SOCIALISMO Y CULTURA

ANTONIO GRAMSCI

Il Grido del Popolo, 601, 29 enero 1916

Hemos encontrado hace poco un artículo en el que Enrico Leone, de esa forma complicada y nebulosa que lo caracteriza demasiado a menudo, repetía algunos lugares comunes sobre la cultura y el intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, mediante los cuales la clase está preparándose con sus propias manos el porvenir. No creemos inútil volver sobre el tema […].

Recordemos dos pasajes: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió entre 1772 y 1801), dice: “El supremo problema de la cultura es el de adueñarse del propio yo trascendental, el de ser al mismo tiempo el yo del propio yo. Por eso sorprende poco la falta de sentido y de inteligencia completa de los demás. Sin una perfecta comprensión de nosotros mismos, no se podrá verdaderamente conocer a los demás”.

El otro, que resumimos, es de G. B. Vico. Vico […] da una interpretación política del famoso dicho de Solón, que después Sócrates hizo suyo en cuanto a la filosofía: “Conócete a ti mismo”, sosteniendo que Solón quiso con aquel dicho exhortar a los plebeyos (que se creían de origen bestial y pensaban que los nobles eran de origen divino) a que reflexionaran sobre sí mismos para reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, a que trataran de ser igualados con ellos en el derecho civil. Y fija después, en esta conciencia de igualdad humana entre plebeyos y nobles, la base y la razón histórica del surgimiento de las repúblicas democráticas de la antigüedad.

No hemos puesto juntos sin pensar estos dos fragmentos En ellos nos parece que están delineados […] los límites y los principios sobre los que debe fundarse una justa comprensión del concepto de cultura, también en relación con el socialismo.

Hay que deshabituarse y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico, en el que el ser humano no es visto más que bajo la forma de recipiente que hay que llenar de datos empíricos, de hechos en bruto y desconectados que él después deberá encasillar en su cerebro como en las columnas de un diccionario, para poder responder después, en cada ocasión, a los diversos estímulos del mundo externo. Esta forma de cultura es verdaderamente dañina, en especial para el proletariado. Sirve sólo para crear marginados, gente que cree ser superior al resto de la humanidad porque ha acumulado en la memoria una cierta cantidad de datos y de fechas, que suelta en cada ocasión para hacer de ello casi una barrera entre sí mismos y los demás. Sirve para crear aquel cierto intelectualismo incoloro y sin sustancia, tan bien fustigado a sangre por Romain Rolland, que ha parido toda una caterva de presuntuosos y delirantes, más deletéreos para la vida social de cuanto lo puedan ser los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El estudiantillo que sabe algo de latín y de historia, el abogadillo que ha logrado arrancar una birria de título a la desidia y al dejar pasar de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado que realiza en la vida una tarea bien precisa e indispensable, y que, en su actividad, vale cien veces más de cuanto valgan los otros en la suya. Pero ésta no es cultura, es pedantería; no es inteligencia […], y contra ella se reacciona con mucha razón.

La cultura es algo muy distinto. Es organización, disciplina del propio yo interior, es toma de posición de la propia personalidad, es conquista de una conciencia superior, por la cual se alcanza a comprender el propio valor histórico, la propia función en la vida, los propios derechos y los propios deberes. Pero todo esto no puede suceder por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la propia voluntad, como sucede en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo selecciona y especifica los propios órganos inconscientemente, por ley fatal de las cosas. El ser humano es sobre todo espíritu, es decir, creación histórica, y no naturaleza. No se explicaría, si no, por qué, habiendo existido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y consumidores egoístas de ella, no se haya realizado aún el socialismo. Sucede que sólo de grado en grado, de estrato en estrato, la humanidad ha adquirido conciencia de su propio valor y ha conquistado para sí el derecho de vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se habían afirmado historicamente antes. Y esta conciencia se ha formado, no bajo el acicate brutal de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente, primero de algunos sólo y después de toda una clase, sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, en vez de en ocasión para el vasallaje, en señal de rebelión y de reconstrucción social. Esto quiere decir que toda revolución ha sido precedida de un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de difusión de ideas a través de agregados de seres humanos, primero refractarios y preocupados sólo en resolver día a día, hora a hora, el propio problema económico y político por sí mismos, sin lazos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el más cercano a nosotros y por eso menos distinto del nuestro, es el de la Revolución Francesa. El período cultural anterior, llamado de la Ilustración, tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue, en modo alguno, o al menos no lo fue completamente, aquel mariposeo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con igual imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo después de haber leído la Gran Enciclopedia de D’Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedantesco y árido, semejante al que vemos delante de nuestros ojos, y que encuentra su mayor desempeño en la Universidades populares de ínfimo orden. Fue él mismo una magnífica revolución, por la cual, como nota agudamente De Sanctis en la Historia de la literatura italiana, se formó en toda Europa una suerte de conciencia unitaria, una internacional espiritual burguesa sensible en todas partes a los dolores y desgracias comunes, y que fue la mejor preparación para la revuelta sangrienta que tuvo lugar después en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada nuevo pamphlet era como la chispa que pasaba por los hilos ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y encontraba los mismos partidarios y los mismos opositores, por todas partes y al mismo tiempo. Las bayonetas de los ejércitos napoleónicos encontraban el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, que habían salido a montones de París desde la primera mitad del siglo XVIII, y que habían preparado a seres humanos y a instituciones para la renovación necesaria. Más tarde, cuando los hechos de Francia hubieron unido ya las conciencias, bastaba un movimiento popular en París para suscitar otros semjantes en Milán, en Viena y en los más pequeños centros. Todo esto parece natural, espontáneo, a los facilones, y, en cambio, sería incomprensible si no se conocieran los factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo preparados para las explosiones por una causa que se creía común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. Es a través de la crítica de la civilización capitalista como se ha formado o se está formando la conciencia unitaria del proletariado, y crítica quiere decir cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir, precisamente, aquella conciencia del yo que Novalis proponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se diferencia y, habiéndose creado una meta, juzga los hechos y los sucesos, además de en sí y por sí, también como valores de empuje o de rechazo. Conocerse a sí mismo quiere decir ser uno mismo, quiere decir ser dueño de uno mismo, distinguirse, salir fuera del caos, ser un elemento de orden, pero del propio orden y de la propia disciplina hacia un ideal. Y no se puede obtener esto si no se conoce también a los demás, su historia, la sucesión de los esfuerzos que han realizado para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que nosotros queremos sustituir por la nuestra. Quiere decir tener nociones de qué es la naturaleza y sus leyes, para conocer las leyes que gobiernan el espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista el objetivo último, que consiste en conocerse mejor a sí mismo a través de los otros y a los otros a través de uno mismo.

Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que el ser humano ha hecho para liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se entiende por qué el proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no deba saber cómo, por qué y por quién ha sido precedido, y qué utilidad puede sacar de este conocimiento.

Recogido en: Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 22-26; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 80-83; y Cronache torinesi 1913-1917, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 99-103. [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Socialismo y cultura

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Un pensamiento en “Antonio Gramsci, Socialismo y cultura

  1. […] Gramsci, A. (1916). “Socialismo y cultura”. IlGrido del Popolo, 601, 29 de enero de 1916. Disponible en https://colectivogramsci.wordpress.com/2013/09/03/587/ […]

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