LA INDIFERENCIA

 

ANTONIO GRAMSCI

 

Avanti!, XX, 237, 26 agosto 1916

Es en verdad el muelle más fuerte de la historia. Pero al revés. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto de valor general puede producir, no se debe tanto a la iniciativa de los pocos que actúan, como a la indiferencia, al absentismo de la mayoría. Lo que sucede, no sucede tanto porque algunos quieran que suceda, como porque la mayoría de los ciudadanos abdica de su voluntad, y deja hacer, y deja que se formen los nudos que después sólo la espada puede cortar, y deja subir al poder a los hombres que después sólo un amotinamiento puede hacer caer. La fatalidad que parece dominar la historia es precisamente la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra porque manos no vigiladas por ningún control tejen la tela de la vida colectiva, y la masa lo ignora. Los destinos de una época son manipulados según visiones restringidas, según los fines inmediatos de pequeños grupos activos, y la masa de los ciudadanos lo ignora. Pero los hechos que han madurado acaban saliendo a la luz, pero la tela tejida en la sombra acaba terminándose, y entonces parece que la fatalidad lo arrolla todo y a todos, que la historia no es más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que acaban siendo víctimas todos, quien ha querido y quien no ha querido, quien sabía y quien no sabía, quien había sido activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría sustraerse a las consecuencias, querría que quedase claro que él no ha querido, que él no es responsable. Algunos lloriquean piadosamente y otros maldicen obscenamente, pero ninguno, o pocos, se preguntan: si hubiese también yo hecho mi deber de hombre, si hubiese intentado hacer valer mi voz, mi parecer, mi voluntad, ¿habría sucedido lo que ha sucedido? Pero ninguno, o pocos, se echan la culpa por su indiferencia, por su escepticismo, por no haber dado su apoyo moral y material a aquellos grupos políticos y económicos que combatían, precisamente, para evitar ese mismo mal; que se proponían conseguir ese mismo bien. Ellos, en cambio, prefieren hablar de fracaso de las ideas, de programas definitivamente hundidos y de otras bromas semejantes. Continúan con su indiferencia, con su escepticismo. Mañana continuarán con su vida de rechazo de cualquier responsabilidad directa o indirecta. Y no hay que pensar que no vean claras las cosas, que no sean capaces de presentarnos bellísimas soluciones a los problemas más urgentes […]. Pero estas soluciones siguen siendo bellísimamente infecundas, pero esta contribución a la vida colectiva no está animada de ninguna luz moral; es consecuencia de una curiosidad intelectual, no de un punzante sentido de la responsabilidad histórica que quiere que todos sean activos en la vida, en la acción, que no admite agnosticismos ni indiferencias de ningún tipo. Tenemos, por eso, que educar una sensibilidad nueva, tenemos que acabar con los lloriqueos vanos de los eternos inocentes. Hay que pedir cuentas a cada cual de cómo ha desarrollado la tarea que la vida le ha planteado y le plantea cotidianamente, de lo que ha hecho y, especialmente, de lo que no ha hecho. Es necesario que la cadena social no pese sólo sobre unos pocos, que no parezca que todo lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino que sea considerado obra inteligente de los seres humanos. Y por eso es necesario que desaparezcan los indiferentes, los escépticos, los que gozan del poco bien que la actividad de unos pocos procura, y no quieren tomar sobre sí la responsabilidad del mucho mal que, por su ausencia de la lucha, dejan que se prepare y que suceda.

[El artículo “L’indifferenza” aparece recogido en Sotto la mole. 1916-1929, Turín, Einaudi, 1972, 228-229, y en Cronache torinesi 1913-117, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 509-510] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La indiferencia

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