, una educación/instrucción para el trabajo, para el desempeño laboral, para las necesidades de la economía capitalista; por otro, una ideología consumista pasiva que suprima de raíz toda veleidad participativa (en lo político) que no pueda ser manejada sin problemas desde el poder. Cultura, la “justa”; más allá, hay monstruos: el conocimiento riguroso y crítico; la conciencia de clase o de género; la disidencia frente a los poderes económico-políticos dominantes; la subversión de los sistemas de dominación y explotación; en fin, la revolución.

El dinero empleado debe ser, asimismo, el “justo”: lo que hay que lograr es un contingente suficiente de trabajadores cualificados, más allá de eso lo que hay es “despilfarro”. Así, pues, hay que regular los flujos escolares, enflaqueciendo lo más posible su caudal hacia arriba: hay que cortar por lo sano la llegada a los niveles superiores de quienes deberían quedarse en los inferiores por razones sanitarias (otra vez: el peligro de que los que no deben saber, sepan; es decir, la disidencia y todo lo demás).

Así, pues, el control del currículo es básico: el liberalismo tiene que ver con la economía, pero no con la cultura, por muy “neo” que sea. ¿Cultura para todos? Jamás. ¿Liberalizar la participación política? No, por cierto. Cuanto menos sepan los clientes al respecto, mejor. Ya se encarga el propio sistema educativo de producir el contingente “justo” de quienes deberán dirigir el cotarro en el futuro: los cachorros de la clase dominante.

2. No se trata tanto del envejecimiento de los saberes y de la necesidad de sustituirlos por otros. Se trata de que cuanto menos sepan los asalariados mejor le irá al sistema. Durante algunos años subió mucho el número de estudiantes universitarios (y, luego, de licenciados): el resultado fue el aumento de la disidencia contra el sistema: una disidencia intelectual puesta sobre la mesa de las prácticas revolucionarias. La segunda mitad de los sesenta y casi toda la década de los setenta, con sus movimientos estudiantiles poniendo en entredicho la sustancia misma del sistema capitalista, hizo pensar a los dirigentes de los países occidentales (organizados en la Trilateral para poner “orden” en el “desorden” y “racionalidad” en las demandas “excesivas” hechas al sistema por la ciudadanía) que debía impedirse por todos los medios que los trabajadores llegaran a la Universidad. La crisis económica, al mismo tiempo, empujó a la reducción de los gastos educativos: ambas necesidades se complementaron.

No se trata sólo de no enseñar más de la cuenta para ahorrarse las inversiones en la educación; se trata de no enseñar más de la cuenta para que los trabajadores no sepan lo que no tienen que saber (es decir, se trata de bajar los niveles y de destruir ciertas disciplinas esenciales para la comprensión del mundo). Si se trata de adaptarse al mercado de trabajo, el que aprendan menos no es la solución. Cuantos más conocimientos, más capacidad de adaptación. La cuestión tiene que ver con la lucha ideológica, con la lucha de clases. La rebelión estudiantil en la Universidad (producto de la conciencia del estado de cosas existente) y la producción masiva de cuadros surgidos de la clase trabajadora deben ser cortados de raíz: debe impedirse que los trabajadores lleguen a la universidad; a la universidad deben llegar sólo los que han de prepararse para dirigir. No hay que dar armas a los trabajadores que éstos puedan volver luego contra el sistema.

3. Sólo cuando se piensa la necesidad del conocimiento por parte de los trabajadores, no desde el punto de vista del trabajo que realizan en el proceso de producción, sino desde el de las necesidades de la lucha política e ideológica (cultural, en sentido amplio), es decir, sólo cuando se piensa esa necesidad del conocimiento desde el punto de vista de las necesidades mismas de la lucha de los trabajadores por la consecución de su hegemonía en la sociedad y en el Estado, y para el gobierno por ellos mismos de esa sociedad y de ese Estado, sólo entonces, se entiende perfectamente cuál es el interés de los trabajadores en el aprendizaje de todos los conocimientos, ni uno menos de los que tienen que conseguir sus dominadores y explotadores de la burguesía.

Durante una buena parte de la historia de las clases trabajadoras, los propios teóricos de los trabajadores han percibido esa necesidad de conocimientos como la necesidad que tiene la burguesía de los conocimientos de los trabajadores para realizar sus tareas en el proceso de la producción; así, han creído ver en la extensión de la educación la respuesta de la burguesía a esa necesidad. Pocas veces se ha pensado esa necesidad de conocimiento desde las expectativas de los propios trabajadores, y, sin embargo, es harto fundamental que así se haga: en su propio interés estratégico. Es decir, no porque cuanto más se valorice su trabajo (por medio de los conocimientos disponibles para su ejecución) más elevados serán los salarios que podrán exigir, sino porque no hay forma de dirigir la lucha por su emancipación si no controlan los conocimientos que hacen posible su esclavitud, porque no hay forma de construir una sociedad nueva sin los conocimientos naturales y sociales que la harían posible. Contra esa debilidad cultural (que es una debilidad que traspasa todos los niveles del conocimiento y la práctica social) se han estrellado todos los esfuerzos de los movimientos sociales y políticos de la clase obrera y de las revoluciones que, en su nombre pero a menudo no con sus solas fuerzas, se han llevado a cabo.

Sólo la identificación de las necesidades de conocimiento desde los intereses de la clase obrera ha hecho posible visualizar la tarea que ésta tiene que acometer en el terreno de su educación. Gramsci fue el que más claramente supo identificar esas necesidades y esos intereses, y, aunque la izquierda ha olvidado sus palabras -si es que alguna vez las ha conocido en su sustancia estratégica, revolucionaria-, es estrictamente obligado desarrollar a partir de sus reflexiones la teoría y la práctica de las luchas de la clase obrera por su emancipación. Dada la finalidad que la clase obrera debe atreverse a descubrir en su estudio, y en el sistema educativo entero, así deberá ser teorizado todo el entramado del sistema educativo y de las instituciones educativas complementarias, y también el punto de vista riguroso con el que los trabajadores, y sus hijas e hijos, deben afrontar el estudio y el aprovechamiento de ese sistema y de esas instituciones.

Toda la evolución de la lucha de clases habla del fracaso de la clase en la defensa de sus intereses estratégicos de clase: la derrota actual es amplia y profunda, y se debe a la ignorancia de lo que habría que haber hecho en el terreno de la educación y de la lucha ideológica (que es el terreno de la lucha cultural en su totalidad). Seguramente la teoría y la práctica educativa de la izquierda, en este espacio de la lucha de clases, debe cambiar de orientación radicalmente. El misticismo de los valores, y toda la demás parafernalia piadosa que se ha venido gastando por parte de la seudoizquierda beata, debe ser sustituida por la búsqueda esforzada, rigurosa y autodisciplinada del máximo conocimiento. Sin esa lucha por el conocimiento, la lucha por conseguir la hegemonía se producirá en el vacío de las buenas intenciones.

No hay lucha ideológica rigurosa posible sin la capacidad de la clase obrera para lograr la reforma moral e intelectual de las demás clases subalternas, y no habrá nunca esa capacidad si no desarrollamos, desde la clase, por la clase y para la clase, una reforma moral e intelectual de la propia clase obrera. Sólo el conocimiento puede conseguir eso; no la ignorancia en que ahora está empantanada la izquierda irrealmente existente.

4. Hirtt [en Los nuevos amos de la escuela] escribe (y todos los teóricos de izquierdas, incluidos los foucaultianos, escriben) que el sistema educativo se conforma según los intereses de la burguesía, que todas las instituciones del Estado Capitalista se conforman según los intereses de la burguesía. ¿Sucede esto mecánicamente, sin que intervenga la acción consciente (es decir, teórica y práctica) de la burguesía, como una especie de destino fatal? ¿O la burguesía tiene claro (porque han pensado en ello sus intelectuales orgánicos) lo que le interesa, y las instituciones que debe producir para esos intereses, y actúa en consecuencia? ¿El Estado es propiedad absoluta de la burguesía para hacer y deshacer en él? [ver la polémica Poulantzas vs. Miliband -Tarcus, 1991] Entonces: ¿qué sucede con los intereses de la clase trabajadora? ¿No hay clase trabajadora? ¿No tiene intereses estratégicos colectivos como los tiene la burguesía? Y si los tiene, ¿cuál puede ser la razón de que no los haga valer en la lucha de clases? ¿Debe dejarse hacer por la burguesía? ¿Los intereses de los trabajadores no deberían proyectarse sobre una política educativa estratégica contradictoria con la política educativa de la burguesía? ¿Por qué la política educativa de los trabajadores es la de la burguesía (teorizada por la burguesía y llevada a la práctica por los presuntos partidos de izquierda)? ¿No es absolutamente necesario identificar cuáles son los intereses de la clase trabajadora en cuanto al sistema educativo, en cuanto a la educación en sentido particular y global? ¿No es absolutamente necesario deducir de esos intereses una política educativa propia de las clases subalternas, que no sea el reflejo desvaído de lo que la burguesía ha teorizado, de lo que la burguesía quiere, de lo que le interesa a la burguesía?

Aquí y ahora es absoluta y radicalmente necesario elaborar esa teoría educativa. De lo contrario, estamos abocados a la eternización del sistema capitalista y de la sumisión de la clase trabajadora, ya que sumida en la inconsciencia de sus intereses como clase.

5. Parece evidente que la autonomía de los centros produce una fractura social mayor, que las diferencias de niveles se acentúan y que tales diferencias tienen que ver con la estructura social del barrio y con la tipología sociocultural de los alumnos escolarizados en el centro. Eso es así, sin duda; pero el discurso acerca de la (re)ordenación clasista de la educación, dependiente de los intereses del capital, me produce una extraña sensación: parece suceder como si sólo estuvieran vivos para pensar, tomar decisiones y actuar los miembros de la burguesía. Según se dice, dejados de la mano de la unificación desde arriba (que ya sabemos lo que quiere decir, en general) los centros con mayoría social popular se hunden: es decir, sus niveles se hunden, su disciplina se hunde, la voluntad de estudio se hunde. Esto habla a la claras de una radical debilidad estratégica y organizativa de las clases subalternas (de la clase obrera, en primer lugar).

La autonomía de los centros puede ser un criterio burgués para atomizar a la ciudadanía, para fragmentarla según líneas de fractura sociales, para poner a cada uno en su sitio según su origen y su nivel socioeconómico. Pero, ¿quién mete en las cabezas de la clase trabajadora que su sitio es la ignorancia? ¿Por qué no puede suceder que los centros educativos poblados por un alumnado procedente de medios populares, dejados a su libre albedrío (es un decir), se constituyan en centros de estudio serio y profundo, en centros en que los niveles de conocimiento suban muy por encima de la media, en centros en que la autodisciplina y la responsabilidad colectiva y personal estén en el centro de la relación educativa?

Dado que la autonomía de los centros parece ser un hecho inevitable (incluso en la siempre centralizada Francia; tal vez ahora también en España), además de realizar las críticas pertinentes, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud, y organizar los centros con alumnado mayoritariamente perteneciente a las clases subalternas como centros en los que el deber de estudio esté en el corazón de su funcionamiento, en que el deber de enseñar el máximo nivel de conocimientos y de capacidades reflexivas se constituya en la obligación máxima de los profesores? He aquí un problema (según me parece) nunca afrontado por la generalidad de los teóricos educativos de la izquierda (deberían leer a Gramsci): la clase trabajadora está desmantelada (causa y consecuencia; círculo vicioso), por lo que se ve, organizativa, política, cultural, moral, ideológica y psicológicamente.

La clase obrera en los institutos con alumnado de extracción popular ha sido presentada por los sociólogos de la educación, presuntamente de izquierdas, como una colección de vagos, buscabullas e irresponsables [los términos son míos, ellos utilizan sintagmas más útiles para sus intereses “explicativos”, como, por ejemplo, el de “objetores escolares”] que, en el hecho mismo de serlo, cumplirían un papel de protesta contra el sistema [?] y mostrarían una presunta “cultura popular” [?] (mientras tanto, los chicos estudiosos, pacíficos y responsables, también de la clase obrera, son tratados con cierto menosprecio, dado que son “sumisos al sistema”).

Por otra parte, los presuntos teóricos educativos de la izquierda identifican a los escolares de la clase trabajadora como personas incapaces de abstracción, como si estuvieran genéticamente obligados a ser distintos (intelectual, moral, psicológicamente distintos) a la burguesía, cuando no socialmente determinados a ser incapaces de apreciar la “alta cultura” burguesa. Otras veces, se quiere hacer pasar la incapacidad verbal para la reflexión, culturalmente determinada, por un lenguaje propio tan bueno como el que más. Esa teorización está en la base de la actual impotencia de la clase trabajadora a todos los niveles. Desarmar a las clases subalternas de los conocimientos que necesitan no puede tener otra consecuencia que ésta.

¿Cómo es posible que no se diga nada de la posibilidad de organizar el aprendizaje para obtener los niveles más elevados de conocimiento en contra de los planes perversos de la burguesía (los empresarios y sus gobiernos)? Se dice que en el sistema escolar se producen contradicciones entre lo que la burguesía pretende y lo que, en parte, sucede (o podría suceder): la burguesía tiene que instruir a la clase obrera para el trabajo; como consecuencia adventicia los hijos de los trabajadores pueden aprender los saberes que serán sus armas contra esa misma burguesía. Esto parece ser una simple cuestión de causas y efectos que tiene siempre como sujeto a la propia burguesía; de hecho, ese es el único sujeto verdaderamente presente en estos discursos.

En ningún momento los teóricos educativos de la presunta izquierda desarrollan un discurso positivo, destinado no sólo a la reflexión crítica acerca de lo que la burguesía trata de hacer, sino también a la reflexión estratégica de lo que la clase trabajadora debiera hacer para alcanzar su hegemonía. A menudo, esos teóricos parecen dar por sentado que la clase trabajadora, en verdad, no podrá hacer nada por su auténtica educación hasta que no haya una sociedad socialista, pero no se plantean cómo diablos podríamos llegar a esa sociedad con el tipo de trabajadores (e hijos de trabajadores) ignorantes, insolidarios, consumistas compulsivos que el sistema produce. La ignorancia no puede hacer revoluciones, y, si las hace, enseguida se convierten en catástrofes.

El problema de los teóricos y críticos de la izquierda es que en ningún momento se plantean cómo podría actuar la clase trabajadora para tratar de cambiar la correlación de fuerzas, qué criterios debería manejar para alcanzar las finalidades que debiera tener, cuáles deberían ser sus intereses en el sistema educativo (y más allá) para alcanzar su hegemonía como clase. Todos los discursos se producen para hablar de las maquinaciones de la burguesía, de lo que la burguesía hace, de los intereses que tiene la burguesía. En ningún momento se analiza cómo deberían actuar los trabajadores desde su propia posición y desde sus propios intereses, es decir, para avanzar (en su lucha contra la burguesía) en la conquista de su hegemonía cultural y moral como clase. La clase trabajadora (y sus organizaciones, si es que existen) permanecen, por eso, impotentes.

6. Las clases sociales son causa y efecto, a la vez, de las estructuras sociales en que actúan. Así, en las formaciones sociales esclavistas (griega y romana), por ejemplo, los dueños de los esclavos, dadas las relaciones de producción existentes y su relación con el proceso mismo de la producción, tienen ante las prácticas económicas una posición ideológica, producida por esas relaciones y esas prácticas, que, al mismo tiempo, contribuye a reproducir esas relaciones y esas prácticas. La perspectiva ideológica de los dueños de esclavos determina su “posición” práctica ante el desarrollo (exactamente: el no desarrollo) de las fuerzas de producción: sucede que no están interesados en ese desarrollo. Así, esas formaciones sociales esclavistas se encuentran detenidas en una estéril pasividad que impide cualquier desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual a la larga ha de significar el fracaso de la propia formación social, liquidada desde fuera por fuerzas ajenas al propio modo de producción esclavista sobre el que se fundamenta: es material e ideológicamente imposible su liquidación desde dentro, por evolución, y, por otra parte, acontece que, al final de una lenta y multisecular degradación, se encuentra adecuadamente maduro para su destrucción por fuerzas exteriores. Dadas la relaciones de producción esclavistas, ni los esclavos ni los dueños de los esclavos estaban en disposición de hacer avanzar cualitativamente las fuerzas productivas, ni de desarrollar las formaciones sociales esclavistas en la dirección de su superación.

Esa apatía, material e ideológicamente determinada, es la que afecta a la clase obrera en la situación actual. Cristalizada su ideología entre la asunción sin crítica de la ideología burguesa (reformista-consumista) y la palabrería determinista y/o reformista (la estructura capitalista obliga a que pase lo que pasa sin remedio y todo lo demás es voluntarismo iluso; hay que contentarse con el día a día de las reformas) de los teóricos de la izquierda, se halla sin un discurso político capaz de ligar la teoría marxista de las formaciones sociales, y sus determinaciones, con la práctica de la lucha de clases, es decir, con su actuación concreta como clase frente a/contra esas determinaciones. Así, no parece quedarle más remedio que asumir el mundo venenoso en que vive, como si su superación fuera del todo imposible. De este modo, cualquier evolución parece condenada a ser obra de la acción y la perspectiva teórica de la clase dominante. La ideología dominante desarma en la práctica a la clase obrera, una vez que la teoría de los ideológos de la clase la ha desarmado de su capacidad de acción política, una vez que ha quedado cultural y políticamente paralizada.

Seguramente, la clase dominante tiene un horizonte de actuación más “cómodo” que el de la clase dominada, pero eso no quiere decir, de ninguna manera, que la clase dominada no tenga ninguna posibilidad de actuación, que su acción política deba permanecer necesariamente congelada a la espera del suicidio de la clase dominante, de la presunta crisis/derrumbe del sistema capitalista. La clase dominada debe proveerse de una estrategia a medio y largo plazo, y de un catálogo de acciones constantes que sean el corolario político de aquella estrategia; así, por ejemplo, sucede con la cuestión educativa, base estrictamente necesaria para que cualquier estrategia apropiada para la clase obrera sea posible.

7. No basta con tener la conciencia de pertenecer a una clase explotada, no basta siquiera con que toda la clase adquiera esa conciencia (¿pero cómo podría ser posible esto si la clase, además de materialmente, se encuentra sometida intelectual, ideológica y moralmente a la clase dominante?), si es que se trata de hacer la revolución que necesitan la clase y todos los grupos sociales dominados. Es preciso saber cómo funciona la realidad (la formación social en que se vive), qué clase de respuesta estructural hay que darle, cómo se va a trabajar para construir la nueva sociedad. Es preciso tener la masa de cuadros de la clase que ha de hacerse cargo de la (re)construcción socio-económica, político-jurídica y cultural.

El Estado está en manos de la burguesía: ¿quiénes sustituirán a sus cuadros de la administración pública, de las instituciones políticas, de la burocracia social, de la dirección económica, del sistema educativo? Si la respuesta es que en el periodo de transición habrá que recurrir a los técnicos (la tecnocracia burguesa preexistenrte), como hizo Lenin, entonces, otra vez se producirá el restablecimiento de la burocracia burguesa (aunque sea con otro nombre y otras determinaciones sociales) en la nueva sociedad; y vuelta a empezar.

Por lo demás, tal como están las cosas, ni siquiera eso será posible, porque, a día de hoy, si la clase obrera no tiene los conocimientos más precisos sobre la sociedad que (se) trata de cambiar, aquí y ahora; sobre lo que hay que hacer para cambiarla, y sobre la forma misma de sociedad a la que (se) quiere llegar (además, por supuesto, de una lúcida y acendrada conciencia de clase, y de una voluntad, capacidad de esfuerzo y responsabilidad adecuadas a lo arduo de la empresa), no hay posibilidad ninguna de comenzar una revolución, ni aun de imaginársela en un remoto horizonte de futuribles.

Se necesita una clase obrera doblemente sabia: en lo político-cultural (para la acción política organizada y responsable) y en lo social-técnico (para el desempeño de la accción económica, social, administrativa, … seria, organizada y responsable).

Hablar de que hay que producir las “fuerzas necesarias” para el día en que sea posible la acción revolucionaria, no tiene ningún sentido si, a continuación, todos nos vamos a casa y nos limitamos a la vida cotidiana (incluso, si nos limitamos a la vida política realmente existente) sin esperanza. Las “fuerzas necesarias” son la clase obrera autoconsciente y cultural/técnica/tecnológicamente preparada para tomar en sus solas manos el gobierno del Estado, que ya no será el Estado de la burguesía. Así, preparar el día en que sea posible la acción revolucionaria pasa por la educación intensiva y la instrucción consciente: pasa por entrar masivamente en el poder judicial, en el poder político de los ayuntamientos y comunidades, en el poder legislativo, en la administración del Estado a todos los niveles, en las estructuras técnicas de la dirección económica, en el universo de la cultura activa y de la producción teórica. No se podrá jamás hacer una revolución si, en todo momento, la ideología dominante es la de la clase que nos domina; la teoría socioeconómica y política dominante es la de la clase que nos domina, y los únicos capacitados para dirigir el Estado y los mecanismos todos de la sociedad civil son aquellos que nos dominan. En definitiva, no se puede hacer la revolución que parece que pretendemos, si cada día, y durante un largo periodo de tiempo, no nos esfozamos por hacer esa revolución. La revolución no se hace, en un momento singular y de repente, se ha fraguado a lo largo de una lucha por la hegemonía sostenida día tras día.

Una situación insoluble de ese tipo fue la que hizo necesario que los bolcheviques tuvieran que entregar la administración del Estado a la burocracia del régimen anterior, contra los propios intereses objetivos y subjetivos de la clase obrera; ésa es una lección que no debiéramos olvidar.

Notas para una estrategia contrahegemónica en el frente educativo

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s