Compensar, repetir, ignorar

Luis Fernández García

La educación debe organizarse, por razones económicas —en el sentido noble de la palabra—, en grupos de clase. H.M. Enzensberger propuso hace mucho cerrar los centros, y que el estado ofreciera a cada alumno un preceptor personal, como si fuera el hijo de un rey; pero dudo que nadie lo tomara sino como lo que era, una excusa para criticar la ineficiencia educativa.

Nuestro sistema escolar no es coherente con esta organización en grupos, especialmente si asumimos como principio que nada influye tanto en lo que puede aprender un alumno como lo que trae sabido de antes. Este principio exige en sí mismo que la enseñanza sea sistemática, basada en el recorrido ordenado y la superación de contenidos organizados en torno a la lógica interna del conocimiento, en forma de disciplinas. El conocimiento es único, y los diversos saberes interdependientes, así que estructurados no debe confundirse con aislados, ni entre sí, ni con la experiencia cotidiana.

Una enseñanza sistemática organizada en grupos de clase exige un grado de homogeneidad. Pedir homogeneidad es como nombrar la bicha para los apóstoles de la educación accidental (los de la escuela dominante, esos para los que el aprendizaje es el resultado accidental de sumergir al alumno en un espacio lúdico); y es que clasificar a los alumnos es pecado, a pesar de lo cual no discuten la organización en grupos de clase, sólo que juntan a los alumnos por el año de nacimiento, lo que según ellos no es clasificar. Esa homogeneidad necesaria, y como definirla y lograrla, es el tema de esta nota.

Al requerimiento de homogeneidad de los grupos en una enseñanza de organización colectiva —esencial sin embargo a un punto de vista constructivista— se suele responder, a menudo con indignación, que la homogeneidad es imposible —porque cada persona es distinta— e indeseable —porque la función de la educación no es amoldar a los sujetos a un corsé— alegaciones evidentemente falaces, porque la homogeneidad que se necesita es una homogeneidad limitada. Un grupo es adecuadamente homogéneo si todos sus miembros están preparados para acometer los objetivos de aprendizaje que se plantean, y eso con los recursos que se ponen a su disposición.

¿Cómo se logra ese grado de homogeneidad? Ajustando los recursos, cambiando los objetivos o clasificando. Lo ideal es hacer todo lo anterior sin depender demasiado de ninguno de los tres sistemas.

—Desde nuestra posición antropológica y política, el mecanismo preferente deber ser la compensación. Se debe más recursos y distintos cuando se perciba un logro deficiente, para que los alumnos no se queden rezagados, y de forma que cubra de manera real los objetivos programados para cada curso, de forma que los alumnos puedan seguir el plan de estudios sin tener que repetir ni tener que abandonar su grupo de edad. Si nuestros conceptos son verdaderos —y justificarlos científicamente es una tarea parcialmente pendiente— la inmensa mayoría de los alumnos deben poder recorrer el currículo sin necesitar repetir o vías paralelas, ni fracasar. Es fundamental que la compensación sea cuanto más temprano, que los problemas se aborden antes de que se amplíen y se enquisten. También es fundamental que todos arranquen a la vez, lo que no puede basarse en retener a los culturalmente privilegidos para que esperen a los deprivados, sino en enriquecer la experiencia de estos últimos con una inmersión escolar temprana y eficaz, que debe ser posible.

—Como aspiramos a la mejor educación para todos, nos repugna la costumbre de rebajar las pretensiones con los que ofrecen alguna dificultad, lo que ha venido siendo el recurso estándar para mejorar las estadísticas y ocultar el fracaso (o la mentira de la igualdad de oportunidades). Alterar los objetivos finales es una trampa, pero alterar los objetivos intermedios, para adecuar las vías y los ritmos, es un mecanismo al que no se puede renunciar. Si queremos la debida igualdad como objetivo estratégico, es imprescindible que atendamos a la diversidad de circunstancias.

—Si se aprende sobre todo por lo que se sabe, clasificar por el grado de preparación parece lo más natural. Se hace sin complicación obligando a repetir curso, tantas veces como haga falta, al alumno que no ha superado los objetivos, y así se hacía antes de que se pusiera límite al número de repeticiones. En el punto en que estamos, es muy probable que un repetidor de 2º, 4º ó 6º de Primaria (un alumno sólo puede repetir una vez en Primaria sean cuales sean sus necesidades) sea luego repetidor de 1º y 2º de Secundaria antes de ser expulsado de la vía principal con el final de la escolarización obligatoria, ya sea hacia la nada o hacia el apaño de la PCPI. La repetición sin límites dará lugar a una heterogeneidad en las edades que no parece compatible con las exigencias de la socialización; los alumnos mayores terminan consolándose con una falsa conciencia en la que su fracaso académico se identifica con una forma de superioridad, lo que por desgracia afecta también a los que están en una edad normal, que terminan viendo la objeción a sus obligaciones como signo de madurez.

Así es como está planteado el problema, y nadie va a decir que resolverlo sea fácil. ¿Por dónde iría una respuesta óptima, o al menos equilibrada?

—De ninguna manera puede ser la respuesta ignorar el nivel. Es inaceptable que un alumno sea asignado a un curso cuyos objetivos sean inalcanzables para él, y tampoco puede ser la respuesta falsificar los objetivos para ocultar su incumplimiento. Si un alumno demuestra un comportamiento responsable, ha alcanzado una adecuada motivación, darle el aprobado con menos es consagrar su fracaso, que descubrirá de una manera aplazada, cuando le arranquemos los algodones y le enfrentemos desarmado a la vida. Cuando el alumno presenta dificultades limitadas y sobre todo circunscritas a áreas específicas, parece que la mejor solución es el apoyo complementario, en forma de desdoble o de grupos de compensación, semejantes a los que hasta los últimos recortes se han venido aplicando a alumnos a veces extraordinariamente desfasados.

—En los cursos iniciales —hasta los primeros años de Primaria— debería bastar con la compensación en el aula; pero como los problemas para el aprendizaje escolar se suelen deber a circunstancias sociales, ocurrirá, como siempre, que aparecerán concentrados en ciertos colegios, en áreas de población pobre y culturalmente deprivada, haciendo muy difícil el trabajo. Cuando los problemas no resueltos empiecen a hacerse refractarios, en los cursos siguientes, además del apoyo, tanto dentro como fuera del aula, probablemente sería imprescindible sumergir los casos problemáticos en el seno de algunos grupos, con menor número de alumnos, apoyo especializado dentro y fuera del aula, y profesionales especialmente capaces y motivados, que según mi experiencia no escasean, adecuadamente compensados.

—El esfuerzo anterior por evitar el retraso debería dar frutos, si se ensayara. Mientras no sea así, y en la situación actual, habrá que contar con un contingente minoritario pero numeroso, concentrado además en ciertos centros, de estudiantes marcados por un marcado retraso escolar, alumnos que llegan al final de la Primaria o salen de ellos sin siquiera el dominio de las herramientas más básicas —un vocabulario suficiente, un control adecuado de la lectura y la escritura— y en muchos casos, de forma añadida, con unas pautas de conducta incompatibles con el trabajo en el aula.

—Para éstos, mientras el fracaso actual persista, la mejor medida podría ser su reunión en grupos más o menos homogéneos, poco numerosos, donde recibieran una atención que fuera a la vez adecuada a su nivel académico y a su edad. Romperíamos así con esta situación nefasta en que los alumnos de mayor edad son los fracasados en sus cursos. Una agrupación así implica una adaptación de los objetivos intermedios, con la intención de que nadie se quede sin la oportunidad real de cumplir los objetivos de la Enseñanza Secundaria (y omito lo de «obligatoria» conscientemente). La denominación de estos grupos podría tener en cuenta su edad, para evitar o limitar el sambenito, más que a su nivel. Deberían tener como objetivo, y evaluarse así, la devolución de sus alumnos al programa normal; aunque en los últimos cursos, equivalentes a los intermedios o finales de la ESO, sobre todo con los alumnos de mayor edad, el objetivo debería ser la obtención no tramposa del título.

¿Hasta dónde hay que llevar la pretensión de homogeneidad? Mi impresión es —tendría que darle un repaso a la poca literatura propiamente científica antes de elegir otra fórmula— que más homogeneidad de la necesaria es perjudicial, porque la diversidad es una riqueza real, y las oportunidades que ofrece compensan sobradamente los inconvenientes. ¿Cómo repartir un conjunto de alumnos «normales» en grupos de clase? No sirve poner por un lado a los académicamente mejores y por otro a los peores; es mejor mezclarlos. En este caso, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con lo que además es políticamente correcto.

Compensar, repetir, ignorar

2 pensamientos en “Compensar, repetir, ignorar

  1. Borja Villa dice:

    No entiendo bien el párrafo final de este entrada y no sé en qué medida es coherente con lo que se afirma en el resto del artículo. Entiendo (y comparto) que la homogeneidad es deseable en cuanto que sólo partiendo de unos conocimientos comunes por parte de todos los alumnos integrantes de una clase pueden de verdad ir incrementándose los conocimientos de todos ellos. Pero en el último párrafo se señala que “la diversidad es una riqueza real y las oportunidades que ofrece compensan sobradamente los inconvenientes”. ¿Cuál es el ámbito en el que la homogeneidad resulta deseable y cuál es el ámbito en el que es, en cambio, la diversidad la que proporciona una “riqueza real”?

    ¿Por qué es mejor mezclar alumnos académicamente mejores y peores? Dado un grupo de 120 alumnos que pudiésemos clasificar académicamente de mejor a peor, ¿no sería más conveniente para todos ellos clasificarlos en cuatro clases con niveles académicos distintos? Si se mezclan, ¿no ocurrirá que habrá alumnos que se aburrirán en clase mientras que a otros les costará muchísimo alcanzar el nivel medio de su grupo? Pienso que lo más convenientes sería, por ejemplo, que las cuatro clases no tuviesen todas el mismo número de alumnos (30 en cada una), sino que variase el número de alumnos por clase para conseguir que aquellos alumnos con más dificultades pudiesen disponer de una atención más personalizada (distribuyéndolos, por ejemplo, de modo que en la clase de “los mejores” hubiese 45, en la siguiente hubiese 35, luego 25 y luego 15). De este modo no se estaría abandonando el objetivo de alcanzar el mismo nivel de educación para todos, pero sí se estarían variando los “objetivos intermedios”, intentando acelerar el ritmo de los más rezagados para que consiguiesen al final alcanzar el de los más aventajados…

    Dicho de otra manera: ¿En qué valor sería óptimo el nivel de homogeneidad? ¿Por qué no puede responderse sencillamente que la homogeneidad es deseable per se y se acaba el artículo en un sentido contrario a lo defendido en el resto del artículo? ¿No es importante distinguir entre el ámbito en el que el objetivo principal ha de ser la homogeneidad y otro ámbito, que también es importante en la educación, en el que lo importante es la diversidad?

    • luisfdez dice:

      No te falta razón. He pretendido atender en un párrafo lo que necesitaría varios, porque no quería cerrar el texto sin producir la impresión de que la homogeneidad nunca me parece suficiente. Creo que es necesaria la que permite a todos acometer los objetivos del curso, y la que exige que el esfuerzo docente se aplique a un grupo. Creo también que lo de la adaptación y la personalización para alumnos muy heterogéneos es irrealizable con un grupo normalmente numeroso. La homogeneidad debe ser la suficiente para que todos pueden entender —aunque sea de manera desigual— las mismas explicaciones y ejemplos, abordar las mismas tareas y evaluarse con idénticas pruebas. Por otro lado, partir la lista ordinal produciría grupos internamente más homogéneos, pero heterogéneos entre sí; en mi opinión esto tiene dos inconvenientes:
      —Si no se compensa la diferencia, es probable que ésta se amplifique. Si eso sirviera, lo que no me parece descartable, para que los de partida mejores llegarán mucho más lejos, quizá tendríamos ahí un beneficio aprovechable para la comunidad (tanto como un riesgo de acrecentar las diferencias y alimentar el clasismo, que es el evidente lado malo).
      —Se pierde la importante oportunidad que ofrece el trabajo cooperativo. De ninguna manera se aprende tanto como enseñando, y los alumnos adelantados aprenden mucho de los errores de los relativamente rezagados, y de ayudarlos; tanto como lo que estos últimos pueden aprender de los primeros. Se acepta en general que el nivel del grupo de compañeros es, después de la formación previa, la principal variable entre las que pertenecen al ambiente escolar (es decir, aparte las familiares). Esto es lo que me rondaba la cabeza cuando hablaba de riqueza en la diversidad y de oportunidades. Es, por otro lado, lo que extraigo de mi propia experiencia (subjetivamente, sin el valor de una prueba científica).
      Por otra parte, podemos sugerir que después de partir la lista ordinal aplicaremos a los grupos medios y ritmos distintos, asignando más y mejores recursos cuanto más atrás en la lista, de manera que la heterogeneidad de nivel entre grupos (y por ende entre alumnos) se vea reducida. No sé si hay pruebas científicas que den ventaja a uno u otro método; mi hipótesis es que la otra opción es mejor.
      Tengo que confesarte que me cuesta mucho publicar sin darle al texto demasiadas vueltas. No hay excusa para la falta de rigor, pero me estoy esforzando por no quedarme parado, y aceptar que lo que necesitamos en poner en marcha la máquina (para eso este blog), y que es del diálogo y la elaboración colectiva de donde extraeremos el fruto. Así que muchas gracias.

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