Reválidas.
Algunas anotaciones a una columna de Agustín Moreno
Luis Fernández García

[El artículo comentado se publicó en el número de 30 de mayo de 2013 de la revista Escuela, y puede leerse íntegro en http://mareaverdemadrid.blogspot.com.es/2013/05/revalidas-y-sus-puntos-negros-agustin.html. No estoy acostumbrado a discrepar de Agustín Moreno, pero creo que en este caso no ha hecho mucho más que repetir algunas ideas muy extendidas pero que no lo merecen.]

Algunos comunistas creemos que el modelo de educación que representa la LOGSE (y sus antecedentes y secuelas) es un ejemplo de aplicación práctica de la supervivencia del más fuerte y del darwinismo social; y que las pruebas objetivas, seguramente no las de Wert, son como mínimo útiles, y seguramente imprescindibles, en un sistema que persiga un papel emancipador e igualador para la escuela.

De este punto de vista arrancan mis anotaciones.

Primero, no  se debe deducir el valor de una propuesta de la personalidad de su defensor. Sabemos para qué quiere Wert las pruebas externas, pero no es para lo único que sirven, ni dejan por ello de ser necesarias.

En el mismo sentido, he oído ya varias veces señalar lo notable de que incluso un gobierno de Franco se percatara de lo malas que son las reválidas. No puedo sospechar de Wert sin sospechar de Villar Palasí. Algunos vemos la LGE, que eliminó las reválidas, como una trampa para evitar que lo que venía siendo educación para una élite se extendiera a segmentos amplios de la población, como veían que estaba ocurriendo. De los dos itinerarios que existían, generalizaron el malo y barato, ¡y sálvese quien pueda!

Una pregunta: ¿Cómo se justifica la afirmación de que sólo un 3% llegaba a la universidad por culpa de las reválidas? ¿Qué porcentaje de españoles de esa generación abordaban el ingreso en el bachillerato? ¿Cuántos de esos fracasaban? Mi hipótesis, porque no voy a afirmar como cierto lo que sólo es una suposición, aunque basada en múltiples experiencias personales, es que la mayoría de los que tenían los medios materiales para recibir la preparación, superaban las sucesivas pruebas oficiales, y que el fracaso se concentraba en los que las abordaban por libre, sin recursos (los demás no tenían ni la oportunidad de fracasar).

Segundo, es verdad que la evaluación debe cumplir por encima de todo una función formativa, pero encuentro defectuosa la conclusión implícita  de que no tiene ninguna otra función que cumplir, por ejemplo saber quién está preparado para emprender otros estudios, o para ejercer una profesión reglada (función sumativa) Me parece igualmente incorrecto dejar implícito que una prueba externa no es útil, o incluso que no es necesaria, para una función formativa. La cumple cuando sirve para decidir con mayor fundamento la promoción, y sobre todo, me parece imprescindible para la evaluación (formativa) del sistema, es decir, para la evaluación de la organización escolar y de la política educativa; y éste es precisamente el sentido con que Scriven introdujo la expresión en 1967 (1).

Tercero, yo no tengo por qué confiar, por ejemplo, en los titulares de los centros privados, y si nos ponemos, tampoco en los profesores sometidos a su dictadura, ni en ningún otro agente. ¿Qué es eso de tener confianza en los profesores? Como argumento sólo me vale para llamar gente a la protesta, pero ¿me lo puedo creer? ¿Vamos a pedir que los aspirantes a plaza de profesor sean evaluados por su último jefe de departamento, profesor, aboliendo los tribunales y los sorteos? Recuerdo la frustración que me contaba una buena alumna (formal, trabajadora, nada incapaz) en FP nocturno, cuando fracasó en BUP a pesar de tener las notas más altas de su colegio (de San Blas) en EGB, y la mejor disposición personal. ¿Compensa una nota alta los problemas derivados de una formación insuficiente? ¿Eran prevaricadores y corruptos sus profesores, o puntuaban simplemente por comparación a la media en aquel desdichado ambiente? La educación debe ser una herramienta de igualdad, y para eso debe medir lo que logra (y calcular lo que necesita) y no engañar a nadie.

Cuarto, es verdad que se termina estudiando lo que se evalúa. Por eso no hay medio más eficaz de programar, a cualquier escala, que diseñar las pruebas y medios de evaluación ajustándolos a los objetivos perseguidos. No se enseñará capacidad de análisis porque se repita cien veces como consigna, sino si entre lo que se evalúa destaca la capacidad de análisis. Por otro lado, si nuestros alumnos aprendieran colecciones de respuestas a colecciones de preguntas, la mayoría ya saldría ganando.

Quinto, es cierto que las pruebas externas añaden un coste, aunque no tiene por que ser muy alto si redistribuimos la carga (el calendario) entre los docentes, en vez de pagar pluses (o empresas privadas, como se hará sin duda si se aprueba la LOMCE). Lo que no se justifica es que deba producir costes económicos para las familias; es el estado el que tiene la obligación de pagar esos costes, porque ya sabemos que los estudiantes peores cuestan más, igual que los enfermos crónicos o los ancianos cuestan más al sistema sanitario. Evidentemente esto dicho desde quien no quiere las pruebas para excluir, como sin duda es el caso del gobierno, sino para identificar los problemas y corregirlos. [Estos días se atacaba en las noticias de La Sexta un proyecto catalán por contener lo que, según se describía, era lo mismo que nos ha llevado a protestar a los profesores madrileños por su supresión: la compensatoria. Quizá los catalanes quieran en realidad hacer otra cosa, pero lo que se criticaba como inmoral y retrógrado es lo que otros días reclamamos en las calles. Estamos gilipollas.]

En una sociedad desigual, y la nuestra es ya oficialmente la segunda mas desigual de Europa, la anarquía sirve a quien de antemano ocupa la posición más fuerte. La igualdad que exigen la justicia y el buen gobierno no se alcanza dejando que las cosas sigan su curso. La igualdad no es el punto de partida  —no en esta sociedad— la igualdad es el objetivo.

1. Scriven, M (1967) The methodology of evaluation, en Stake, R.E. Curriculum evaluation, Rand McNally, Chicago.

Reválidas. Algunas anotaciones a una columna de Agustín Moreno

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