ALREDEDOR DEL DEBATE SOBRE LOS DEBERES EN CASA

María José Navarro

            Se habla mucho de los deberes de los niños, y de las horas que éstos deben emplear en hacerlos, cuando llegan a casa, en detrimento de otras actividades programadas para el tiempo libre, o simplemente de juego. Y se dice, además, que ya es suficiente con las horas que los niños o los adolescentes pasan en el centro, para que luego tengan que dedicar más horas a lo mismo en casa.

A mí me gustaría aportar un punto de vista diferente de esa tarea que llamamos “los deberes”. Es cierto que los estudiantes tienen un tiempo de aprendizaje común en el colegio o el instituto. Pero es eso: común, compartido, y eso significa que se trata de un tiempo en el que cada estudiante recibe, formando parte de una clase más o menos numerosa, una cantidad grande de información, que en muchas ocasiones se superpone a otra ya recibida de varias asignaturas, dado que las horas de clase se van sucediendo; y la mayor parte de las veces lo único que se puede hacer es reunir los conocimientos que se reciben y tratar de no perderlos para poder llevar un aprendizaje coherente.

Y en ese “no perder los conocimientos”, en integrarlos en una unidad significativa, es donde radica la necesidad de ese tiempo de reflexión personal, solitaria y comprensiva que llamamos “los deberes”.

Es cierto que, si entendemos los deberes como realizar en casa unos ejercicios de diferentes materias, iguales a los hechos en clase, o hacer “trabajos” de copiar en enciclopedias, o de bajarse de Wikipedia, sin leer prácticamente lo que se pone, o de hacer dibujos copiados de las mismas fuentes, eso se convierte en un trabajo tedioso y, las más de las veces, estéril.

Pero los “deberes” son, deberían ser, de hecho, algo más: deberían ser un espacio deseado de silencio y tranquilidad para comprobar y asegurar lo escuchado en clase, para saber si se ha comprendido, o no, lo escuchado al profesor, a veces en medio del barullo y de la falta de orden, como a menudo sucede. Es ése, el tiempo de “los deberes”, un espacio personal de adquisición del conocimiento de forma segura, para comprobar que se ha entendido lo escuchado, o de formular las dudas para repreguntar al día siguiente; es el tiempo de adquirir la seguridad personal que produce el saber que se ha comprendido, o no, y que, en ese caso, se puede volver a escuchar para, al fin, comprender de verdad.

Y eso, que muchos dirán que corresponde a los estudiantes mayores, no se aprende de golpe, ni se improvisa cuando uno ya es lo bastante mayor. Eso se cultiva desde el comienzo: desde pequeños, los niños deberían acostumbrarse a tener para ellos este espacio de seguridad, comenzando por poco tiempo y ampliándolo paulatinamente. Y ése es el arte de los padres y de los docentes: crear en los estudiantes esa necesidad de poner en valor por ellos mismos lo escuchado y convertirlo en conocimiento.

A veces escucho que los deberes son un estorbo para los niños, un tiempo perdido para el juego y la felicidad. Y me pregunto si la felicidad no forma parte de la seguridad que se adquiere al ver realizadas por el aprendizaje las propias capacidades, al percibir la potencia interior que surge de la conciencia del aprendizaje, sobre todo en tiempos en que la inseguridad es la tónica y la seguridad una carencia.

Cuando Gramsci pensaba en la educación de los jóvenes, tenía presente la necesidad de la formación intelectual y moral, y ponía en el centro de todo la función educativa del pensamiento. Y sostenía que, junto a la seriedad en el estudio, estaba la perseverancia en los “deberes escolares escritos”, porque éstos aseguraban la formación del pensamiento y la capacidad del intelecto. Y lo decía para que sirviera para todos, pero en especial para los hijos de los trabajadores, es decir, para aquéllos que no iban a tener en la vida más que lo que ellos mismos se pudieran procurar con su cultura y su conocimiento.

Claro que, para estar a favor de los deberes, éstos tienen que ser coherentes, medidos y adaptados a las circunstancias. Y eso es, sobre todo, tarea de los docentes: pedir lo necesario, lo justo, y no sobrecargar de tareas que, en el fondo, pueden ser “creativas”, pero estériles. Y es, también, tarea de los padres: no hay que “ayudar” a los niños a hacer los deberes, ni hacérselos para que “queden bien” al día siguiente. Hay que acompañarlos con una presencia activa, empática, pero exigente, para que, primero de niños y luego de adolescentes, los estudiantes piensen por su cuenta, empleen su cabeza y saquen sus consecuencias. Y esto es más difícil que dictarles las respuestas o ayudarlos a rellenar huecos de ejercicios. Pero lo más difícil suele ser, a la larga, lo más valioso.

Y piensen los reacios: hacer los deberes es aprender a aprender, de manera lenta, pero segura y eficaz. Y algo más. Niños felices no significa niños entregados al juego sin fin. Niños felices son niños que sienten crecer en su interior la seguridad que da tener un anclaje personal con el mundo a través de su intelecto, cosa que han entendido bien algunos colegios para privilegiados, que exigen este esfuerzo a sus alumnos de manera incondicional, porque así lo quieren las familias de los destinados al poder. No dejemos a los demás niños, los más, futuros trabajadores, inermes frente al  pensamiento formado para el ejercicio del poder, sin poseer el suyo propio.

Alrededor del debate sobre los deberes en casa

3 pensamientos en “Alrededor del debate sobre los deberes en casa

  1. rafapaez dice:

    Este asunto, que genera muchas discrepancias, que genera muchos y en ocasiones agrios debates requiere de más debate del que inicialmente le damos. Esa es mi opinión. Normalmente este es uno de esos asuntos que de manera más visceral nos lleva a discutir entre padres, profesores y alumnos. Pero es fundamental.
    Yo coincido con Mª José en la necesidad de la realización de los llamados deberes. Coincido en ella en que son necesarios para la evolución posterior de los alumnos.
    Yo añadiría a lo dicho por ella que son necesarios porque suponen también un aprendizaje, suponen la interiorización de unas rutinas que a la larga nos desarrollan intelectualmente como personas. Es decir, todos queremos que cuando nos atiende un médico, cuando un arquitecto diseña un edificio o un ingeniero un puente, etc. todos ellos tengan la más alta cualificación como profesionales. Pero nos olvidamos que para lograr eso, dichos profesionales requieren en su etapa universitaria una dedicación de muchas y muchas horas al estudio y la formación. Y aquí está la clave. Se trata de personas con capacidades para estudiar que además de eso, y aquí está lo fundamental, le dedican muchas horas diarias a estudiar como ya he dicho. Pero ese hábito hay que adquirirlo.
    Todos conocemos a personas muy inteligentes que no dedican ni un minuto al estudio. En los años iniciales, por su inteligencia, son capaces de seguir las clases, son capaces de sacar buenas notas con lo que escuchan en el aula; pero cuando van teniendo más edad, cuando las materias se complican y requieren de un estudio y una dedicación en casa comienzan a fallar. Y una vez que fallan si no aprenden a estudiar, si no adquieren el hábito del estudio irán perdiendo comba, irán quedándose atrás y eso poco a poco les llevará al fracaso y al abandono del estudio.
    Por eso, tan vital es asistir a clase como hacer deberes. Sobre todo para adquirir ese hábito (y por supuesto que también por lo que dice Mª José, para afianzar los conocimientos de una manera personal). Y ese hábito debe de fomentarse tanto por parte del profesorado, como por parte de las familias si verdaderamente quieren que sus hijos e hijas aprendan, si quieren que vayan adquiriendo los conocimientos que necesitarán para formarse como personas críticas.
    Todos sabemos que no hay ningún atleta de alta competición, ni aficionado a algún deporte que no le dedique horas y horas a entrenar para adquirir y fomentar ese deporte y las cualidades que requiere. Sin el entrenamiento todos somos conscientes que ningún atleta triunfa porque no puede desarrollar plenamente sus capacidades. Ese entrenamiento forma parte de su quehacer diario y lleva muchas horas. Con el estudio ocurre igual, necesita de horas y de saber hacerlo. Un atleta no sólo dedica horas al entrenamiento, además aprende a cómo entrenar para sacar un mayor rendimiento. Por eso no se trata sólo de dedicar horas a los deberes, sino a aprender a cómo hacerlo. Y aquí la labor del docente es clave, pero también de las familias que deben saber orientar y de las administraciones que deben de poner los recursos necesarios (fuera del aula) para aquellos alumnos cuyas familias no tengan los conocimientos, ni los recursos, ni el tiempo necesario para que sus hijos e hijas adquieran esos hábitos.

  2. rafapaez dice:

    Otro aspecto que creo que hay que tener en cuenta en este asunto y que en mi opinión es de vital importancia es uno que ya plantea también Mª José. Ella afirma que:
    “Claro que, para estar a favor de los deberes, éstos tienen que ser coherentes, medidos y adaptados a las circunstancias. Y eso es, sobre todo, tarea de los docentes: pedir lo necesario, lo justo, y no sobrecargar de tareas que, en el fondo, pueden ser “creativas”, pero estériles.”
    En este aspecto radica una de las cuestiones fundamentales y que tiene mucho que ver con la función docente. Por desgracia en algunos casos sabemos que existen compañeros, profesores, con una adecuada formación en determinadas materias (física, matemáticas, lengua, historia, etc.) pero que carecen del los recursos y la formación adecuada para afrontar con garantías los procesos de enseñanza-aprendizaje. Todos nos hemos quejado que el sistema de acceso a la función docente (oposiciones) no permite comprobar la adecuada formación de los docentes. A un historiador se le enseña a conocer la historia y a saber investigar e indagar sobre ella, pero no para enseñar la historia. Igual sucede con el resto de disciplinas, matemáticas, lengua, etc.
    Eso se intenta paliar con el antiguo CAP y hoy con un Master que en el 90% de su curriculum versa sobre lo mismo que se ha dado en la respectiva carrera (matemáticas, historia, física, etc.). Esto supone que los futuros profesores no reciben la formación adecuada que se les debería de exigir, aunque eso sí, tienen su título, su master.
    El problema se plantea cuando esos docentes acuden a su centro de trabajo y se enfrentan a la tarea diaria de enseñar. No tienen herramientas para enseñar, casi ninguno sabe coordinarse con compañeros de su departamento y mucho menos de otros,… Y esto, que por supuesto afecta a otros aspectos, también lo hace en relación al debate de los deberes.
    Muchos profesores confunden una buena docencia con mandar muchos deberes casi a diario, sin reflexionar en lo que suponen y su necesaria importancia.
    Los deberes exigirían un trabajo más coordinado del profesorado porque no tiene sentido que un día tengan 50 ejercicios y otro ninguno. No tiene ningún sentido que como dice Mª José los deberes sean hacer ejercicios del libro que a veces consisten tan solo en copiar fragmentos del texto o pintar de colores una ficha, etc. Los deberes deben de ir encaminados a lograr dos objetivos: afianzar los conocimientos, interiorizarlos como dice Mª José y sobre todo adquirir el hábito del estudio y la reflexión acerca de lo que se va aprendiendo día a día en las clases.
    Con esto sucede algo similar a lo que ocurre con los exámenes, y aquí retomo una conversación que tuvimos al respecto en el partido en el que Luis hablaba de los exámenes y ponía un modelo (muy interesante) que mezclaba distintas técnicas evaluadoras en un mismo examen (tipo test, desarrollo, relación, etc.). Es decir, que cuando uno pregunta en un examen, este debe de adecuarse a lo que se va a exigir. Un buen examen, igual que unos buenos deberes, deben de servir para asentar conocimiento y comprobar lo aprendido de verdad.
    Por lo tanto, hay que mandar deberes pero estos deben de tener un sentido en si mismos como hemos dicho.

  3. rafapaez dice:

    Otra cuestión que no debemos olvidar y sobre la que hay que hablar es de cómo actuaría el legislador para regular esta materia.
    A modo de reflexión creo que una sería a través de los servicios de inspección para garantizar que se cumplen los objetivos de mandar deberes pero que estos tengan sentido y no sean abusivos. Y por otro, establecer los mecanismos para que en el caso de aquellas familias que no puedan apoyar a sus hijos en este ámbito (por formación, por tiempo) puedan disponer de los recursos necesarios y bien cualificados (apoyo por las tardes, etc.)
    Sobre esto ya reflexionaré algo más.

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