El crédito: la responsabilidad de profesores y alumnos en la enseñanza y el aprendizaje

María José Navarro Mateo

      Durante una o dos horas cada día soy adicta oyente de Radio Vaugham, en la que trato de no olvidar el inglés que aprendí, a la vez que afilo mis neuronas por lo que puedan perder con el tiempo. Y, en esas horas, se alternan clases y charlas que se imparten con el desenfadado espíritu americano en el que se subraya siempre la necesidad de que se ponga esfuerzo personal en cada empresa que se quiera acometer. Y, de la misma manera, se insiste en los espacios de publicidad para que el aspirante a aprender inglés sepa que debe rentabilizar su inversión con una aportación significativa de esfuerzo y estudio personal.

Sé, además, que tienen a gala ofrecer resultados tangibles, y que ése es uno de sus activos más importantes. Es su crédito. Hasta tal punto que cuando un alumno no pone su parte del esfuerzo se lo hacen notar y le advierten de que no va a alcanzar su objetivo. Son realistas y, a la vez, exigentes al pedir la parte del estudiante, porque no se pueden permitir medianías consentidas que les harían perder su crédito, que es el activo más importante que poseen y su condición de empresa de futuro. Y saben que sin estudio y esfuerzo no se aprende.

Y a mí, que escucho sus mensajes a diario, me hacen reflexionar sobre esta condición de supervivencia tan pegada, por una parte, al mercado actual y, por otra, a las exigencias del proceso de enseñanza y de aprendizaje. Porque si algo es necesario en la enseñanza es el crédito, la necesaria confianza en los resultados, que debe dar el sistema a los usuarios que deben saber siempre que lo que se ofrece es bueno y eficiente. Pero todo esto que está muy bien en el nivel de la teoría debe ser bajado a la realidad diaria, que plantea enseguida una cuestión: hay que saber cómo y quién se ha de ganar ese crédito y con qué medios.

Es cierto que es el sistema educativo el que tiene que organizar programas, ha de dar los medios para ello y, lo más importante, ha de proveer el personal que ha de traducir a la vida diaria todo eso: los profesores. Y éstos son los que en primera persona responden ante la sociedad, los que toman diariamente las decisiones, realizan el esfuerzo de adaptación y de la tarea de transmisión de todo un bagaje cultural hecho de conocimientos y de adiestramiento en destrezas que fomenten el aprendizaje en sus niveles más amplios.

Pero hay que ganarse el crédito, asegurándose de que el estudiante aprende lo necesario en cada etapa, en cada curso, y eso no es fácil, porque hacen falta la contribución de las dos partes, es decir, el profesor y el estudiante, y a cada uno se le ha de exigir su tarea en términos de trabajo y de esfuerzo personal. El alumno debe estudiar y aprender de manera efectiva para poder superar cada etapa sin que quepan atajos, y el profesor tiene que esforzarse por que cada habitante de su clase llegue a conseguir el éxito. No se puede dar crédito a una relación de enseñanza y aprendizaje que no muestre efectivamente un resultado aceptable y efectivo, y lo peor que puede suceder es que, al final, y sin remedio, se haya pasado todo un curso sin que un alumno haya aprendido casi nada y que con esa carencia pase al siguiente, donde perderá el tiempo y los recursos invertidos por el sistema. Y se tendrá que afrontar, además, la pérdida de crédito, que es, en la realidad tangible, lo que sucede cuando la sociedad (los padres, los “expertos”, los medios) dicen que no hay nivel, que los centros no enseñan. O que, como excusa final pero no mínima, oigamos a veces aquello tan bonito de que lo importante, al fin, es que los niños sean felices y vivan la vida. Pero entonces, creo, no aprenderán LO que es la vida, ésa real que se traduce, fuera de las clases, en trabajo duro, en inseguridad y, muchas veces, en sufrimiento.

No es fácil afrontar este asunto cuando todo está fallando alrededor, empezando por el sistema que recorta y suprime con despiadada frialdad y exige hipócritamente de palabra lo que en la práctica no está dispuesto a proveer o incluso impide; pero, como ciudadanos empeñados en la enseñanza, tendríamos que poder al menos apurar las posibilidades reales que a pie de aula se dan y que muchas veces no requieren más que empeño personal de todos. Dar calidad en las clases sólo depende de nuestra capacidad para estudiar y renovarnos continuamente (y no sólo en nuevas tecnologías), y lograr respuesta en los estudiantes es labor de equipo y de centro, y también de exigencia en el aula. Y tener crédito significa no ceder ni regalar lo que no se debe regalar, porque a la larga se perjudica a los jóvenes que creerán que han aprobado sus estudios por saber y no por otras razones que pueden ir desde una falsa compasión a la creencia de que ya saldrán adelante en la vida de otra manera, teniendo en cuenta el futuro que los espera, etcétera, etcétera.

¿Y qué pasaría si hubiera pruebas externas? Ya sé que hay un gran revuelo acerca de esto, pero podría pensarse que, bien organizadas y teniendo claro cuál es el objetivo (siempre el beneficio del estudiante), se podrían pensar como un control de calidad. Claro que sería necesario informar bien a los medios de comunicación para que no pusieran de los nervios a toda la sociedad y dejaran que la educación buscara sus propios medios. Realizadas con eficiencia y amplitud, serían un excelente control de calidad y subirían el nivel de nuestro sistema educativo, igualando a todos, estudiantes y centros, y garantizando la calidad. Es el crédito, el valor del respeto que debemos a los jóvenes y a su capacidad, y el respeto que nos debemos como profesores, y que hemos de exigir que nos tenga la sociedad. Que ya va siendo hora de dejar de ser el pim pam pum de la sociedad.

El crédito: la responsabilidad de profesores y alumnos en la enseñanza y el aprendizaje

2 pensamientos en “El crédito: la responsabilidad de profesores y alumnos en la enseñanza y el aprendizaje

  1. Loa principal es aprender a aprender

    • salusmartin dice:

      Sólo se aprende a aprender aprendiendo. La memoria, el entendimiento y la voluntad son potencias del cerebro que si no se ponen en acto no se desarrollan y permanecen anquilosadas. Sólo si se actúa para aprender (conocimientos, relaciones, …) se desarrolla la capacidad de aprender. Cuanto más se sabe más se quiere saber y más se desarrolla la capacidad para aprender. Porque se aprende a partir de lo que ya se sabe, con la ayuda de quienes saben más (libros, maestros, …).

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