LAS PROPUESTAS IDEALISTAS DE LA SOCIOLOGÍA CRÍTICA DE LA EDUCACIÓN Y LOS INTERESES ESTRATÉGICOS DE LA CLASE TRABAJADORA
(agosto 2002)

SALUSTIANO MARTÍN

La sociología de la educación empírica y esencialista (en términos de Lerena) produce informes al servicio de los intereses de la clase dominante: para la legitimación de la estructura socioeconómica capitalista y del tipo de división en clases propio de sus relaciones sociales de producción; es, por tanto, una sociología conservadora, interesada por la reproducción del estado de cosas existente.
Por su parte, la sociología crítica de la educación (a la Lerena) produce manifiestos descriptivos (valga la contradicción) que no levantan acta más que de su propia impotencia. Lo peor de esta sociología a la Bourdieu o Lerena es que propone, además, esa impotencia. No hay ciudadanos que puedan tomar en sus manos los destinos de su país; no hay trabajadores (no hay clase obrera) que puedan luchar eficazmente para ocupar las instituciones del Estado para una nueva fundación. No hay posibilidad alguna de una teoría y una práctica que luche/trabaje por la constitución de un nuevo pacto más allá de lo que la realidad y los grupos sociales dominantes nos obligan a aceptar como “lo dado” (de una vez y para siempre). Lo único que se nos ofrece es un impotente idealismo que sacraliza a la clase como clase, provista de un supuesto (y muy etéreo: etéreo en sí mismo, etéreo en la materialidad de la lucha diaria, etéreo en la producción de futuro) proyecto histórico, provista de una cultura cuyo contenido no es posible ver en quienes constituyen la clase obrera, y cuyas particularidades, si podrían ser identificadas teóricamente como apuesta de futuro, en absoluto pueden ser atribuidas a la clase realmente existente o, ni siquiera, a cualesquiera de las organizaciones que dicen representarla [?].
La clase obrera, aquí y ahora, no tiene proyecto histórico alguno; la clase obrera, aquí y ahora, no tiene ni cultura ni lenguaje propios. La clase obrera, aquí y ahora, no tiene asumida sino la bazofia lingüística y cultural que le propina la burguesía dominante desde las instancias técnico-ideológicas de la dominación: la televisión, el discurso del consumo, la ley de hierro del individualismo posesivo (que la aherroja, sí, en una cárcel, irrespirable y sin salida, que reproduce sin cesar su expropiación y la extracción del plusvalor de su trabajo). Y, aquí y ahora, la sociología de la educación a la Lerena no nos ofrece sino impotencia. Porque no hay ninguna posibilidad de producir una revolución que instaure un nuevo origen, un nuevo pacto constitucional, sino a través del esfuerzo, el trabajo, la reflexión y la lucha de todos y cada uno de los trabajadores: de toda la ciudadanía objetivamente interesada en la constitución de un nuevo orden no capitalista. Y resulta que la retórica de las grandes palabras, la retórica del proyecto histórico de la clase, y sus incorruptas e inconsútiles cultura y lenguaje, no logrará mover ni un ápice el engranaje de la realidad capitalista en una dirección (ética, política, jurídica) de superación y nuevo origen.
Así es. Sólo un discurso nuevo, que ponga el acento en la reconstrucción moral y cultural, psicológica e ideológica, económica y política de la clase obrera, podrá conseguir movilizar a los trabajadores en esa dirección (puesto que, aquí y ahora, no se encuentran nada interesados en ello); sólo una clase culta, autodisciplinada, consciente, con voluntad y memoria históricas, puede ponerse al trabajo de producir una nueva constitución. Las grandes palabras son idealismo reaccionario en estado puro si no se sujetan a los hechos, si no buscan su autorización en la materialidad práctica de la acción reflexiva y la reflexión actuante. Sólo una voluntad colectiva (la de todos y cada uno de las ciudadanas y ciudadanos: trabajadores, hombres y mujeres, …) consciente, y decidida, en la práctica, a cambiar las cosas, puede, en efecto, cambiarlas.
Ahí, el primer tramo de la lucha exige la existencia de una clase obrera empeñada en aprender el máximo de conocimientos, de capacidades y de destrezas; decididamente volcada al conocimiento y la reflexión, la autodisciplina y el cultivo de la voluntad. Y ese empeño pasa por la utilización del sistema educativo y pasa por el trabajo de educación en el interior de las familias. La situación de desierto cultural en que se encuentra la clase obrera queda puesta de manifiesto, claramente, por la impotencia, falta de interés moral y negligencia (relajación del compromiso educativo) de los padres respecto a sus hijos en el interior de las familias; ahí, pues, aquí y ahora, poco se puede hacer si no cambiamos el discurso de la autoindulgencia y la irresponsabilidad por el del autorrespeto y la voluntad educativa.
En cuanto al sistema educativo, el discurso que estamos necesitando (el que nos abocaría a una acción transformadora) sería aquel que exigiera a cada madre y a cada padre trabajadores un compromiso radical con la educación de sus hijos: en la exigencia de rigor en los contenidos y en el aprendizaje de los conocimientos; en la exigencia de autodisciplina y en la educación de la voluntad; en la exigencia de educación de las capacidades y en la propuesta moral de las propias actitudes; en el ejercicio constante para sus hijos de la memoria histórica y el rescate de las raíces culturales de la clase obrera.
Lejos de pedir relajación en las exigencias (es decir, lejos de exigir la corrupción profesional de los profesores), el discurso que necesitamos debería proponer un respeto máximo por la transmisión del saber y de la capacidad reflexiva: una exigencia consciente, vertebrada desde una nueva y renacida conciencia de clase, que haga suya la necesidad de una refundación de la democracia, para que deje de ser la pantomima repugnante que ahora es. Si no hay ciudadanía culta, consciente, crítica (es decir, conocedora y capaz de reflexión), no hay democracia, sino opresión y manipulación de las conciencias. Si no hay ese tipo de ciudadanía, cualquier llamada a proyectos históricos fantasmales, cualquier apelación a culturas y lenguajes supuestamente propios de la clase, cualquier propuesta para una práctica revolucionaria no serán más que retórica reaccionaria, impotencia idealista.
[Cfr. Carlos Lerena Alesón, Escuela, ideología y clases sociales en España, Barcelona, Círculo de Lectores, 1989. Cfr. también: Hannah Arendt, Sobre la revolución, cap. 4: “Fundación I: Constitutio libertatis”].

Las propuestas idealistas de la sociología crítica de la educación y los intereses estratégicos de la clase trabajadora

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s