LA DEFENSA DE SCHULTZ

[La defensa de la escuela clásica y del estudio histórico-filológico del latín]

ANTONIO GRAMSCI

 

 

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 329, 27 noviembre 1917

 

El profesor Arnaldo Monti, presidente de la Asociación estudiantil a favor de la guerra y de la idea nacional, nos ha enviado el primer número de un cuaderno de apuntes periódico que la Asociación ha empezado a publicar.

Nada que sea nuevo. En cuanto a lo viejo, la acostumbrada exhibición personal del profesor Arnaldo Monti, que publica, entre otras cosas, tres columnas de reseña crítica para demostrar qué perverso libro son los ejercicios latinos de Schultz .

Defendemos a Schultz. Hemos sudado también nosotros con el libro de Schultz, hemos reído y nos hemos enfadado también nosotros por ciertas afirmaciones del libro de Schultz que los deberes escolares nos obligaban a traducir. Pero ahora ya no somos escolarcitos, y la cólera o la risa no son ya criterios con los que juzgamos a personas y cosas. La defensa del libro de Schultz es, para nosotros, la defensa de la escuela italiana, de esa parte de la escuela italiana que hasta ahora se ha demostrado la mejor –la escuela clásica- a pesar de la confusión que los ministros democráticos e italianísimos han introducido en ella.

El profesor Arnaldo Monti pertenece a esa abundante cuadrilla de italianos que, al discutir sobre un problema, no reflexionan sobre lo que en el problema es esencial, sino que van espulgando los pormenores más llamativos y éstos son los que presentan como esenciales. Ellos son como aquel ciudadano que, habiendo ido al campo a prestar ayuda patriótica a los campesinos en el trabajo de trilla, metió en el saco la cascarilla y dejó el grano en la era. Era un poeta, el buen ciudadano, y la cascarilla lo había fascinado por su divina ligereza, por aquel suave danzar en la era bajo los iridiscentes rayos del solazo, y también porque sus espaldas preferían un saco de cascarilla a un saco de grano. El profesor Arnaldo Monti es un ensacador de encantadora cascarilla. Él pertenece (véase su prefacio al poemita L’ostessa editado por Paravia) a esos “tres o cuatro (o cuatrocientos o cuatro mil) granujas” de los que habla Gerolamo Vitelli en el Marzocco último, los cuales han partido de la guerra y del antialemanismo más o menos hipócritamente en boga para poner en circulación muchos despropósitos sobre la escuela y sobre la enseñanza.

Quieren volver a llevar la escuela clásica a las tradiciones itálicas. Quieren desnaturalizar la escuela clásica, que tiene un cometido bien preciso, y reducirla a ser una escuela retórica y de artistiquería inútil. Parten de la creencia vulgar de que en la escuela clásica se debe aprender a leer y a escribir en latín y en griego, que la escuela clásica debería dar a luz cada año una cierta cantidad de elegantes humanistas, que sepan, en cualquier ocasión, pronunciar un brindis o componer un poemita en latín o en griego.

Nada más quivocado. La escuela clásica, en comparación con la técnica y la profesional, es todavía buena porque no se propone un fin tan neciamente concreto. Su fin es concreto, pero de una concreción ideal, y no mecánica. Esa escuela debe preparar jóvenes que tengan un cerebro completo, preparado para captar todos los aspectos de la realidad, habituado a la crítica, al análisis y a la síntesis; habituado a elevarse desde los hechos a las ideas generales, y con estas ideas generales a juzgar cualquier otro hecho. La escuela clásica es la escuela ideal, en su estructura y en sus programas; se ha pervertido por la deficiencia de las personas y por la incapacidad de la clase dirigente, pero no son los “granujas” los que pueden enderezarla. Ellos, en cambio, tratan de arruinarla del todo, porque las innovaciones que van predicando, si se aceptan, impedirán toda posibilidad de proseguir y revigorizar la tradición.

La escuela clásica alcanza la finalidad ideal arriba expresada a través del estudio de las lenguas latina y griega. El estudio de estas lenguas, llevado a cabo filológicamente, y no según los métodos de la escuela Berlitz. Las lenguas muertas ofrecen este instrumento paradójico de estudio: son muertos todavía vivientes. Se pueden anatomizar en vivo; se pueden descomponer en todos sus componentes históricos, sin que la descomposición produzca un tufo de cadáver. Habiéndose cerrado el ciclo de su existencia, el latín ofrece el ejemplo de todo el trabajo histórico a través del cual un fenómeno se organiza lentamente en una unidad, para descomponerse y recomponerse armónicamente en cada época, en cada individuo de una época. El estudio filológico del latín habitúa al escolar, futuro ciudadano, a no descuidar nada de la realidad que examina, robustece su carácter, lo habitúa al pensamiento concreto, histórico, de la historia que fluye armónicamente, a pesar de los saltos y de las sacudidas; porque hay siempre quien continúa la tradición, quien continúa el pasado, y quien lo continúa, a menudo, no es quien parece que lo hace, sino aquel que pasa desapercibido, el ignorado, que no hay que descuidar ni ignorar. El estudio filológico de la lengua puede enseñar, por ejemplo, que el proletariado de Cerdeña y de la Basilicata está más cerca del mundo romano de lo que pueda estarlo Paolo Boselli, la cigarra de la tradición itálica

Es su adhesión paciente y tenaz a la “historia”, lo que caracteriza a la escuela clásica. Es el método histórico llevado al estudio de las lenguas muertas, y que debería llevarse al estudio de cualquier ciencia, porque ensancha los cerebros, y forma mentalidades concretas, y no mentalidades abstractas, dogmáticas y charlatanas.

El profesor Arnaldo Monti espulga las afirmaciones ridículas y absurdas de Schultz y encuentra al granadero de Pomerania, von Berhardi y Bülow.

El hecho es que esas afirmaciones sirven para interpretar una serie de formas de expresión latinas, y eso era lo que Schultz se proponía. Con la gramática y con los ejercicios latinos del libro de Schultz se trabaja en torno a la lengua latina, se captan todos sus aspectos, todos sus matices: constituyen un análisis exacto que sólo puede conducir a una síntesis exacta. Con las gramáticas y con los ejercicios chapuceados a continuación (y el italianísmo Giuseppe Lipparini se ha hecho una fortuna con esas chapuzas) no se trabaja, se aprueban los exámenes con el seis de media.

Los ensacadores de encantadoras cascarillas no se preocupan de buscar la verdad y los motivos esenciales de los problemas que tratan de indagar. El profesor Arnaldo Monti no se da cuenta, por ejemplo, de que su mentalidad es la misma mentalidad mecánica de los alemanes actuales, mientras que la escuela clásica –aunque sea con errores, ridiculeces y vacuidades-, tal como se encuentra in nuce en los libros de Schultz, sigue el ideal humano de Goethe y de Winckelmann, que eran alemanes como podían ser italianos o franceses o ingleses.

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 133-135; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 91-93; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 458-461] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La defensa de Schultz

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