[PROFESIÓN, ESCUELA Y CONCIENCIA REVOLUCIONARIA]

      [Contra la existencia de una “educación subalterna” para los trabajadores]

 

ANTONIO GRAMSCI

 

L’Ordine Nuovo, II, 91, 10 abril 1922

[Nota de Giovanni Urbani:

En el Congreso de la Federación juvenil comunista de abril de 1922, Gramsci pronunció un discurso del que L’Ordine Nuovo diario dio un informe sumario, bastante esquemático, poco feliz estilísticamente, quizás no del todo fiel especialmente en la parte aquí citada, en que se llama la atención de los jóvenes sobre el problema de la escuela. El planteamiento se resiente de la implacable polémica antisocialista que en aquellos años dominaba también en los escritos de Gramsci. Así, se endurece, pero también se profundiza, la crítica a la posición “reformista” y “corporativa que el movimiento obrero tenía tradicionalmente sobre la “cuestión escolar”, y que, en sustancia, significaba la aceptación de una “educación subalterna” para las capas populares y, por tanto, la aceptación de la permanencia de las “dos culturas”.

Nueva, en cambio, es la alusión a la alianza socialista-popular sobre los problemas escolares, conectada a la perspectiva de una participación del partido socialista en el “gobierno de coalición democrática” auspiciado por Turati y que a nuchos les parecía inminente en los meses siguientes a la crisis del gobierno de Bonomi (enero de 1922). En realidad, durante aquellos años los socialistas permanecieron firmes en su vieja posición, que se limitaba a reivindicar la extensión de la escuela elemental-popular para los trabajadores, mientras, los católicos –con el Partido Popular- iniciaban aquella batalla por la “libertad de la escuela” que había de convertirlos en protagonistas en el combate con los laicos radicales, los nacionalistas y los neoidealistas, resultando al fin vencedores en la lucha por la sucesión a la efectiva dirección de la escuela italiana.

Por tanto, más que un giro programático, el planteamiento de los socialistas señala un agravamiento de su “negligencia” respecto de la cuestión escolar; negligencia que adquiere mayor relieve frente a la muy consciente y cualificada “presencia” de las otras fuerzas políticas. De significado polémico contingente parece, por tanto, la hipótesis gramsciana de una alianza socialista-popular, que, de hecho, no tendrá desarrollo posterior. Mientras, sigue siendo plenamente válido el juicio sobre la incapacidad de los socialistas de comprender la apuesta que se jugaba en la cuestión escolar; juicio que, a menudo retomado por Gramsci, está ya históricamente consolidado.]

Intervención en el Congreso de la Federación Juvenil [Fragmento]

[…] Hay en los reformistas italianos la tendencia a dar al movimiento sindical un carácter exclusivamente corporativista. La dificultad mayor que los comunistas deben superar, en el trabajo de conquistar los sindicatos, es la carencia de un verdadero espíritu sindical entre las masas. Y esto tiene que ver con el hecho de que en Italia falta una organización de los aprendices, que dé al obrero, desde su primera juventud, conciencia sindical y de clase.

Sólo ahora los reformistas se ocupan de las escuelas profesionales.

Los jóvenes obreros, una vez entran en el pequeño taller, estudian su profesión, pero al pasar a la gran industria, lo que han aprendido no les sirve ya: de obreros cualificados se transforman en peones. El industrial prefiere el obrero sin inteligencia al obrero cualificado; prefiere al hombre-instrumento, que no turbe con su espíritu de iniciativa el mecanismo complejo de la producción.

Es, por tanto, una lucha contra la inteligencia del obrero; es la maquinización del trabajador.

Si nosotros no obtuviéramos de los jóvenes obreros una mayor comprensión de la dignidad de su trabajo y, por ello, una mayor conciencia sindical, se disiparía en ellos toda tendencia revolucionaria.

La lucha que lleva a cabo la Confederación General del Trabajo para expulsar de los sindicatos a los parados es una prueba del espíritu de aristocracia corporativista que empapa a los estratos de los obreros cualificados que consiguen conservarse como tales.

Si no se combaten estas tendencias, que se resumen en una lucha entre jóvenes peones y viejos obreros cualificados, existe el peligro de que veamos decaer cada vez más el movimiento sindical en Italia.

En la futura alianza entre populares y socialistas, hay un acuerdo recíproco sobre el problema de la escuela: los socialistas ceden a los populares las escuelas medias superiores; los populares conceden a los socialistas las escuelas profesionales.

Los populares se encuentran en condiciones de imponer un monopolio sobre las escuelas, puesto que disponen de un numerosísimo personal que ya recibe una paga del Estado. En el pasado, los socialistas planteaban precisamente así el problema de la escuela en su confrontación con los católicos; hoy, los socialistas han llegado a tal grado de cobardía, que permiten que los populares logren que se crea en una política suya de “principios” en el campo de la enseñanza.

Los socialistas aceptan el concepto de que la escuela profesional es la escuela de los obreros. En ello está el reconocimiento de que las clases deben ser siempre dos, por herencia. Todos los escritores socialistas han combatido siempre esta tesis. Es claramente contrarrevolucionaria.

Nosotros podemos aprovechar esta situación para hacerles comprender a los jóvenes que juzgamos posible la solución del problema social por lo que se refiere a ellos. También la pedagogía científica sostiene nuestra tesis. Ningún pedagogo puede ser un ministro burgués de Instrucción pública.

Lo mismo que en el taller el obrero sufre continuamente exámenes que lo llevan hacia adelante, o lo rechazan hacia atrás si pierde sus capacidades, así los comunistas tienden a aplicar este concepto a todas las formas de actividad, tanto manual como intelectual.

La difusión de estas ideas viene a demostrar que los socialistas de nuestro país no han comprendido nada del problema de la escuela. […]

[Recogido en: Socialismo e Fascismo. L’Ordine Nuovo 1921-1922, Turín, Giulio Einaudi, 1966, 523-524; y La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Turín, Editori Riuniti, 1967, 128-130] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Profesión, escuela y conciencia revolucionaria

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POR UNA ASOCIACIÓN DE CULTURA

 

ANTONIO GRAMSCI

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 350, 18 diciembre 1917

[Personalmente, y también en nombre de muchos otros, apruebo la propuesta del compañero Pellegrino para la creación de una Asociación de cultura entre los compañeros turineses y no turineses residentes aquí.

Creo que, no obstante el momento poco favorable, esa asociación puede realizarse muy bien. Son muchos los compañeros que por inmadurez de convicciones, y por impaciencia de la obra pequeña que es necesario desarrollar, se han alejado de las organizaciones para dejarse arrastrar a las diversiones. En la Asociación encontrarían una satisfacción a sus necesidades instintivas, encontrarían un lugar de descanso y de instrucción que, de nuevo, los aficionaría al movimiento político, a nuestro ideal.

Y gracias a esta inciativa, a la cual todos los compañeros querrían dar su apoyo, podría tener también una solución el problema de los compañeros inscritos en las Secciones lejanas, nunca resuelto precisamente por la dificultad de encontrar un campo de interés común en el cual desarrollar una actividad.

Bartolomeo Botto]

El Avanti! Turinés ha acogido con simpatía la propuesta de Pellegrino y las adhesiones que ésta ha suscitado. Botto en su carta presenta rasgos de gran interés, que creemos oportuno desarrollar y presentar ordenados a la atención de los compañeros.

En Turín no hay ninguna organización de cultura popular. De la Universidad Popular es mejor no hablar: nunca ha estado viva, nunca ha tenido una función que respondiera a una necesidad. Es de origen burgués, y responde a un criterio vago y confuso de humanitarismo espiritual: tiene la misma eficacia que las instituciones de beneficencia, que creen satisfacer con un plato de sopa las necesidades fisiológicas de los desgraciados que no pueden quitarse el hambre y mueven a piedad el tierno corazón de sus señores.

La Asociación de cultura, tal como los socialistas la deberían promover, debe tener objetivos de clase y límites de clase. Debe ser una institución proletaria, con caracteres finalistas. El proletariado, en un cierto momento de su desarrollo y de su historia, se da cuenta de que la complejidad de su vida carece de un órgano necesario, y se lo crea, con sus fuerzas, con su buena voluntad, para sus fines.

En Turín, el proletariado ha alcanzado un punto de desarrollo que es de los más altos, si no el más alto, de Italia. La Sección socialista ha alcanzado, en la actividad política, una individualidad de clase muy meritoria; las organizaciones económicas son fuertes; en la cooperación se ha conseguido crear una institución potente como la Alianza Cooperativa. Por tanto, se comprende que en Turín haya nacido y se sienta más la necesidad de integrar la actividad política y económica con un órgano de actividad cultural. La necesidad de esa integración nacerá y se impondrá también en las otras partes de Italia. Y el movimiento proletario, con ello, ganará en unidad y en energía de conquista.

Una de las más graves lagunas de nuestra actividad es ésta: nosotros esperamos la actualidad para discutir los problemas y para fijar las directrices de nuestra acción. Constreñidos por la urgencia, damos a los problemas soluciones apresuradas, en el sentido de que no todos los que participan en el movimiento conocen cabalmente los términos exactos de las cuestiones y, por tanto, si siguen la norma fijada, lo hacen por espíritu de disciplina y por la confianza que tienen en sus dirigentes, más que por una íntima convicción, por una espontaneidad racional. Así sucede que, a cada hora histórica importante, se realizan las desbandadas, los ablandamientos, las disputas internas, las cuestiones personales. Así se explican también los fenómenos de idolatría, que son un contrasentido en nuestro movimiento y que hacen entrar por la ventana al autoritarismo expulsado por la puerta.

No se ha difundido una convicción firme. No existe esa preparación, realizada a lo largo del tiempo, que conduce a la rapidez del deliberar en cualquier momento, que determina los acuerdos inmediatos, acuerdos efectivos, profundos, que refuerzan la acción.

La Asociación de cultura debería cuidarse de esta preparación, debería crear estas convicciones. Desinteresadamente, es decir, sin esperar el estímulo de la actualidad, en ella debería discutirse todo lo que interesa, o pueda interesar un día, al movimiento proletario.

Además, existen problemas (filosóficos, religiosos, morales) que la acción política y económica presupone, sin que los organismos económicos y políticos puedan discutirlos en su propia sede y difundir sus propias soluciones. Esos problemas tienen una gran importancia. Son los que determinan las llamadas crisis espirituales, y nos ponen entre los pies inoportunamente, de vez en cuando, los llamados “casos”. El socialismo es una visión integral de la vida: tiene una filosofía, una mística, una moral. La asociación sería la sede apropiada para la discusión de estos problemas, de su clarificación, de su propagación.

Se resolvería también, en gran parte, la cuestión de los “intelectuales”. Los intelectuales representan un peso muerto en nuestro movimiento, porque no tienen en él un tarea específica, adecuada a su capacidad. Lo encontrarían, se pondría a prueba su intelectualismo, su capacidad de inteligencia.

Construyendo esta institución de cultura, los socialistas darían un fiero golpe a la mentalidad dogmática e intolerante creada en el pueblo italiano por la educación católica y jesuítica. Falta en el pueblo italiano el espíritu de solidaridad desinteresada, el amor por la libre discusión, el deseo de averiguar la verdad con medios únicamente humanos, como los que dan la razón y la inteligencia. Los socialistas darían con ello un ejemplo activo y eficaz, contribuirían poderosamente a suscitar una nueva costumbre, más libre y desprejuiciada que la actual, más dispuesta a la aceptación de sus principios y de sus fines. En Inglaterra y en Alemania existían y existen poderosísimas organizaciones de cultura proletaria y socialista. En Inglaterra es especialmente conocida la Sociedad de los Fabianos, que estaba adherida a la Internacional. Tiene como función la discusión profunda y dilatada de los problemas económicos y morales que la vida impone o impondrá a la atención del proletariado, y ha logrado poner al servicio de esta obra de civilización y liberación de los espíritus a una gran parte del mundo intelectual y universitario inglés.

En Turín, dado el ambiente y la madurez del proletariado, podría y debería surgir el primer núcleo de una organización de cultura puramente socialista y de clase, que se convertiría, con el Partido y la Confederación del Trabajo, en el tercer órgano del movimiento de reivindicación de la clase trabajadora italiana.

 

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 143-145; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 94-96; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 497-500] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Por una asociación de cultura

LA DEFENSA DE SCHULTZ

[La defensa de la escuela clásica y del estudio histórico-filológico del latín]

ANTONIO GRAMSCI

 

 

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 329, 27 noviembre 1917

 

El profesor Arnaldo Monti, presidente de la Asociación estudiantil a favor de la guerra y de la idea nacional, nos ha enviado el primer número de un cuaderno de apuntes periódico que la Asociación ha empezado a publicar.

Nada que sea nuevo. En cuanto a lo viejo, la acostumbrada exhibición personal del profesor Arnaldo Monti, que publica, entre otras cosas, tres columnas de reseña crítica para demostrar qué perverso libro son los ejercicios latinos de Schultz .

Defendemos a Schultz. Hemos sudado también nosotros con el libro de Schultz, hemos reído y nos hemos enfadado también nosotros por ciertas afirmaciones del libro de Schultz que los deberes escolares nos obligaban a traducir. Pero ahora ya no somos escolarcitos, y la cólera o la risa no son ya criterios con los que juzgamos a personas y cosas. La defensa del libro de Schultz es, para nosotros, la defensa de la escuela italiana, de esa parte de la escuela italiana que hasta ahora se ha demostrado la mejor –la escuela clásica- a pesar de la confusión que los ministros democráticos e italianísimos han introducido en ella.

El profesor Arnaldo Monti pertenece a esa abundante cuadrilla de italianos que, al discutir sobre un problema, no reflexionan sobre lo que en el problema es esencial, sino que van espulgando los pormenores más llamativos y éstos son los que presentan como esenciales. Ellos son como aquel ciudadano que, habiendo ido al campo a prestar ayuda patriótica a los campesinos en el trabajo de trilla, metió en el saco la cascarilla y dejó el grano en la era. Era un poeta, el buen ciudadano, y la cascarilla lo había fascinado por su divina ligereza, por aquel suave danzar en la era bajo los iridiscentes rayos del solazo, y también porque sus espaldas preferían un saco de cascarilla a un saco de grano. El profesor Arnaldo Monti es un ensacador de encantadora cascarilla. Él pertenece (véase su prefacio al poemita L’ostessa editado por Paravia) a esos “tres o cuatro (o cuatrocientos o cuatro mil) granujas” de los que habla Gerolamo Vitelli en el Marzocco último, los cuales han partido de la guerra y del antialemanismo más o menos hipócritamente en boga para poner en circulación muchos despropósitos sobre la escuela y sobre la enseñanza.

Quieren volver a llevar la escuela clásica a las tradiciones itálicas. Quieren desnaturalizar la escuela clásica, que tiene un cometido bien preciso, y reducirla a ser una escuela retórica y de artistiquería inútil. Parten de la creencia vulgar de que en la escuela clásica se debe aprender a leer y a escribir en latín y en griego, que la escuela clásica debería dar a luz cada año una cierta cantidad de elegantes humanistas, que sepan, en cualquier ocasión, pronunciar un brindis o componer un poemita en latín o en griego.

Nada más quivocado. La escuela clásica, en comparación con la técnica y la profesional, es todavía buena porque no se propone un fin tan neciamente concreto. Su fin es concreto, pero de una concreción ideal, y no mecánica. Esa escuela debe preparar jóvenes que tengan un cerebro completo, preparado para captar todos los aspectos de la realidad, habituado a la crítica, al análisis y a la síntesis; habituado a elevarse desde los hechos a las ideas generales, y con estas ideas generales a juzgar cualquier otro hecho. La escuela clásica es la escuela ideal, en su estructura y en sus programas; se ha pervertido por la deficiencia de las personas y por la incapacidad de la clase dirigente, pero no son los “granujas” los que pueden enderezarla. Ellos, en cambio, tratan de arruinarla del todo, porque las innovaciones que van predicando, si se aceptan, impedirán toda posibilidad de proseguir y revigorizar la tradición.

La escuela clásica alcanza la finalidad ideal arriba expresada a través del estudio de las lenguas latina y griega. El estudio de estas lenguas, llevado a cabo filológicamente, y no según los métodos de la escuela Berlitz. Las lenguas muertas ofrecen este instrumento paradójico de estudio: son muertos todavía vivientes. Se pueden anatomizar en vivo; se pueden descomponer en todos sus componentes históricos, sin que la descomposición produzca un tufo de cadáver. Habiéndose cerrado el ciclo de su existencia, el latín ofrece el ejemplo de todo el trabajo histórico a través del cual un fenómeno se organiza lentamente en una unidad, para descomponerse y recomponerse armónicamente en cada época, en cada individuo de una época. El estudio filológico del latín habitúa al escolar, futuro ciudadano, a no descuidar nada de la realidad que examina, robustece su carácter, lo habitúa al pensamiento concreto, histórico, de la historia que fluye armónicamente, a pesar de los saltos y de las sacudidas; porque hay siempre quien continúa la tradición, quien continúa el pasado, y quien lo continúa, a menudo, no es quien parece que lo hace, sino aquel que pasa desapercibido, el ignorado, que no hay que descuidar ni ignorar. El estudio filológico de la lengua puede enseñar, por ejemplo, que el proletariado de Cerdeña y de la Basilicata está más cerca del mundo romano de lo que pueda estarlo Paolo Boselli, la cigarra de la tradición itálica

Es su adhesión paciente y tenaz a la “historia”, lo que caracteriza a la escuela clásica. Es el método histórico llevado al estudio de las lenguas muertas, y que debería llevarse al estudio de cualquier ciencia, porque ensancha los cerebros, y forma mentalidades concretas, y no mentalidades abstractas, dogmáticas y charlatanas.

El profesor Arnaldo Monti espulga las afirmaciones ridículas y absurdas de Schultz y encuentra al granadero de Pomerania, von Berhardi y Bülow.

El hecho es que esas afirmaciones sirven para interpretar una serie de formas de expresión latinas, y eso era lo que Schultz se proponía. Con la gramática y con los ejercicios latinos del libro de Schultz se trabaja en torno a la lengua latina, se captan todos sus aspectos, todos sus matices: constituyen un análisis exacto que sólo puede conducir a una síntesis exacta. Con las gramáticas y con los ejercicios chapuceados a continuación (y el italianísmo Giuseppe Lipparini se ha hecho una fortuna con esas chapuzas) no se trabaja, se aprueban los exámenes con el seis de media.

Los ensacadores de encantadoras cascarillas no se preocupan de buscar la verdad y los motivos esenciales de los problemas que tratan de indagar. El profesor Arnaldo Monti no se da cuenta, por ejemplo, de que su mentalidad es la misma mentalidad mecánica de los alemanes actuales, mientras que la escuela clásica –aunque sea con errores, ridiculeces y vacuidades-, tal como se encuentra in nuce en los libros de Schultz, sigue el ideal humano de Goethe y de Winckelmann, que eran alemanes como podían ser italianos o franceses o ingleses.

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 133-135; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 91-93; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 458-461] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La defensa de Schultz

LA INDIFERENCIA

 

ANTONIO GRAMSCI

 

Avanti!, XX, 237, 26 agosto 1916

Es en verdad el muelle más fuerte de la historia. Pero al revés. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto de valor general puede producir, no se debe tanto a la iniciativa de los pocos que actúan, como a la indiferencia, al absentismo de la mayoría. Lo que sucede, no sucede tanto porque algunos quieran que suceda, como porque la mayoría de los ciudadanos abdica de su voluntad, y deja hacer, y deja que se formen los nudos que después sólo la espada puede cortar, y deja subir al poder a los hombres que después sólo un amotinamiento puede hacer caer. La fatalidad que parece dominar la historia es precisamente la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este absentismo. Los hechos maduran en la sombra porque manos no vigiladas por ningún control tejen la tela de la vida colectiva, y la masa lo ignora. Los destinos de una época son manipulados según visiones restringidas, según los fines inmediatos de pequeños grupos activos, y la masa de los ciudadanos lo ignora. Pero los hechos que han madurado acaban saliendo a la luz, pero la tela tejida en la sombra acaba terminándose, y entonces parece que la fatalidad lo arrolla todo y a todos, que la historia no es más que un enorme fenómeno natural, una erupción, un terremoto, del que acaban siendo víctimas todos, quien ha querido y quien no ha querido, quien sabía y quien no sabía, quien había sido activo y quien era indiferente. Y este último se irrita, querría sustraerse a las consecuencias, querría que quedase claro que él no ha querido, que él no es responsable. Algunos lloriquean piadosamente y otros maldicen obscenamente, pero ninguno, o pocos, se preguntan: si hubiese también yo hecho mi deber de hombre, si hubiese intentado hacer valer mi voz, mi parecer, mi voluntad, ¿habría sucedido lo que ha sucedido? Pero ninguno, o pocos, se echan la culpa por su indiferencia, por su escepticismo, por no haber dado su apoyo moral y material a aquellos grupos políticos y económicos que combatían, precisamente, para evitar ese mismo mal; que se proponían conseguir ese mismo bien. Ellos, en cambio, prefieren hablar de fracaso de las ideas, de programas definitivamente hundidos y de otras bromas semejantes. Continúan con su indiferencia, con su escepticismo. Mañana continuarán con su vida de rechazo de cualquier responsabilidad directa o indirecta. Y no hay que pensar que no vean claras las cosas, que no sean capaces de presentarnos bellísimas soluciones a los problemas más urgentes […]. Pero estas soluciones siguen siendo bellísimamente infecundas, pero esta contribución a la vida colectiva no está animada de ninguna luz moral; es consecuencia de una curiosidad intelectual, no de un punzante sentido de la responsabilidad histórica que quiere que todos sean activos en la vida, en la acción, que no admite agnosticismos ni indiferencias de ningún tipo. Tenemos, por eso, que educar una sensibilidad nueva, tenemos que acabar con los lloriqueos vanos de los eternos inocentes. Hay que pedir cuentas a cada cual de cómo ha desarrollado la tarea que la vida le ha planteado y le plantea cotidianamente, de lo que ha hecho y, especialmente, de lo que no ha hecho. Es necesario que la cadena social no pese sólo sobre unos pocos, que no parezca que todo lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino que sea considerado obra inteligente de los seres humanos. Y por eso es necesario que desaparezcan los indiferentes, los escépticos, los que gozan del poco bien que la actividad de unos pocos procura, y no quieren tomar sobre sí la responsabilidad del mucho mal que, por su ausencia de la lucha, dejan que se prepare y que suceda.

[El artículo “L’indifferenza” aparece recogido en Sotto la mole. 1916-1929, Turín, Einaudi, 1972, 228-229, y en Cronache torinesi 1913-117, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 509-510] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La indiferencia

LA UNIVERSIDAD POPULAR

  ANTONIO GRAMSCI

 Avanti!, XX, 355, 29 diciembre 1916

 Tenemos aquí delante el programa de la Universidad popular para el primer período 1916-1917. Cinco cursos: tres dedicados a las ciencias naturales, uno de literatura italiana, uno de filosofía. Seis conferencias sobre diversos temas: de ellas, sólo dos dan, por el título, alguna certeza de seriedad. Nos preguntamos, a veces, por qué en Turín no ha sido posible asegurar un organismo para la divulgación de la cultura, por qué la Universidad popular sigue siendo la mísera cosa que es, y no ha logrado imponerse a la atención, al respeto, al amor del público; por qué no ha conseguido formarse un público. La respuesta no es fácil, o es demasiado fácil. Problema de organización, sin duda, y de criterios informativos. La mejor respuesta debería consistir en hacer algo mejor, en la demostración concreta de que se puede hacer mejor y de que es posible reunir un público en torno a un foco de cultura, con tal de que ese foco sea vivo y caliente de verdad. En Turín, la Universidad popular es una llama fría. No es ni universidad, ni popular. Sus dirigentes son unos aficionados en el asunto de la organización de la cultura. Lo que les hace actuar es un blando y pálido espíritu de beneficencia, no un deseo vivo y fecundo de contribuir a la elevación espiritual de la multitud a través de la enseñanza. Como en los institutos de beneficencia vulgar, ellos en la escuela distribuyen bolsas de víveres que llenan el estómago, producen tal vez indigestiones, pero no dejan rastro, pero no van seguidos de una vida nueva, de una vida distinta. Los dirigentes de la Universidad popular saben que la institución que dirigen debe servir para una determinada categoría de personas, que no ha podido seguir los estudios regulares en las escuelas. Y esto es todo. No se preocupan de cómo esta categoría de personas pueda ser acercada al mundo del conocimiento del modo más eficaz. Encuentran un modelo en los institutos de cultura ya existentes: lo copian, lo empeoran. Hacen más o menos este razonamiento: quien frecuenta los cursos de la Universidad popular tiene la edad y la formación general de quien frecuenta las universidades públicas, por tanto, démosle un sucedáneo de éstas. Y desatienden a todo el resto. No piensan que la universidad es la desembocadura natural de todo un trabajo precedente: no piensan que el estudiante, cuando llega a la universidad, ha pasado por las experiencias de las escuelas medias y éstas han disciplinado su espíritu de investigación, han refrenado con el método sus impulsos de aficionado, en suma, ha llegado a ser, y se ha espabilado lenta, tranquilamente, cayendo en errores y levantándose, titubeando y volviendo a tomar el camino recto. No comprenden estos dirigentes que las nociones, arrancadas por todo este trabajo individual de investigación, no son si más ni menos que dogmas, que verdades absolutas. No comprenden que la Universidad popular, así como ellos la dirigen, se reduce a una enseñanza teológica, a una renovación de la escuela jesuítica, en la cual el conocimiento se presenta como algo definitivo, apodícticamente indiscutible. Eso no se hace ni siquiera en las universidades públicas. Ahora estamos persuadidos de que una verdad es fecunda sólo cuando se ha hecho un esfuerzo para conquistarla. Que no existe en sí y por sí, sino que ha sido una conquista del espíritu; que en cada individuo es necesario que se reproduzca aquel estado de ansia que ha atravesado el estudioso antes de alcanzarla.Y, por tanto, los enseñantes que son maestros dan en la enseñanza una gran importancia a la historia de su materia. Esta representación en acto para los oyentes de la serie de esfuerzos, de los errores y las victorias a través de los cuales los seres humanos han pasado para alcanzar el actual conocimiento, es mucho más educativa que la exposición esquemática de este mismo conocimiento. Forma al estudioso, da a su espíritu la elasticidad de la duda metódica que convierte al aficionado en una persona seria, que purifica la curiosidad, vulgarmente entendida, y la hace convertirse en estímulo sano y fecundo de un conocimiento cada vez mayor y más perfecto. Quien escribe estas notas habla un poco también por experiencia personal. De su aprendizaje universitario, recuerda con más intensidad aquellos cursos en los que el enseñante le hizo sentir el trabajo de investigación a través de los siglos para conducir a su perfección el método de investigación. Para las ciencias naturales, por ejemplo, todo el esfuerzo que ha costado liberar el espíritu de los seres humanos de los prejuicios y de los apriorismos divinos o filosóficos para llegar a la conclusión de que las fuentes de agua tienen su origen en la precipitación atmosférica y no en el mar. Para la filología, cómo se ha llegado al método histórico a través de las tentativas y los errores del empirismo tradicional, y cómo, por ejemplo, los criterios y las convicciones que guiaban a Francesco de Sanctis al escribir su historia de la literatura italiana no eran más que verdades que venían afirmándose a través de fatigosas experiencias e investigaciones, que liberaron a los espíritus de las escorias sentimentales y retóricas que habían contaminado en el pasado los estudios de literatura. Y así para las otras materias. Esta era la parte más vital del estudio: este espíritu recreador, que hacía asimilar los datos enciclopédicos, que los fundía en una llama ardiente de nueva vida individual.

La enseñanza, desarrollada de ese modo, se convierte en un acto de liberación. Posee la fascinación de todas las cosas vitales. Ese modo de enseñanza, debe afirmar especialmente su eficacia en las Universidades populares, cuyos asistentes carecen precisamente de la formación intelectual que es necesaria para poder encuadrar en un todo organizado cada uno de los datos de la investigación. Para ellos, especialmente, lo que es más eficaz e interesante es la historia de la investigación, la historia de esa enorme epopeya del espíritu humano, que lenta, paciente, tenazmente toma posesión de la verdad, conquista la verdad. Cómo desde el error se llega a la certeza científica. Es el camino que todos deben recorrer. Mostrar cómo lo han recorrido los demás es la enseñanza más fecunda en resultados. Es, entre otras cosas, una lección de modestia, que evita que se forme la muy fastidosa caterva de sabelotodos, de esos que creen haber llegado al fondo del universo cuando su memoria feliz ha conseguido encasillar en sus repertorios un cierto número de fechas y de nociones particulares.

Pero las Universidades populares, como la de Turín, prefieren tener más bien los cursos inútiles y fastidiosos sobre “El alma italiana en el arte literario de la últimas generaciones”, o lecciones sobre “la conflagración europea juzgada por Vico”, en las cuales se atiene más al lustre que a la eficacia, y la personita pretenciosa del conferenciante aplasta la obra modesta del maestro, que sabe bien hablar a los incultos.

             [Recogido en Scritti giovanili, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 61-64; La formazione dell’ uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 87-89; Cronache torinesi 1913-1917, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 673-676] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, La Universidad popular

¿SERES HUMANOS O MÁQUINAS?

  ANTONIO GRAMSCI

  Avanti!, ediz. piamontese, XX, 351 (24 diciembre 1916)

 La breve discusión desarrollada en la última asamblea entre nuestros compañeros y algunos representantes de la mayoría, a propósito de los programas para la enseñanza profesional, merece ser comentada, aunque sea brevemente y en forma de compendio. La observación del compañero Zini (“La corriente humanística y la profesional chocan todavía en el campo de la enseñanza popular: hay que lograr fundirlas, pero no hay que olvidar que antes que el obrero está aún el ser humano, al que no hay que impedir la posibilidad de vagar por los más amplios horizontes del espíritu, para esclavizarlo inmediatamente a la máquina”) y las protestas del consejero Sincero contra la filosofía (la filosofía encuentra adversarios especialmente cuando afirma verdades que afectan a los intereses particulares) no son simples episodios polémicos ocasionales: son choques necesarios entre quienes representan principios fundamentalmente distintos.

1. Nuestro partido no se ha afirmado todavía sobre un programa educativo concreto que se diferencie de los habituales. Hasta ahora nos hemos contentado con afirmar el principio general de la necesidad de la cultura (elemental,  profesional o superior), y este principio lo hemos desarrollado y lo hemos propagado con vigor y energía. Podemos afirmar que la disminución del analfabetismo en Italia no se debe, tanto a la ley sobre la instrucción obligatoria, cuanto a la vida espiritual, al sentimiento de determinadas necesidades de la vida interior, que la propaganda socialista ha sabido suscitar en los estratos proletarios del pueblo italiano. Pero no hemos ido más allá. La escuela en Italia sigue siendo un organismo puramente burgués, en el peor sentido de la palabra. La enseñanza media y superior, que es estatal, es decir, que se paga con los ingresos generales, y, por tanto, también con los impuestos directos pagados por el proletariado, no puede ser frecuentada más que por los jóvenes hijos de la burguesía, que gozan de la independencia económica necesaria para la tranquilidad de los estudios. Un proletario, aunque inteligente, aunque posea todos los requisitos necesarios para llegar a ser una persona culta, es obligado a quemar sus cualidades en actividades diferentes, o a convertirse en un refractario, un autodidacta, es decir (hechas las debidas excepciones), un ser humano a medias, un ser humano que no puede dar todo lo que habría podido si se hubiese completado y robustecido en la disciplina de la escuela. La cultura es un privilegio. La escuela es un privilegio. Y no queremos que sea así. Todos los jóvenes debieran ser iguales ante la cultura. El Estado no debe pagar con el dinero de todos la enseñanza también para los mediocres y deficientes, hijos de familias pudientes, mientras excluye de la misma a los inteligentes y capaces, hijos de proletarios. La enseñanza media y superior debe organizarse sólo para quienes sepan demostrar que son dignos de ella. Si es de interés general que exista, y que sea quizás sostenida y regulada por el Estado, es también de interés general que puedan acceder a ella todos los inteligentes, cualquiera que sean sus posibilidades económicas. El sacrificio de la colectividad se justifica sólo cuando va en beneficio de quien se lo merece. El sacrifico de la colectividad, por eso, debe servir especialmente para dar a las valiosas aquella independencia económica que es necesaria para poder tranquilamente dedicar el tiempo propio al estudio y para poder estudiar seriamente.

2. El proletariado, que está excluido de los centros de cultura media y superior por las actuales condiciones de la sociedad, que determinan una cierta especialización de los seres humanos, que no es natural porque no está basada en las distintas capacidades, y por tanto destructora y contaminadora de la producción, debe desviarse a las escuelas colaterales: técnicas y profesionales. Las técnicas, instituidas con criterio democrático por el ministro Casati, han experimentado una transformación, por las necesidades antidemocráticas del presupuesto estatal, que las ha desnaturalizado en buena medida. En gran parte se han convertido ya en añadidos superfluos de las escuelas clásicas y en un desahogo inocente de la empleomanía pequeño-burguesa. Las tasas de matrícula en continuo ascenso, y las posibilidades que ofrecen para la vida práctica, han hecho también de ellas un privilegio, y, por lo demás, el proletariado está excluido de ellas, en su mayor parte, automáticamente, por la vida incierta y azarosa que se ve obligado a llevar el asalariado; vida que no es, ciertamente, la más propicia para seguir con fruto un curso de estudio.

3. El proletariado necesita una escuela desinteresada. Una escuela en la cual se le dé al niño la posibilidad de formarse, de convertirse en ser humano, de adquirir los criterios generales que sirven para el desarrollo del carácter. Una escuela humanística, en suma, como la entendían los antiguos y los más recientes hombres del Renacimiento. Una escuela que no hipoteque el porvenir del niño y que no fuerce su voluntad, su inteligencia, su conciencia en formación a moverse dentro de una vía de estación prefijada. Una escuela de libertad y de libre iniciativa, y no una escuela de esclavitud y de mecanicidad. También los hijos de los proletarios deben tener ante sí todas las posibilidades, todos los campos libres para poder realizar la propia individualidad del modo mejor y, por eso, del modo más productivo para ellos y para la colectividad. La escuela profesional no debe convertirse en una incubadora de pequeños monstruos áridamente instruidos para un oficio, sin ideas generales, sin cultura general, sin alma, sino sólo dotados del ojo infalible y de la mano firme. También a través de la cultura profesional se puede hacer brotar, a partir del niño, al ser humano adulto. Con tal de que sea cultura educativa y no sólo informativa, o no sólo práctica manual. El consejero Sincero, que es un industrial, es un burgues demasiado mezquino cuando protesta contra la filosofía.

Ciertamente, para los industriales mezquinamente burgueses puede ser más útil disponer de obreros-máquinas en vez de obreros-hombres. Pero los sacrificios a los que toda la colectividad se somete voluntariamente, para mejorarse y hacer brotar de su seno los mejores y más perfectos seres humanos que la eleven aún más, deben derramarse benéficamente sobre toda la colectividad y no sólo sobre una categoría o una clase.

Es un problema de derecho y de fuerza. Y el proletariado debe estar alerta, para no sufrir otro atropello después de los muchos que ya sufre.

[Recogido en: Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 57-59; La formazione dell’ uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 84-86; Cronache torinesi 1913-1917, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 669-672] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, ¿Seres humanos o máquinas?

SOCIALISMO Y CULTURA

ANTONIO GRAMSCI

Il Grido del Popolo, 601, 29 enero 1916

Hemos encontrado hace poco un artículo en el que Enrico Leone, de esa forma complicada y nebulosa que lo caracteriza demasiado a menudo, repetía algunos lugares comunes sobre la cultura y el intelectualismo en relación con el proletariado, oponiéndoles la práctica, el hecho histórico, mediante los cuales la clase está preparándose con sus propias manos el porvenir. No creemos inútil volver sobre el tema […].

Recordemos dos pasajes: uno de un romántico alemán, Novalis (que vivió entre 1772 y 1801), dice: “El supremo problema de la cultura es el de adueñarse del propio yo trascendental, el de ser al mismo tiempo el yo del propio yo. Por eso sorprende poco la falta de sentido y de inteligencia completa de los demás. Sin una perfecta comprensión de nosotros mismos, no se podrá verdaderamente conocer a los demás”.

El otro, que resumimos, es de G. B. Vico. Vico […] da una interpretación política del famoso dicho de Solón, que después Sócrates hizo suyo en cuanto a la filosofía: “Conócete a ti mismo”, sosteniendo que Solón quiso con aquel dicho exhortar a los plebeyos (que se creían de origen bestial y pensaban que los nobles eran de origen divino) a que reflexionaran sobre sí mismos para reconocerse de igual naturaleza humana que los nobles, y, por tanto, a que trataran de ser igualados con ellos en el derecho civil. Y fija después, en esta conciencia de igualdad humana entre plebeyos y nobles, la base y la razón histórica del surgimiento de las repúblicas democráticas de la antigüedad.

No hemos puesto juntos sin pensar estos dos fragmentos En ellos nos parece que están delineados […] los límites y los principios sobre los que debe fundarse una justa comprensión del concepto de cultura, también en relación con el socialismo.

Hay que deshabituarse y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico, en el que el ser humano no es visto más que bajo la forma de recipiente que hay que llenar de datos empíricos, de hechos en bruto y desconectados que él después deberá encasillar en su cerebro como en las columnas de un diccionario, para poder responder después, en cada ocasión, a los diversos estímulos del mundo externo. Esta forma de cultura es verdaderamente dañina, en especial para el proletariado. Sirve sólo para crear marginados, gente que cree ser superior al resto de la humanidad porque ha acumulado en la memoria una cierta cantidad de datos y de fechas, que suelta en cada ocasión para hacer de ello casi una barrera entre sí mismos y los demás. Sirve para crear aquel cierto intelectualismo incoloro y sin sustancia, tan bien fustigado a sangre por Romain Rolland, que ha parido toda una caterva de presuntuosos y delirantes, más deletéreos para la vida social de cuanto lo puedan ser los microbios de la tuberculosis o de la sífilis para la belleza y la salud física de los cuerpos. El estudiantillo que sabe algo de latín y de historia, el abogadillo que ha logrado arrancar una birria de título a la desidia y al dejar pasar de los profesores, creerán que son distintos y superiores incluso al mejor obrero especializado que realiza en la vida una tarea bien precisa e indispensable, y que, en su actividad, vale cien veces más de cuanto valgan los otros en la suya. Pero ésta no es cultura, es pedantería; no es inteligencia […], y contra ella se reacciona con mucha razón.

La cultura es algo muy distinto. Es organización, disciplina del propio yo interior, es toma de posición de la propia personalidad, es conquista de una conciencia superior, por la cual se alcanza a comprender el propio valor histórico, la propia función en la vida, los propios derechos y los propios deberes. Pero todo esto no puede suceder por evolución espontánea, por acciones y reacciones independientes de la propia voluntad, como sucede en la naturaleza vegetal y animal, en la cual cada individuo selecciona y especifica los propios órganos inconscientemente, por ley fatal de las cosas. El ser humano es sobre todo espíritu, es decir, creación histórica, y no naturaleza. No se explicaría, si no, por qué, habiendo existido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y consumidores egoístas de ella, no se haya realizado aún el socialismo. Sucede que sólo de grado en grado, de estrato en estrato, la humanidad ha adquirido conciencia de su propio valor y ha conquistado para sí el derecho de vivir con independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se habían afirmado historicamente antes. Y esta conciencia se ha formado, no bajo el acicate brutal de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente, primero de algunos sólo y después de toda una clase, sobre las razones de ciertos hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, en vez de en ocasión para el vasallaje, en señal de rebelión y de reconstrucción social. Esto quiere decir que toda revolución ha sido precedida de un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de difusión de ideas a través de agregados de seres humanos, primero refractarios y preocupados sólo en resolver día a día, hora a hora, el propio problema económico y político por sí mismos, sin lazos de solidaridad con los demás que se encontraban en las mismas condiciones. El último ejemplo, el más cercano a nosotros y por eso menos distinto del nuestro, es el de la Revolución Francesa. El período cultural anterior, llamado de la Ilustración, tan difamado por los fáciles críticos de la razón teorética, no fue, en modo alguno, o al menos no lo fue completamente, aquel mariposeo de superficiales inteligencias enciclopédicas que discurrían de todo y de todos con igual imperturbabilidad, que creían ser hombres de su tiempo sólo después de haber leído la Gran Enciclopedia de D’Alembert y Diderot; no fue, en suma, sólo un fenómeno de intelectualismo pedantesco y árido, semejante al que vemos delante de nuestros ojos, y que encuentra su mayor desempeño en la Universidades populares de ínfimo orden. Fue él mismo una magnífica revolución, por la cual, como nota agudamente De Sanctis en la Historia de la literatura italiana, se formó en toda Europa una suerte de conciencia unitaria, una internacional espiritual burguesa sensible en todas partes a los dolores y desgracias comunes, y que fue la mejor preparación para la revuelta sangrienta que tuvo lugar después en Francia.

En Italia, en Francia, en Alemania se discutían las mismas cosas, las mismas instituciones, los mismos principios. Cada nueva comedia de Voltaire, cada nuevo pamphlet era como la chispa que pasaba por los hilos ya tendidos entre Estado y Estado, entre región y región, y encontraba los mismos partidarios y los mismos opositores, por todas partes y al mismo tiempo. Las bayonetas de los ejércitos napoleónicos encontraban el camino ya allanado por un ejército invisible de libros, de opúsculos, que habían salido a montones de París desde la primera mitad del siglo XVIII, y que habían preparado a seres humanos y a instituciones para la renovación necesaria. Más tarde, cuando los hechos de Francia hubieron unido ya las conciencias, bastaba un movimiento popular en París para suscitar otros semjantes en Milán, en Viena y en los más pequeños centros. Todo esto parece natural, espontáneo, a los facilones, y, en cambio, sería incomprensible si no se conocieran los factores de cultura que contribuyeron a crear aquellos estados de ánimo preparados para las explosiones por una causa que se creía común.

El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. Es a través de la crítica de la civilización capitalista como se ha formado o se está formando la conciencia unitaria del proletariado, y crítica quiere decir cultura, y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir, precisamente, aquella conciencia del yo que Novalis proponía como finalidad de la cultura. Yo que se opone a los demás, que se diferencia y, habiéndose creado una meta, juzga los hechos y los sucesos, además de en sí y por sí, también como valores de empuje o de rechazo. Conocerse a sí mismo quiere decir ser uno mismo, quiere decir ser dueño de uno mismo, distinguirse, salir fuera del caos, ser un elemento de orden, pero del propio orden y de la propia disciplina hacia un ideal. Y no se puede obtener esto si no se conoce también a los demás, su historia, la sucesión de los esfuerzos que han realizado para ser lo que son, para crear la civilización que han creado y que nosotros queremos sustituir por la nuestra. Quiere decir tener nociones de qué es la naturaleza y sus leyes, para conocer las leyes que gobiernan el espíritu. Y aprenderlo todo sin perder de vista el objetivo último, que consiste en conocerse mejor a sí mismo a través de los otros y a los otros a través de uno mismo.

Si es verdad que la historia universal es una cadena de los esfuerzos que el ser humano ha hecho para liberarse de los privilegios, de los prejuicios y de las idolatrías, no se entiende por qué el proletariado, que quiere añadir otro eslabón a esa cadena, no deba saber cómo, por qué y por quién ha sido precedido, y qué utilidad puede sacar de este conocimiento.

Recogido en: Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 22-26; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 80-83; y Cronache torinesi 1913-1917, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1980, 99-103. [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Socialismo y cultura