Acerca de la necesidad del conocimiento profundo por parte de los trabajadores para el logro de su hegemonía

Salustiano Martín

(19 febrero 2005)

     Sólo cuando se piensa la necesidad del conocimiento por parte de los trabajadores, no desde el punto de vista del trabajo que realizan en el proceso de producción, sino desde el de las necesidades de la lucha política e ideológica (cultural, en sentido amplio), es decir, sólo cuando se piensa esa necesidad del conocimiento desde el punto de vista de las necesidades mismas de la lucha de los trabajadores por la consecución de su hegemonía en la sociedad y en el Estado, y para el gobierno por ellos mismos de esa sociedad y ese Estado, sólo entonces, se entiende perfectamente cuál es el interés de los trabajadores en el aprendizaje de todos los conocimientos, ni uno menos de los que tienen que conseguir sus dominadores y explotadores de la burguesía.

Durante una buena parte de la historia de las clases trabajadoras, sus propios teóricos han percibido esa necesidad de conocimientos como la necesidad que tiene la burguesía de los conocimientos de los trabajadores para realizar sus tareas en el proceso de la producción; así, han creído ver en la extensión de la educación la respuesta de la burguesía a esa necesidad. Pocas veces se ha pensado esa necesidad de conocimiento desde las expectativas de los propios trabajadores, y, sin embargo, es harto fundamental que así se haga: en su propio interés estratégico. Es decir, no porque cuanto más se valorice su trabajo (por medio de los conocimientos disponibles para su ejecución) más elevados serán los salarios que podrán exigir, sino porque no hay forma de dirigir la lucha por su emancipación si no controla los conocimientos que hacen posible su esclavitud, porque no hay forma de construir una sociedad nueva sin los conocimientos de la naturaleza y de la sociedad que la harían posible. Contra esa debilidad cultural (que es una debilidad que traspasa todos los niveles del conocimiento y la práctica social) se han estrellado todos los esfuerzos de los movimientos sociales y políticos de la clase trabajadora y de las revoluciones que, en su nombre pero a menudo no con sus solas fuerzas, se han llevado a cabo.

Sólo la identificación de las necesidades de conocimiento desde los intereses estratégicos de la clase trabajadora ha hecho posible visualizar la tarea que ésta tiene que acometer en el terreno de su educación. Gramsci fue el que más claramente supo identificar esas necesidades y esos intereses, y, aunque la izquierda ha olvidado sus palabras –si es que alguna vez las ha conocido de verdad-, es estrictamente obligado desarrollar la teoría y la práctica de las luchas de los trabajadores por su emancipación a partir de sus reflexiones. Dada la finalidad que la clase trabajadora debe atreverse a descubrir en su estudio y en el sistema educativo entero, así deberá ser teorizado todo el entramado del sistema educativo y de las instituciones educativas complementarias, y también el punto de vista riguroso desde el que los trabajadores, y sus hijas e hijos, deben afrontar el estudio y el aprovechamiento de ese sistema y de esas instituciones.

Toda la evolución de la lucha contra la hegemonía de la clase dominante habla del fracaso de los trabajadores en la defensa de sus intereses estratégicos: la derrota actual es amplia y profunda, y se debe a la ignorancia de lo que habría que haber hecho en el terreno de la educación y de la lucha ideológica (que es el terreno de la lucha cultural en su totalidad). Seguramente, la teoría y la práctica educativa de la izquierda, en este espacio de la lucha contrahegemónica, debe cambiar de orientación radicalmente. El misticismo de los valores, y toda la demás parafernalia piadosa que se gasta cierta pseudoizquierda claudicante, debe ser sustituida por la búsqueda esforzada, rigurosa y autodisciplinada del máximo conocimiento. Sin esa lucha por el conocimiento, la lucha por conseguir la hegemonía se producirá en el vacío de las buenas intenciones. No hay lucha ideológica rigurosa posible sin la capacidad de la clase trabajadora para lograr la reforma moral e intelectual de las clases subalternas, y no habrá nunca esa capacidad si los trabajadores no desarrollamos una reforma moral e intelectual de nuestra propia clase. Sólo el conocimiento puede conseguir eso; no la ignorancia en la que ahora está sumida en su gran mayoría.

Acerca de la necesidad del conocimiento profundo por parte de los trabajadores para el logro de su hegemonía

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[Debemos hacer que la Escuela Pública sirva para el aprendizaje de conocimientos y el desarrollo de las capacidades intelectuales de toda la población]
“Tesis sobre educación”
(Aprobada en el XIX Congreso del PCE. 15-17 noviembre 2013)

El PCE, como partido comunista, defiende un Sistema Educativo basado en una educación pública, libre, democrática, coeducadora, inclusiva, garante de la equidad en la escuela, gratuita en todos los niveles, universal, laica, científica y, sobre todo, de calidad. Este modelo educativo tiene que estar puesto al servicio de la formación integral de la ciudadanía. Para el PCE, la Educación es un Derecho que debe estar garantizado por el Estado. Consideramos la educación como una inversión social, no desde una óptica mercantilista, sino desde la perspectiva de la rentabilidad social. Por eso, consideramos que uno de los objetivos prioritarios de un Sistema Educativo comunista debe ser el de lograr desarrollar al máximo las capacidades de cada individuo, en beneficio propio y del conjunto de la sociedad; dotando a cada uno de los recursos y medios materiales y humanos que sean necesarios para alcanzar dicho fin. En definitiva, se trata de formar ciudadanos críticos, analíticos, curiosos, solidarios y comprometidos socialmente. La enseñanza no debe estar orientada hacia los intereses de los empresarios, como pretende el PP.
Por eso, desde el PCE rechazamos de manera rotunda la Ley Wert, porque no podemos olvidar, en primer lugar, que lo que plantea el PP es una reforma educativa que sigue los dictados del FMI, del BM, de la OCDE, de la OMC, del BCE, de la BANCA, de los Mercados, de la CEOE y de la IGLESIA CATÓLICA. Porque todo sistema educativo, lo queramos o no, responde a unos planteamientos ideológicos. Desde el PCE aspiramos a desarrollar un modelo educativo que atienda a las necesidades de la clase trabajadora, y a sus aspiraciones de superar este sistema eliminando las injustas diferencias culturales y sociales de clase que actualmente existen; respetando en esto los principios democráticos, de justicia social, de equidad y de respeto de los derechos humanos que la reforma del PP no respeta en absoluto.
Sin embargo, el actual sistema educativo no cumple tampoco los requisitos fundamentales de lo que debe ser un sistema educativo que ponga en su centro el logro de la autonomía intelectual y el logro del conocimiento para todos los ciudadanos; logros que la clase trabajadora necesita para luchar por su hegemonía. Porque los “fallos” de la democracia, los “desajustes” autoritarios de la democracia, la manipulación de las conciencias en la democracia, la deriva abúlica que niega la participación política pública en la democracia, y todo el resto de males destructivos que afectan a nuestra democracia, sólo se curan con más democracia, con una radicalización de la democracia. Esto, sin duda, es una evidencia, pero ¿quién podría exigir más democracia? ¿quién podría desarrollar una lucha capaz de poner en el orden del día la radicalización de la democracia? ¿Cómo cambiar las cosas? ¿Cómo luchar contra un sistema económico que se alimenta de la desigualdad, del agotamiento, de la ignorancia, de los vicios y los deseos insolidarios de la mayoría de la población? ¿Quién podría cambiar el sistema capitalista, en cuya lógica está la desposesión económica y la privación cultural de la mayoría, por otro sistema en cuya lógica estuviera el bienestar económico y la riqueza cultural de todos? La respuesta es, asimismo, obvia: las ciudadanas y ciudadanos que conforman, en su existencia práctica, toda democracia, y que padecen bajo la pesada losa de las estructuras socioeconómicas, político-jurídicas e ideológicas del sistema capitalista. No hay otro sujeto histórico posible para protagonizar un cambio de sistema: la emancipación de los trabajadores sometidos a la explotación económica y a la ignorancia cultural sólo podrá ser obra de ellos mismos.
Por eso la tarea esencial que los enseñantes deberían afrontar, que debería afrontar la dirección de cualquier centro de enseñanza, que el sistema educativo debería inscribir en todas sus estructuras, tendría que ser la producción de una masa crítica de ciudadanas y ciudadanos capaces de tomar en sus manos su destino como tales: con los conocimientos sociológicos y económicos necesarios para saber en qué sociedad viven y cómo sucede su expropiación, su explotación, su manipulación, y cómo sería necesario salvarse de esa miseria; con los conocimientos históricos y filosóficos necesarios para saber cómo se ha llegado hasta aquí y cómo se podría salir de esta situación para alcanzar una sociedad mejor, de justicia social y de equidad, radicalmente democrática.
Ésta tendría que ser la idea básica de toda teoría política de la educación que se quisiera al servicio de los intereses de la clase trabajadora. A partir de esa premisa fundamental podríamos tratar de construir una alternativa al sistema educativo actual en todas sus líneas de fuerza. No se trataría, pues, de hacer simplemente que los niños fueran felices en las escuelas, sino de que (ellos y nosotros) consiguiéramos que llegaran a ser mujeres y hombres intelectualmente libres, autónomos, cultural y políticamente emancipados de la tutela vigilante del poder político y económico, capaces de desarrollar una lucha consciente para cambiar las estructuras sociales y económicas que los someten a la explotación de su fuerza vital y de su trabajo.
Para conseguir esta finalidad, necesitamos construir otras estructuras educativas, otra forma de trabajar en los institutos, otro modo de afrontar la relación educativa en las aulas; necesitamos otro modo de pensar el currículo, las necesidades cognitivas de los alumnos, la interrelación de las diversas disciplinas (científico-naturales, geográfico-histórico-sociológico-económicas, lingüístico-literario-filosóficas, …). En fin, necesitamos diseñar una alternativa escolar que ponga la enseñanza y el aprendizaje de los conocimientos en el centro de la escena educativa. En la elaboración de esa alternativa está ya trabajando el PCE.
Para que todo esto sea posible es imprescindible que haya solamente una red Educativa Pública; eliminando, por tanto, la dualidad existente en estos momentos entre una Red Pública y otra Red Privada-Concertada. Sólo así se puede garantizar el modelo educativo propuesto desde el PCE para la sociedad española. Para esto se hace necesaria la elaboración de un plan que garantice la incorporación de la Red Privada-Concertada a la Red Pública, respetando los derechos de los trabajadores de la concertada y de la pública, y garantizando en todo momento la escolarización de todo el alumnado. Para el éxito de este proceso se hace necesario contar con el apoyo de los trabajadores y de las madres y padres que llevan a sus hijos e hijas a este tipo de centros, ofreciendo mejores condiciones educativas en la pública, revertiendo los procesos actuales de trasvase de fondos desde la red pública hacia la red privada-concertada. Por eso, hacer que la Escuela Pública sirva a las necesidades de aprendizaje de conocimientos y capacidades intelectuales de toda la población es una tarea fundamental. Es estrictamente necesario que no haya nadie que abandone (o haya abandonado) la Escuela Pública para ir a estudiar a la Privada-Concertada, porque esa escuela no haya puesto en el centro de su filosofía la necesidad de crear un fructífero ambiente de trabajo intelectual para todos los alumnos, un lugar en el que sea una tarea estimulante el aprendizaje de todos los conocimientos valiosos que los seres humanos hemos atesorado a lo largo de la historia (de la naturaleza, de la sociedad, de las humanidades, de las artes).
La situación actual es el resultado, precisamente, de lo contrario. Durante los últimos veinte años las leyes de educación burguesas (la LODE, la LOGSE, la LOE) han funcionado para producir, en toda su fortaleza destructiva, una doble red educativa: por un lado, la Enseñanza Pública; por otro, la Enseñanza Privada-Concertada. Para que la enseñanza privada engordara, y actuara, así, para despojar a los trabajadores de sus posibilidades intelectuales y de conocimiento, fue necesario que la pública fuera destruida en su labor de instrucción y educación de la mayoría de la población. Se trataba de conseguir que los hijos de la burguesía siguieran dirigiendo el país en el futuro. Se trataba de que los hijos de la clase trabajadora no pudieran hacer otra cosa que obedecer mansamente, puesto que enfangados en el consumismo compulsivo, sometidos a la ignorancia insolidaria y radicalmente expropiados de su fuerza intelectual; convertidos en una gran masa de trabajadores poco cualificados ganando un sueldo de miseria. De paso, han conseguido también que la Iglesia Católica aumente cada vez más su control sobre las conciencias, puesto que es ella la que masivamente controla la enseñanza concertada.
Por eso, se hace más necesario que nunca recuperar la acción contrahegemónica de la clase trabajadora, como proponía Gramsci, y, por eso, hay que pelear por un tipo de escuela que revierta el deterioro de la Enseñanza Pública y logre la desaparición paulatina de la Privada-Concertada. Esta es una cuestión trascendental en la que la victoria de la derecha supondría una derrota demoledora para los intereses estratégicos contrahegemónicos de la clase trabajadora.
De entrada, en el actual contexto de recortes y reformas neoliberales es necesario tener en cuenta una serie de cuestiones fundamentales:
1.- Hay que priorizar la inversión pública en educación, como requisito imprescindible para salir de la actual crisis del sistema capitalista con una mejor estructura social y con un modelo de desarrollo sostenible, respetuoso con el medio ambiente y basado en la Justicia Social. Para ello habría que establecer un impuesto inmediato y especial a las rentas del capital con el que sufragar las políticas educativas que deben de alcanzar una cota de gasto del 7% del PIB.
2.- Asegurar el papel hegemónico de la Escuela Pública en un sistema educativo que tienda a la reducción paulatina de los conciertos, dejando estos en una situación de subsidiariedad y transitoriedad, como paso previo hacia su total desaparición. Dotando a este sistema educativo público de los suficientes recursos materiales y humanos. Un sistema educativo eficiente y socialmente justo debe garantizar el número suficiente de plazas en los centros públicos para atender la demanda educativa de todo el alumnado. Sólo una verdadera y eficaz educación pública puede garantizar los principios constitucionales y de los derechos humanos, y hacer que la enseñanza sea igualitaria e igualadora, coeducadora, educando en la diversidad, cooperativa, solidaria, no segregadora, inclusiva, democrática y socializadora en la equidad. Por su parte, orientada a la acción egoísta del Mercado, la educación privada sólo responde al lucro y al interés particular de sus promotores.
3.- Mejorar y garantizar la oferta pública educativa, incluida la etapa de 0 a 3 años, desde una red de centros públicos dotados de todos los recursos necesarios. Para atender las necesidades del alumnado de manera adecuada y atendiendo a la individualización de los procesos de enseñanza-aprendizaje hay que reducir el número de horas lectivas del profesor a los niveles anteriores a los recortes para Secundaria. Al mismo tiempo, habría que reducir los horarios lectivos en Educación Infantil y Primaria hasta igualarlos con los de Secundaria. Además, en el caso de la Educación Infantil, se establecería una ratio de dos profesores por aula para atender adecuadamente las necesidades formativas de esta etapa, fundamental para sentar unas buenas bases educativas en el conjunto de los alumnos. Con esta rebaja en la carga lectiva del profesorado se permite que estos dispongan de más tiempo para la elaboración, seguimiento y evaluación de las programaciones didácticas; para la preparación de los materiales necesarios para garantizar procesos de enseñanza-aprendizaje individualizados que atiendan las necesidades formativas de cada alumnos, en aras de lograr que todas y todos alcancen los conocimientos y destrezas mínimos establecidos en el currículum; más tiempo también disponible para la coordinación con el resto del Equipo Docente; más tiempo para la atención a padres y tutorías (fomentando en el caso de la atención a padres la flexibilidad horaria del profesorado para esta tarea fundamental).
Y esto hay que complementarlo con una reducción paulatina y significativa de la ratio alumno-aula hasta situarla en los niveles necesarios para garantizar la calidad del sistema educativo, aumentando los recursos financieros y humanos de los centros, con el objetivo de permitir dar a cada alumno la atención individualizada que necesite. En principio, no más de 10 alumnos en la etapa de Infantil, no más de 15 alumnos en Primaria, no más de 20 en Secundaria y no más de 25 en Bachillerato. A esto hay que sumar los recursos suficientes y necesarios para atender a la diversidad, aumentando significativamente los recursos materiales y humanos para los alumnos con necesidades educativas especiales, atendidos por especialistas. Es en ellos en los que hay que hacer los mayores esfuerzos inversores, puesto que lo que indica PISA es que es en este grupo de alumnos en los que más se notan los esfuerzos económicos y de inversión.
Aumentar la dotación de las becas de estudio, generalizar la gratuidad de los libros de texto en las etapas educativas obligatorias, generalizar la gratuidad de los comedores escolares como entornos educativos fundamentales en el desarrollo socializador de las personas, etc.
En relación con esto se hace imprescindible dignificar la función del docente y acabar con los años de criminalización hacia esta profesión que han desarrollado, antes, el PSOE para eliminar la disidencia ante la LOGSE, y, ahora, el PP con el claro interés de desprestigiar a la Escuela Pública de modo que la privada-concertada siga creciendo y engordando sus beneficios económicos e ideológicos.
La Escuela cumple un papel fundamental, sobre todo en las etapas más tempranas. Hay que tener en cuenta que el desarrollo del niño y del adolescente, entre los cero y los 16 años es la etapa crucial. Lo que en estas etapas no se haga, luego será casi imposible de desarrollar, y existe un consenso científico en considerar que las etapas Infantil y Primaria sientan las bases del desarrollo del adolescente. Será en esta última etapa, en la que se conforma la capacidad de comprensión y de pensamiento abstracto, donde estará la clave para el desarrollo como adultos. Es en estas etapas en las que se forman los individuos del futuro y, sin embargo, son las más desatendidas por nuestro sistema educativo actual, con el claro objetivo de segregar desde el origen. Por el contrario, para permitir que todos y todas tengan las mismas oportunidades, la enseñanza debe ser igual para todos en cuanto a contenidos básicos. En cuanto a metodología, esta debe de ser diversa, adaptada a las diferentes formas de aprender de los alumnos para que todos alcancen los objetivos propuestos. Para lograr esto, hay que exigir de los docentes los conocimientos necesarios de las materias que imparten, así como los conocimientos pedagógicos que les permitan poder utilizar una amplia variedad de recursos metológicos que posibiliten alcanzar los logros marcados. Al mismo tiempo hay que admitir la posibilidad del desarrollo de diferentes vías formativas a partir de edades más avanzadas, dentro de la enseñanza reglada, garantizando la migración de una vía a otra con absoluta facilidad.
Así, la diversidad de los alumnos ha de ser afrontada con vistas a su superación por arriba, en el nivel de conocimientos y en la autonomía intelectual, sin que sea necesario que se produzca segregación temprana alguna por el rendimiento. Precisamente, porque uno de los objetivos del sistema educativo ha de ser el de corregir y compensar desde la escuela las diferencias existentes entre los distintos alumnos, ya sean por razones psíquico-físicas de ellos o por motivos socioeconómicos o familiares, que ocasionan que dichos alumnos y alumnas tengan unas grandes carencias culturales e intelectuales de partida, que les pueden impedir en el futuro alcanzar los objetivos educativos marcados para todo el alumnado, sufriendo la condena desde la infancia a padecer la subalterneidad y la manipulación.
Y en este sentido es vital que sólo exista un sistema que debe ser público, universal y gratuito, con una enseñanza obligatoria hasta los 16 años. En estas etapas se debe de dar a los hijos de los trabajadores una formación lo suficientemente amplia y flexible para que en el futuro puedan abordar cuantos conocimientos y saberes necesiten o deseen para completar su formación postobligatoria o para servir a los intereses intelectuales que les puedan sobrevenir a lo largo de su vida. Por eso es vital la existencia de una Escuela Reglada con profesionales cualificados que respondan a esta necesidad social. Estos profesionales, los profesores, serán la clave del éxito del sistema educativo, y su buena formación y preparación serán determinantes para el logro de esos objetivos.
4.- Garantizar la laicidad del sistema educativo, excluyendo la religión del currículo y de las escuelas, al contrario de lo que pretende la Ley Wert. El adoctrinamiento religioso debe salir de la escuela, como en casi todos los países más avanzados de Europa. Para ello debe derogarse como paso previo el Concordato entre el Estado Español y el Estado del Vaticano de 1979, que dice en su art. 1 que “la educación que se imparta en los centros docentes públicos será respetuosa con los valores y la ética cristana”; así como todas las leyes que le confieren al a Iglesia Católica un papel que no le tendría que corresponder en un estado democrático y laico.
En ese sentido, un aspecto a tener en cuenta en el sistema educativo es el de la coeducación, como la mejor herramienta para educar a nuestras alumnas y alumnos en el respeto entre géneros. Con la coeducación se puede luchar contra la violencia de género o contra la discriminación laboral y social de la mujer, apostando por trasmitir valores de igualdad en los derechos y en las oportunidades reales de ambos géneros, respetando al mismo tiempo las diferencias. En este sentido, la escuela tendría que hacer un esfuerzo para no trasmitir papeles sexistas.
5.- Establecer Campus Inter-universitarios integradores que engloben a todo el sistema universitario público y garantizando su calidad.
Hay que apostar por una Universidad totalmente gratuita y pública, en la que todos y todas puedan estudiar en ella si así lo desean, dotándola de los recursos suficientes, tanto humanos como materiales, para alcanzar dichos fines. En este aspecto hay que luchar contra las políticas del PP que pretenden crear una Universidad elitista y segregadora. Para el PCE, al considerar la Educación como un Derecho Universal de todo ser humano, la Universidad debe ser accesible para todos.
Para mejorar la calidad de la Universidad hay que establecer que cuente lo mismo la docencia que la investigación en la contratación del profesorado universitario. En este sentido, es necesario exigirles a los profesores de Universidad no solo la adecuada formación y suficiencia investigadora, sino también la adecuada capacitación docente para impartir clase.
También hay que apostar por una Universidad Pública, que no puede ni debe estar orientada al Servicio de los Mercados, como pretenden el PP y el PSOE al apoyar la Estrategia de Universidad 2015. Hay que defender una Universidad orientada hacia la prestación de un servicio cultural y social, y no como una especia de FP más avanzada, destinada sólo y exclusivamente a satisfacer los intereses de las empresas. Las Universidades Públicas deben ser centros de estudio y de investigación punteros, en los que su único objetivo debe ser atender las necesidades del conjunto de la sociedad en cuanto a una formación superior, y no el servir al interés y el lucro de las empresas privadas.
Salvaguardar la investigación como servicio público, rechazando la apropiación privativa de los recursos públicos. La investigación también debe de estar orientada, dentro de la Universidad Pública, como un servicio prestado al conjunto de la Sociedad, y no al interés y el lucro de las empresas.
6.- Impulsar la gestión democrática de todas las instituciones educativas. Para esto hay que potenciar el papel de los claustros de profesores como órganos de dirección pedagógica y curricular de los centros, así como el papel de los Consejos Escolares como órganos colegiados de decisión en los que está representada toda la comunidad educativa en la Enseñanza no Universitaria. En la Universidad hay que expulsar de los órganos de gestión a todos los representantes del mundo empresarial, dejando en esta tarea tan sólo a la comunidad educativa universitaria. No puede ser democrática una escuela en la que no se ejerce la democracia en la elección de sus órganos de dirección. De esta forma se mejora la autonomía de los centros y sobre todo se evita el clientelismo y el servilismo político como pretende el PP al hacer de los directores meros servidores de sus intereses ideológicos.
7.- Impulsar la Formación Profesional, pero no como propone el PP dejándola en manos de las empresas privadas para que dispongan de la suficiente mano de obra barata para aumentar sus beneficios. La FP debe de servir para la formación de los trabajadores en tareas que son socialmente necesarias, pero impidiendo que la misma genere la explotación y la sumisión de la clase trabajadora. Se trata de proporcionar la adecuada formación técnica a los jóvenes y el desarrollo de su capacidad intelectual y de su espíritu crítico, con un currículo formado por asignaturas de instrucción general (para su desarrollo cultural e intelectual) y asignaturas formativas de la especialidad. Para ello es necesario crear una amplia, adecuada, bien dotada y cualificada red de Centros Públicos de Formación Profesional.
8.- Potenciar la educación reglada de adultos, que debe de contar con una suficiente y adecuada red de centros, como una pieza fundamental del sistema educativo. Hay que potenciar también las enseñanzas artísticas (artes plásticas, música, danza, etc.) y las escuelas de idiomas. Desde el PCE entendemos la Educación como un Derecho Humano que no queda restringido a los años de la enseñanza obligatoria, sino que es algo que debe abarcar toda la vida de las personas, que podrían querer volver a estudiar dentro de los ciclos reglados o iniciar algún otro tipo de estudios. Por lo tanto, un buen sistema educativo es aquel que atiende en todo momento las necesidades y deseos formativos de sus ciudadanos, de aquí la apuesta importante por este tipo de formación permanente, que está siendo objeto de un virulento ataque por parte del Partido Popular.
Por todo esto, desde el PCE nos proponemos continuar apoyando las movilizaciones contra la mercantilización del sistema educativo y el desmantelamiento de la Escuela Pública en beneficio de la Escuela privada. Desde el PCE no aceptamos este desahucio y esta desposesión hacia la clase trabajadora por parte del PP.

Una Escuela Pública que sirva para el desarrollo de los conocimientos y capacidades intelectuales de toda la población. Tesis sobre educación del PCE

[Estudia obrero, aprende, libérate de tu impotencia:
estás llamado a ser un dirigente]

Bertolt Brecht

Las muletas

Durante siete años no pude dar un paso.
Cuando fui al gran médico,
me preguntó: “¿Por qué llevas muletas?”.
Y yo le dije: “Porque estoy tullido”.

“No es extraño”, me dijo.
“Prueba a caminar. Son esos trastos
los que te impiden andar.
¡Anda, atrévete, arrástrate a cuatro patas!”.

Riendo como un monstruo,
me quitó mis hermosas muletas,
las rompió en mis espaldas y, sin dejar de reír,
las arrojó al fuego.

Ahora estoy curado. Ando.
Me curó una carcajada.
Tan sólo a veces, cuando veo palos,
camino algo peor por unas horas.
(1926)

 
Loa de la dialéctica

Con paso firme se pasea hoy la injusticia.
Los opresores se disponen a dominar otros diez mil años más.
La violencia garantiza: “Todo seguirá igual”.
No se oye otra voz que la de los dominadores,
y en el mercado grita la explotación: “Ahora es cuando empiezo”.
Y entre los oprimidos, muchos dicen ahora:
“Jamás se logrará lo que queremos”.

Quien aún esté vivo no diga “jamás”.
Lo firme no es firme.
Todo no seguirá igual.
Cuando hayan hablado los que dominan,
hablarán los dominados.
¿Quién puede atreverse a decir “jamás”?
¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.
¡Que se levante aquél que está abatido!
¡Aquél que está perdido, que combata!
¿Quién podrá contener al que conoce su condición?
Pues los vencidos de hoy son los vencedores de mañana
y el jamás se convierte en hoy mismo.
(1932)

 
Loa del estudio

¡Estudia lo elemental! Para aquéllos
cuya hora ha llegado,
no es nunca demasiado tarde.
¡Estudia lo básico! No basta, pero
estúdialo. ¡No te canses!
¡Empieza! ¡Tú tienes que saberlo todo!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡Estudia, hombre en el asilo!
¡Estudia, hombre en la cárcel!
¡Estudia, mujer en la cocina!
¡Estudia, sexagenario!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡Asiste a la escuela, desamparado!
¡Persigue el saber, muerto de frío!
¡Empuña el libro, hambriento! ¡Es un arma!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡No temas preguntar, compañero!
¡No te dejes convencer!
¡Compruébalo tú mismo!
Lo que no sabes por ti,
no lo sabes.
Repasa la cuenta:
tú tienes que pagarla.
Apunta con tu dedo a cada cosa
y pregunta: “Y esto, ¿de qué?”
Estás llamado a ser un dirigente.
(1933)

 
Preguntas de un obrero que lee

Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los obreros que la construyeron?
La noche en que fue terminada la Muralla china,
¿adónde fueron los albañiles? Roma la Grande
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió? ¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? Bizancio, tan cantada,
¿tenía sólo palacios para sus habitantes? Hasta en la fabulosa Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los habitantes clamaban
pidiendo ayuda a sus esclavos.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos.
¿No llevaba consigo siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró al hundirse su flota.
¿No lloró nadie más?
Federico II ganó la Guerra de los Siete Años.
¿Quién la ganó, además?

Una victoria en cada página.
¿Quién cocinaba los banquetes de la victoria?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagó sus gastos?

Tantas historias,
tantas preguntas.
(1934)

 
1940

Mi hijo pequeño me pregunta: ¿Tengo que aprender matemáticas?
¿Para qué?, quisiera contestarle. De que dos pedazos de pan son más que uno
ya te darás cuenta.

Mi hijo pequeño me pregunta: ¿Tengo que aprender francés?
¿Para qué?, quisiera contestarle. Esa nación se hunde.
Señálate la boca y la tripa con la mano,
que ya te entenderán.

Mi hijo pequeño me pregunta: ¿Tengo que aprender historia?
¿Para qué?, quisiera contestarle. Aprende a esconder la cabeza en la tierra
y acaso te salves.

¡Sí, aprende matemáticas, le digo,
aprende francés, aprende historia!

 

[Versión (ligeramente cambiada en algún poema) de Jesús López Pacheco sobre la traducción directa del alemán de Vicente Romano. Los textos están en: Bertolt Brecht, Poemas y canciones, Madrid, Alianza Editorial, 1968]

Bertolt Brecht, [Estudia obrero, aprende, libérate de tu impotencia: estás llamado a ser un dirigente]

LA SOCIOLOGÍA CRÍTICA DE LA EDUCACIÓN Y LA FILOSOFÍA IDEALISTA DE LA IMPOTENCIA DE LA CLASE TRABAJADORA

(Elementos para una crítica del determinismo y el esencialismo educativos)

(agosto 2002)

 Salustiano Martín

 

Es bastante probable que, en muy buena parte, los análisis críticos de la sociología a la Bourdieu sean exactos y pertinentes para la comprensión en profundidad de ciertos aspectos de la compleja urdimbre del sistema educativo, de su funcionamiento y de sus consecuencias buscadas (por la burguesía). El problema de ese discurso, no obstante, tiene que ver con la teoría filosófica (la ideología, en sentido estricto) que se desliza por debajo del puro análisis sociológico y con las propuestas prácticas que se derivan de esa teoría filosófica. La teoría filosófica parece proponer un pesimismo práctico que, a veces, se convierte en inducción a la inmovilidad por impotencia. Por muy exacta que sea la investigación sociológica, ella misma no produce una estrategia de lucha. Seguramente, constituye el necesario suelo informativo como para afrontar la reflexión acerca de la práctica necesaria para cambiar la situación a la que se refiere. Si la lectura de esos análisis no produce más que impotencia teórica a la hora de analizar los modos de lucha en el campo educativo (y en general) y de proponer acciones concretas de clase para hacer que la realidad capitalista pueda ser combatida, destruida y superada, es porque la teoría filosófica que la sostiene es determinista y esencialista, y escasamente dada a creer en las posibilidades reales de la clase obrera (y de todos y cada uno de sus miembros) a la hora de luchar contra ella. Como en Lerena, la mística pseudomarxista (mecanicista, en ocasiones) esconde, en su retórica idealista, una impotencia que se transparenta detrás de la grandilocuencia de las frases en que la clase obrera es ensalzada (¿de qué clase habla Lerena? ¿dónde está esa clase con un proyecto histórico?). Se trata, a fin de cuentas, de una visión de la realidad realizada por sociólogos críticos (marxistas, incluso) que proceden, todos ellos, de la burguesía, o de estratos que le son francamente afines desde el punto de vista ideológico. Y eso se nota: la clase que se imaginan no tiene nada que ver con la clase que se hunde en la miseria de la ignorancia y el consumismo compulsivo, o con la que lucha por salir adelante por encima de engaños y malversaciones.

Hay, pues, que construir una estrategia de lucha y de superación de la clase trabajadora, por la clase y a partir de la clase, que se atenga a sus intereses objetivos (como clase y como totalidad  de individuos tomados uno a uno: y lo uno no puede entrar en contradicción con lo otro) y a la materialidad de lo real y de la lucha. Para ello hay que descifrar el idealismo burgués que falsea la visión de algunos sociólogos marxistas y a la Bourdieu, sin desechar, desde luego, el punto de llegada de sus investigaciones, ni, aun menos, el método que les ha servido para llegar a ellos. Es decir, despojar a sus textos de la ideología burguesa que los permea, incluso sin que ellos lo sepan, y hacerlos útiles para la lucha por la emancipación de los grupos dominados. Y trabajar para darle a nuestra clase lo que es de ella (y le arrebatan cada día): su capacidad de estudio y su inteligencia, su voluntad de lucha, la capacidad de disciplina que debe esforzarse en alcanzar, su esfuerzo en la acción, en fin, su responsabilidad en los resultados que consigue (o que no consigue). Luchar para destruir este presente miserable que, aquí y ahora, mantiene a la clase trabajadora expropiada de la cultura y de la vida buena. En fin, luchar con nuestras propias fuerzas para conseguir la hegemonía cultural, social y política de nuestra clase. [Cfr. Carlos Lerena Alesón, Escuela, ideología y clases sociales en España, Barcelona, Círculo de Lectores, 1989, cap. 2]

La sociología crítica de la educación y la filosofía idealista de la impotencia de la clase trabajadora

ELEMENTOS PARA EL ANÁLISIS DEL FRACASO ESCOLAR
(desde la clase y para la clase)
[cfr. Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría, Arqueología de la escuela, Madrid, La Piqueta, 1991, p. 251]
(septiembre 2002)

Salustiano Martín

1) Existe (en las posiciones de la sociología crítica) un marcado desprecio del mérito individual, y, de paso, también del mérito de la clase trabajadora como tal; un marcado desprecio, por tanto, de la inteligencia del trabajador (o de sus hijas e hijos) para adquirir todo tipo de conocimientos y de capacidades intelectuales, y un real menosprecio del interés que pudieran tener esas adquisiciones para los trabajadores (es decir, para sus hijas e hijos, y para la clase en su conjunto) [cfr. aquí las reflexiones de Jonathan Kozol [Analfabetos USA, Barcelona, El Roure, 1990] acerca de quienes alaban el puro “estado de naturaleza”, según ellos, propio de los analfabetos; es decir, para qué querrían aprender a leer y escribir: lo que no conocen no son sino sofisticaciones artificiales sin las cuales viven muy bien [??]; etc.] [contrastar con Francesc Jesús Hernàndez i Dobon [L’escola zombi, Alzira, Set i mig, 2002]: académico vs. cotidiano; o con los estereotipos esgrimidos a cuenta de las mujeres: naturaleza vs. cultura; etc.]. Debemos defender, por tanto, la valoración positiva y el estímulo del mérito individual (y, en conexión estrecha con él, del mérito de la clase obrera).

2) Promoción consiguiente del trabajo intelectual personal [también menospreciado por los beatos del colectivismo gregario, a menudo dominante en la izquierda realmente existente, y muy negativo para la consecución de los intereses estratégicos de la clase trabajadora: sin capacidad personal para adquirir todos los conocimientos y sin capacidad para pensar por cuenta propia, el logro de la revolución es una mentira que se maneja con intención de engañar-manipular a los trabajadores, tomados uno a uno y como clase], así como de la colaboración intelectual colectiva [en todo caso, la colaboración es consecuencia de la original empresa intelectual personal, la cual, a su vez, procede del original esfuerzo personal, de la original autodisciplina personal, del original deseo personal de conocimientos, de la original fuerza de voluntad personal y de la original capacidad para responsabilizarse de los propios pensamientos y de los propios actos. Y, a su vez, se ha de convertir, en una vía de doble dirección, en fuente de estímulos personales].

3) La “promoción individual” no es una ideología, sino una “necesidad” de cada ser humano [lo contrario desemboca en regímenes totalitarios tipo estalinista o 1984: cuando los seres humanos no piensan por su cuenta, son convertidos por la fuerza de la propaganda y del miedo en corderos indefensos al servicio del poder establecido]: desenmascarar la ideología subyacente a esa consideración negativa de la “promoción individual” en relación con los miembros de la clase obrera [lo que es bueno para la clase media y la burguesía no es bueno para la clase trabajadora; etc.]. Por contra, desarrollar una teoría de la promoción individual como fuente de estímulo para la autodisciplina; la construcción de voluntad y responsabilidad; la capacidad de esfuerzo; el aprendizaje de conocimientos, capacidades y actitudes, y la colaboración solidaria con las otras “promociones individuales”: de modo que la “promoción individual” de cada cual contribuya a la promoción individual y colectiva de todos (puesto que no se trata de una competición de suma cero y, ni siquiera, de una competición a secas).

4) La “retórica de la igualdad” puede (y debe) dejar de ser retórica para convertirse en verdadera voluntad igualitaria (puesta consecuentemente en acto -salvo que se piense que la igualdad es imposible o desaconsejable o contraproducente o peligrosa-). Hay que hacer la crítica (desde la izquierda y desde los intereses de los grupos sociales dominados) de los críticos de la “retórica de la igualdad”, que no hacen nada por desarrollar una acción y una teoría a favor de la igualdad, y que, así, condenan a los más desfavorecidos a la impotencia personal y de clase, y a la pasividad y la apatía políticas.

5) No hay ningún conflicto entre trabajo manual y trabajo intelectual que no sea el alimentado por las ideologías de clase; por lo tanto, aquí también el conflicto se supera en la práctica con la comprensión de lo que significan esos trabajos. En la escuela, además, debe desarrollarse, sobre todo, la capacidad intelectual de todos; a no ser que se entienda la educación como forja del trabajador y de sus destrezas para el trabajo manual, lo cual es muy reaccionario. Lo cierto es que una posición de clase (que busque el progreso de los grupos sociales dominados y el aumento de su poder y su capacidad para destruir las estructuras de la dominación) debe partir de la idea irrenunciable de que la educación no debe preparar para el trabajo [entendiendo “preparar para el trabajo” como se viene entendiendo, es decir, que los que van destinados a los trabajos puramente manuales deben ser formados para adquirir destreza en esos trabajos, y que los que van destinados a los trabajos puramente intelectuales deben ser formados para adquirir capacidades reflexivas y conocimientos profundos de la realidad]. Y esto porque no deben existir adscripciones sociales a los trabajos, ni tipos de individuos según su trabajo o nivel económico [cfr. Un mundo feliz], ni categorías según el tipo de trabajo. La educación debe formar a todos para ser seres humanos completos, con todos los conocimientos y las capacidades necesarias para ser ciudadanos reflexivos y críticos que no puedan ser manipulados y utilizados por los poderes dominantes, y que puedan, llegado el caso, construir, individual y colectivamente, otro tipo de estructuras políticas y otro tipo de sociedad y de economía.

6) Minoría de edad irresponsable e infantilización sistemática frente a maduración y responsabilidad personal como sujetos: los “colegas” [cfr. Paul Willis Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de la clase obrera, Madrid, Akal, 1988] son individuos “irresponsables” e “insolidarios” (insolidarios, sobre todo, en relación con su clase social y con sus compañeros de clase escolar), son “machistas” y “racistas”: representan lo peor de lo que el sistema capitalista es capaz de hacer con los seres humanos que no saben defenderse racional y emocionalmente (como “sujetos morales” y “políticos” libres y autónomos que debieran ser). La educación debe conseguir erradicar este tipo de “productos” del sistema; mientras no lo haga, será evidente que no cumple las promesas presuntas del sistema democrático, y que el sistema entero (la presunta democracia “liberal”, en fin, el sistema capitalista), en ese sentido, no estará legitimado en absoluto. El sistema se legitimará, por el contrario, cuando produzca la ciudadanía crítica (todos los ciudadanos) capaz de acabar con él.

En fin, según parece, la política es algo que les sucede a los trabajadores, no algo que ellos hacen para salir individual y colectivamente adelante, o para transformar, individual y colectivamente, la realidad. Según parece, la realidad política (las instituciones del Estado, las ideologías dominantes) transforma a los trabajadores, pero nunca podrá suceder, según dicen, lo contrario. ¿Hasta cuándo aguantaremos este sometimiento a la pasividad y el conformismo que, a pesar de nuestras presuntas intenciones, se produce en la práctica?

Elementos para el análisis del fracaso escolar

IMPORTANCIA DE LA LUCHA IDEOLÓGICA DE CLASES
Y PAPEL DE LA EDUCACIÓN
(enviado a la Agrupación de Enseñanza, 12 de septiembre de 2011)

Salustiano Martín

El punto fundamental que hay que considerar es que la realidad (tanto la material –económica o social- como la ideológica o la político-jurídica) se produce, siempre, como un efecto de la lucha de clases. No tener esto en cuenta o no tener en mente que la realidad la construyen los colectivos sociales en lucha (y cada uno de sus miembros, responsables y solidarios de su acción o de su inacción) nos está llevando a una derrota permanente: la realidad en construcción nos arrolla y nos sobrepasa, y nos sentimos impotentes para detener su marcha. El punto, como digo, está en comprender cabalmente, y actuar en consecuencia, que somos nosotros quienes pensando y actuando (o no pensando y no actuando) producimos la realidad (o dejamos que una realidad se nos imponga desde fuera de nosotros -y aun dentro de nosotros- por nuestra falta de reflexión o por nuestra inacción). Si nosotros no actuamos con energía reflexiva, empeño político y voluntad responsable para vencer en los diferentes frentes de la lucha de clases, estaremos derrotados de antemano. Adelantarse a la acción de la burguesía; oponerse a sus designios no sólo con la crítica analítica o la acción negativa, sino también, y sobre todo, con la acción propositiva es una necesidad perentoria de la lucha de clases si no queremos instalarnos en la derrota permanente y el constante lamento estéril. Pensar en lo que hay y en lo que queremos que haya, es decir, en lo que debemos (porque queremos) construir. Pensar y actuar; pensar y difundir nuestro pensamiento. Esto es lo que nuestra obligación como clase nos reclama. El centro de nuestra estrategia política en el terreno de la lucha de clases debiera ser el combate constante por la hegemonía de la clase trabajadora, y ese combate pasa, necesaria y empeñadamente, por la lucha ideológica. Y, si no pensamos y difundimos nuestro pensamiento en todos los terrenos de la lucha de clases, no se producirá lucha ninguna; seremos como esos boxeadores sonados a los que su contrario antagónico en la pelea (la burguesía, por supuesto) golpea una y otra vez sin posible respuesta.

Hemos de tener en cuenta, en ese sentido, que el terreno de la educación es el terreno original en que se juega la victoria o la derrota en la lucha de clases. Porque es en el terreno de la instrucción y la educación (es decir, del sistema educativo, de la enseñanza) donde se produce la socialización de la clase trabajadora y, por tanto, la ideología que los acabará impregnando en profundidad; donde los hijos de nuestra clase van a poder acceder (o no) al conocimiento que les podrá permitir (o no) reflexionar libremente sobre lo que la burguesía y su sistema (el capitalismo) les está haciendo y cómo se lo está haciendo. La primera batalla de la lucha de clases se produce en el sistema educativo, en todas y cada una de sus dimensiones estructurales, en todas y cada una de sus prácticas hegemónicas (en los fines que se contemplan para la educación y los logros que se buscan, en la selección de los conocimientos que deben aprenderse –el currículo-, en la pedagogía que se pone en acción en las aulas y las presuposiciones ideológicas que le subyacen), porque, como dice Gramsci, la relación de hegemonía es una relación educativa y es en ese terreno, por tanto, donde, de manera casi clandestina, comienza a fraguarse la derrota de la clase trabajadora en su necesaria lucha por la hegemonía. Por eso, tenemos que pensar, con urgencia, en cómo se ha podido producir la destrucción de las posibilidades de conocimiento de nuestra clase en el seno del sistema educativo en los últimos veinte años; de qué forma insidiosa la burguesía (la clase dominante y dirigente) ha conseguido que la propia clase aceptara esa destrucción; cuáles han sido los elementos fundamentales dentro del sistema educativo que han hecho posible que, una vez conseguida la universalización de la enseñanza, hayan podido conseguir nuestros enemigos de clase continuar asestándonos la ignorancia de siempre, la apatía de siempre, la irresponsabilidad de siempre; en fin, cómo han podido arrasar, de modo tan absoluto, el vigor intelectual de nuestra clase.

Importancia de la lucha ideológica de clases y papel de la educación

LAS PROPUESTAS IDEALISTAS DE LA SOCIOLOGÍA CRÍTICA DE LA EDUCACIÓN Y LOS INTERESES ESTRATÉGICOS DE LA CLASE TRABAJADORA
(agosto 2002)

SALUSTIANO MARTÍN

La sociología de la educación empírica y esencialista (en términos de Lerena) produce informes al servicio de los intereses de la clase dominante: para la legitimación de la estructura socioeconómica capitalista y del tipo de división en clases propio de sus relaciones sociales de producción; es, por tanto, una sociología conservadora, interesada por la reproducción del estado de cosas existente.
Por su parte, la sociología crítica de la educación (a la Lerena) produce manifiestos descriptivos (valga la contradicción) que no levantan acta más que de su propia impotencia. Lo peor de esta sociología a la Bourdieu o Lerena es que propone, además, esa impotencia. No hay ciudadanos que puedan tomar en sus manos los destinos de su país; no hay trabajadores (no hay clase obrera) que puedan luchar eficazmente para ocupar las instituciones del Estado para una nueva fundación. No hay posibilidad alguna de una teoría y una práctica que luche/trabaje por la constitución de un nuevo pacto más allá de lo que la realidad y los grupos sociales dominantes nos obligan a aceptar como “lo dado” (de una vez y para siempre). Lo único que se nos ofrece es un impotente idealismo que sacraliza a la clase como clase, provista de un supuesto (y muy etéreo: etéreo en sí mismo, etéreo en la materialidad de la lucha diaria, etéreo en la producción de futuro) proyecto histórico, provista de una cultura cuyo contenido no es posible ver en quienes constituyen la clase obrera, y cuyas particularidades, si podrían ser identificadas teóricamente como apuesta de futuro, en absoluto pueden ser atribuidas a la clase realmente existente o, ni siquiera, a cualesquiera de las organizaciones que dicen representarla [?].
La clase obrera, aquí y ahora, no tiene proyecto histórico alguno; la clase obrera, aquí y ahora, no tiene ni cultura ni lenguaje propios. La clase obrera, aquí y ahora, no tiene asumida sino la bazofia lingüística y cultural que le propina la burguesía dominante desde las instancias técnico-ideológicas de la dominación: la televisión, el discurso del consumo, la ley de hierro del individualismo posesivo (que la aherroja, sí, en una cárcel, irrespirable y sin salida, que reproduce sin cesar su expropiación y la extracción del plusvalor de su trabajo). Y, aquí y ahora, la sociología de la educación a la Lerena no nos ofrece sino impotencia. Porque no hay ninguna posibilidad de producir una revolución que instaure un nuevo origen, un nuevo pacto constitucional, sino a través del esfuerzo, el trabajo, la reflexión y la lucha de todos y cada uno de los trabajadores: de toda la ciudadanía objetivamente interesada en la constitución de un nuevo orden no capitalista. Y resulta que la retórica de las grandes palabras, la retórica del proyecto histórico de la clase, y sus incorruptas e inconsútiles cultura y lenguaje, no logrará mover ni un ápice el engranaje de la realidad capitalista en una dirección (ética, política, jurídica) de superación y nuevo origen.
Así es. Sólo un discurso nuevo, que ponga el acento en la reconstrucción moral y cultural, psicológica e ideológica, económica y política de la clase obrera, podrá conseguir movilizar a los trabajadores en esa dirección (puesto que, aquí y ahora, no se encuentran nada interesados en ello); sólo una clase culta, autodisciplinada, consciente, con voluntad y memoria históricas, puede ponerse al trabajo de producir una nueva constitución. Las grandes palabras son idealismo reaccionario en estado puro si no se sujetan a los hechos, si no buscan su autorización en la materialidad práctica de la acción reflexiva y la reflexión actuante. Sólo una voluntad colectiva (la de todos y cada uno de las ciudadanas y ciudadanos: trabajadores, hombres y mujeres, …) consciente, y decidida, en la práctica, a cambiar las cosas, puede, en efecto, cambiarlas.
Ahí, el primer tramo de la lucha exige la existencia de una clase obrera empeñada en aprender el máximo de conocimientos, de capacidades y de destrezas; decididamente volcada al conocimiento y la reflexión, la autodisciplina y el cultivo de la voluntad. Y ese empeño pasa por la utilización del sistema educativo y pasa por el trabajo de educación en el interior de las familias. La situación de desierto cultural en que se encuentra la clase obrera queda puesta de manifiesto, claramente, por la impotencia, falta de interés moral y negligencia (relajación del compromiso educativo) de los padres respecto a sus hijos en el interior de las familias; ahí, pues, aquí y ahora, poco se puede hacer si no cambiamos el discurso de la autoindulgencia y la irresponsabilidad por el del autorrespeto y la voluntad educativa.
En cuanto al sistema educativo, el discurso que estamos necesitando (el que nos abocaría a una acción transformadora) sería aquel que exigiera a cada madre y a cada padre trabajadores un compromiso radical con la educación de sus hijos: en la exigencia de rigor en los contenidos y en el aprendizaje de los conocimientos; en la exigencia de autodisciplina y en la educación de la voluntad; en la exigencia de educación de las capacidades y en la propuesta moral de las propias actitudes; en el ejercicio constante para sus hijos de la memoria histórica y el rescate de las raíces culturales de la clase obrera.
Lejos de pedir relajación en las exigencias (es decir, lejos de exigir la corrupción profesional de los profesores), el discurso que necesitamos debería proponer un respeto máximo por la transmisión del saber y de la capacidad reflexiva: una exigencia consciente, vertebrada desde una nueva y renacida conciencia de clase, que haga suya la necesidad de una refundación de la democracia, para que deje de ser la pantomima repugnante que ahora es. Si no hay ciudadanía culta, consciente, crítica (es decir, conocedora y capaz de reflexión), no hay democracia, sino opresión y manipulación de las conciencias. Si no hay ese tipo de ciudadanía, cualquier llamada a proyectos históricos fantasmales, cualquier apelación a culturas y lenguajes supuestamente propios de la clase, cualquier propuesta para una práctica revolucionaria no serán más que retórica reaccionaria, impotencia idealista.
[Cfr. Carlos Lerena Alesón, Escuela, ideología y clases sociales en España, Barcelona, Círculo de Lectores, 1989. Cfr. también: Hannah Arendt, Sobre la revolución, cap. 4: “Fundación I: Constitutio libertatis”].

Las propuestas idealistas de la sociología crítica de la educación y los intereses estratégicos de la clase trabajadora