PARA UNA ALTERNATIVA DE CLASE EN EDUCACIÓN

(2003)

 

SALUSTIANO MARTÍN

1.

Todos los sistemas educativos son conformados desde una concreta perspectiva socioeconómica y político-ideológica; es decir, hay inscrita en su estructura y en su funcionamiento una teoría política de la educación. En buena parte, eso mismo podría decirse de la estructura de funcionamiento de los centros y de la propia relación educativa tal como se desarrolla dentro de las aulas. Consciente o no, existe un punto de vista sociopolítico que se desarrolla por debajo del proceso educativo, que da coherencia a las normas que hacen posible el desarrollo, más o menos ordenado, de la práctica escolar.

En este sentido, no sería adecuado exigir, a una educación generada desde un punto de vista determinado, que produjera resultados contradictorios con ese punto de vista. De modo que, al revés, dados ciertos resultados, habrá que entender que estaban inscritos en la lógica desde la cual se ha construido el sistema y se ha trabajado en las aulas. Así, por ejemplo, si se ha promovido el juego y la relajación de la tensión educativa, es imposible que se produzca disciplina y voluntad de esfuerzo intelectual; si se ha rechazado la memorización de conceptos, caracterizaciones y relaciones sistemáticas, y no se ha fomentado el entendimiento abstracto, será inútil esperar un aumento en el nivel de los conocimientos o en la capacidad para la reflexión intelectual.

2.

Si queremos dar una respuesta alternativa al sistema educativo actual, al funcionamiento interno de los centros y a la dinámica educativa dentro de las aulas, necesitamos, pues, identificar un punto de vista básico desde el cual poder diseñar las estructuras del sistema y basar los cimientos de su funcionamiento dentro del centro y dentro de las aulas: una teoría política de la educación que nos asegure (en la medida de lo posible) que cuando ponemos el acento del esfuerzo en tal o cual aspecto del sistema (sea el nivel que sea), ello no va a traer repercusiones indeseadas; que tomar cierta decisión en el currículo no va a producir efectos contradictorios a los esperados.

La teoría política de la educación que esté en la base del sistema, y de sus concreciones normativas y prácticas, deberá hacer, en todo caso, que si la realidad producida no se ajusta a nuestras intenciones, tratemos de reformar el sistema (o las normas que lo han puesto en uso, o las prácticas de él deducidas) en lo que tenga que ver con el desajuste producido, a fin de que la realidad negativa se convierta en una realidad positiva; en lugar de aferrarnos a los pormenores de la estructura o de sus concreciones prácticas, al grito de “sálvese mi bonita construcción y que se hunda el mundo”. Si las normas, en su puesta en práctica, no producen la realidad que esperábamos, no será porque se ha equivocado la realidad, sino porque las normas o su puesta en práctica niegan nuestros postulados, de modo que será preceptivo cambiarlas, dado que no sirven para aquello que es nuestro horizonte de trabajo.

Si queremos conseguir una sociedad democrática y observamos que nuestra teoría y/o nuestra práctica nos está llevando cada vez más a una dictadura, entonces, es que nuestra teoría y/o nuestra práctica son un desatino manifiesto y deben ser cambiadas.

3.

Los “fallos” de la democracia, los “desajustes” autoritarios de la democracia, la manipulación de las conciencias en la democracia, la deriva abúlica que niega la participación política pública en la democracia, y todo el resto de males destructivos que afectan a nuestra democracia, sólo se curan con más democracia, con una radicalización de la democracia. Esto, sin duda, es una evidencia, pero ¿quién podría exigir más democracia? ¿quién podría desarrollar una lucha capaz de poner en el orden del día la radicalización de la democracia? La respuesta es, asimismo, obvia: las ciudadanas y ciudadanos que conforman, en su existencia práctica, toda democracia.

No hay, por tanto, ninguna posibilidad de profundización hacia una democracia real si no hay una ciudadanía consciente, reflexiva y crítica que quiera participar en la arena pública de la democracia y que, por tanto, exija la existencia de instituciones democráticas abiertas, legalmente, a la participación de la ciudadanía. Y, sin embargo, no es ésta la ciudadanía que habita en nuestra enflaquecida democracia.

Si la política económica es destructiva de las esperanzas de la mayoría, tal parece que no nos queda otro remedio que aguantarnos; si el presidente del gobierno y sus ministros se saltan a la torera sus deberes democráticos y nos arrastran a aventuras militares sin consultar a la ciudadanía, no hay otra cosa que hacer (según parece) que decir amén; si los políticos mienten, se corrompen y se desentienden de las necesidades de los ciudadanos, al parecer, es porque es así y no puede ser de otra manera; etc.

¿Cómo cambiar las cosas? ¿Cómo luchar contra un sistema económico que se alimenta de la desigualdad, del agotamiento, de la ignorancia, de los vicios y los deseos insolidarios de la mayoría de la población? ¿Quién podría cambiar el sistema capitalista, en cuya lógica está la desposesión económica y la privación cultural de la mayoría, por otro sistema en cuya lógica estuviera el bienestar económico y la riqueza cultural de todos? La respuesta sigue siendo la misma: las ciudadanas y ciudadanos que padecen bajo la pesada losa de las estructuras socioeconómicas, político-jurídicas e ideológicas del sistema capitalista (es obvio, claro, que los capitalistas no padecen semejante losa destructiva). No hay otro sujeto histórico posible para protagonizar un cambio de sistema: la emancipación de los trabajadores sometidos a la explotación económica y la ignorancia cultural sólo podrá ser obra de ellos mismos.

Así, pues, si hay que decir, de nuevo, que no hay, aquí y ahora, una ciudadanía capaz (intelectual, moral y políticamente capaz) de afrontar semejante tarea, va de suyo que la tarea esencial que los enseñantes deberían afrontar, que debería afrontar la dirección de cualquier centro de enseñanza, que el sistema educativo debería inscribir en todas sus estructuras, debería ser la producción de una masa crítica de ciudadanas y ciudadanos capaces de tomar en sus manos su destino como tales: con los conocimientos sociológicos y económicos necesarios para saber en que sociedad viven y cómo sucede su expropiación, su explotación, su manipulación, y cómo sería necesario salvarse de esa miseria; con los conocimientos históricos y filosóficos necesarios para saber cómo se ha llegado hasta aquí y cómo se podría salir de aquí para llegar a otra parte mejor; con los conocimientos políticos y jurídicos necesarios para que nadie (ningún excelso padre de la patria, ningún sabio salvador de la clase obrera, ningún político mentiroso) pudiera conducirlos allí donde ellos, a partir de su propios conocimientos y su propia capacidad intelectual de reflexión, no quisiera ir; con todos los conocimientos necesarios para ser, sin más, seres humanos plenos, nada dispuestos a comulgar con las ruedas de molino de la (presunta) desigualdad natural (entre gobernantes y gobernados; entre técnicos conocedores de los arcanos de la economía o el Estado, y populacho ignorante).

Ésta tendría que ser la teoría política de la educación a partir de la cual podríamos tratar de construir una alternativa al sistema educativo actual en todas sus líneas de fuerza. No se trataría, pues, de hacer simplemente que los niños fueran felices en las escuelas, sino de que (ellos y nosotros) consiguiéramos que llegaran a ser mujeres y hombres libres, autónomos, emancipados de la tutela vigilante del poder político, capaces de desarrollar una lucha consciente para cambiar las estructuras económicas que los someten a la explotación de su fuerza vital y de su trabajo. No se trataría de jugar, sino de esforzarse para crecer en conocimientos y en capacidad intelectual, en autodisciplina y voluntad autónoma. No se trataría de seguir en la escuela o en el instituto el tipo de vida dependiente, regalada y ociosa propia del hogar materno, sino de iniciarse a una vida de relación autónoma, basada en el esfuerzo personal y las normas colectivas, como sujeto que se está haciendo para una vida independiente y racionalmente conformada.

En fin, para conseguir esta finalidad, necesitamos construir otras estructuras educativas, otra forma de trabajar en los institutos, otro modo de afrontar la relación educativa en las aulas; necesitamos otro modo de pensar el currículo, las necesidades cognitivas de los alumnos, la interrelación de las diversas disciplinas (científico-naturales, geográfico-histórico-sociológico-económicas, lingüístico-literario-filosóficas, …). Hay que ponerse manos a la obra para diseñar una alternativa en ese sentido.

16 noviembre 2003

Para una alternativa de clase en educación

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