DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO

Antonio Gramsci

IX

[Cultura, educación, escuela: la tarea comunista]

 

[L’Ordine Nuovo, I, 15, 23 agosto 1919]

Damos comienzo en este número [de nuestra revista] a la publicación de un breve estudio del compañero Aldo Oberdorfer, de Trieste, sobre Leonardo da Vinci, escrito con ocasión de su cuarto centenario, que cae en este año. Estamos seguros de que nuestros lectores y amigos no se sorprenderán de este hecho, que no representa una revocación de nuestro programa, sino la realización de una parte de él, que estaba desde el principio muy clara en nuestras intenciones.

Hemos aludido ya en otras ocasiones al modo como creemos que debería hacerse un periódico o, mejor, una revista comunista de cultura. Ésta debe tender a convertirse, aunque pequeña, en una obra completa, e incluso si no puede alcanzar a satisfacer todas las necesidades intelectuales del núcleo de hombres que no sólo la leen sino que la sostienen con su consenso, y viven en torno a ella y le comunican un poco de su vida, esa revista debe tratar de hacer, sí, que en sus páginas todos encuentren lo que les interesa y les apasiona, y lo que los alivia del peso cotidiano del trabajo, de la lucha económica, del debate político. La revista debería incitar, al menos, a un desarrollo completo de las propias facultades mentales, a una vida más alta y plena, más rica de razones ideales y de armonía; debería dar el estímulo para un enriquecimiento de la propia personalidad. ¿Por qué no podríamos comenzar nosotros, con nuestras modestas fuerzas, en medio del grupo de jóvenes que nos siguen con fe y con esperanza, la obra que será la de la escuela, de nuestra escuela de mañana?

Porque la escuela socialista, cuando surja, surgirá necesariamente como una escuela completa, tenderá a abrazar, inmediatamente, todos los ramos del saber humano. Será una necesidad práctica y será una exigencia ideal. ¿No es ya el momento de los obreros, a quienes la lucha de clase ha dado un sentido nuevo de dignidad y de libertad, que, cuando leen los cantos de los poetas u oyen pronunciar los nombres de los artistas y de los pensadores, se preguntan con pesadumbre: “Por qué la escuela no nos ha enseñado estas cosas también a nosotros”? Pero consuélense éstos: la escuela, como se la ha hecho funcionar en los últimos diez años, como se la hace funcionar en este momento por la clase que nos dirige, no enseña ya nada a nadie, o bien poco. La tarea educativa tiende ahora a realizarse por otras vías, libremente, a través de asociaciones espontáneas de hombres animados por el deseo común de mejorarse a sí mismos. ¿Por qué un periódico no podría convertirse en el centro de uno de esos grupos? También en este terreno, el Estado de los burgueses está a punto de fracasar. La antorcha de la ciencia ha caído de sus manos, agotadas en el solo esfuerzo de acumular riquezas para beneficio privado, como ha caído de ellas la lámpara sagrada de la vida. Nuestra es la obligación de recogerla, de hacerla brillar con una luz nueva.

Hay, en realidad, en el cúmulo de nociones transmitidas por un milenario trabajo de pensamiento, elementos que tienen un valor eterno, que no pueden, que no deben perecer. Uno de los más graves signos de la degradación a la que nos ha conducido el régimen burgués consiste en el hecho de que se pierde la conciencia de estos valores; todo se convierte en objeto de comercio y en instrumento de guerra.

El proletariado, una vez conquistado el poder social, deberá ponerse manos a la obra para reconquistar, para restituir en su integridad, para sí y para la humanidad, el devastado reino del espíritu. Esto estan haciendo hoy, guiados por Máximo Gorki, los obreros de Rusia, esto se debe comenzar a hacer por todas partes donde el proletariado está cerca de haber alcanzado la madurez que es necesaria para la transformación social. Lo que ha venido a menos en lo alto debe resurgir más fuerte desde abajo.

[Recogido en L’Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 451-453; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 118-120; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [Cultura, educación, escuela: la tarea comunista]

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PRIMERO LIBRES

 

ANTONIO GRAMSCI

Il Grido del Popolo, 736, 31 agosto 1918

No es ésta, ciertamente, la tesis que el Grido ha sostenido siempre, y los lectores que nos han seguido pueden ver fácilmente dónde está la debilidad del artículo de Leonetti (1).

Leonetti abstrae de la organización, es decir, del fenómeno social a través del cual el socialismo se pone en práctica. Y no considera que la organización es, a fin de cuentas, un modo de ser que determina una forma de conciencia; aquella forma de conciencia que Leonetti supone que no podrá desarrollarse hasta que no seamos “libres”, hasta que no hayamos conquistado los poderes del Estado e instaurado la dictadura del proletariado.

Leonetti, pues, habla de “nosotros” y del “pueblo”, como de dos entidades escindidas: nosotros (¿quién si no?), el partido de acción; el pueblo, rebaño de ciegos e ignorantes. Y entiende partido de acción como lo entendían los carbonarios de 1848, no como es modernamente, como lo forja la lucha política moderna, hecha de publicidad, en la cual participan multitudes innumerables, y no sedicioso choque de cuatro conjurados con cuatro policías.

El problema para los socialistas es otro. Por lo que se refiere al desarrollo de la individualidad, la cuestión ha sido planteada con rigor y precisión por Carena (2). Pero para nosotros es también, y especialmente, un problema social, y, en este sentido, sólo puede ser resuelto con la organización.

El individualismo económico del régimen capitalista determina el asociacionismo político. Esta necesidad, inherente a ese régimen, Marx la ha sintetizado en el grito “¡Proletarios de todo el mundo, uníos!”. Marx ha hecho de la necesidad un acto de la voluntad, de la oscura y vaga carencia una consciencia crítica: el instinto se ha convertido y sigue convirtiéndose, a través de la propaganda socialista, en espiritualidad, en voluntad. La “unión” no es sólo acercamiento de cuerpos físicos: es comunión de espíritus, es colaboración de pensamiento, es mutuo apoyarse en el trabajo de perfeccionamiento individual, es educación recíproca y recíproco control.

Esta actividad implícita en la organización económica y política tiende a convertirse ella misma en específica, a asumir forma propia. El movimiento socialista se desarrolla, agrupa multitudes, cuyos individuos están preparados en distinto grado para la convivencia social en el régimen futuro. Tanto menor es entre nosotros esta preparación cuanto que Italia no ha pasado por la experiencia liberal, ha conocido poca libertad, y el analfabetismo está todavía hoy más difundido de lo que dicen las estadísticas.

Mayor es en el proletariado organizado el deber de educarse, de extraer de su agrupación el prestigio necesario para asumir la gestión social sin la preocupación de revueltas vandeanas que destruyan las conquistas del partido de acción.

La educación, la cultura, la organización extendida del saber y de la experiencia, es la independencia de las masas respecto de los intelectuales. La fase más inteligente de la lucha contra el despotismo de los intelectuales de carrera y de las competencias por derecho divino se organiza mediante el trabajo para intensificar la cultura, para profundizar la consciencia. Y este trabajo no se puede dejar para mañana, para cuando seamos libres políticamente. Es él mismo libertad, es él mismo estímulo para la acción y condición de la acción. La conciencia de la propia falta de preparación, el temor de fracasar en la prueba de la reconstrucción ¿no son quizás las más férreas de las trabas que entorpecen la acción? Y no puede ser de otra manera; socialismo es organización, y no sólo organización política y económica, sino también y especialmente de saber y de voluntad, lograda a través de la actividad cultural.

(1) Gramsci sitúa esta nota de comentario a continuación de un artículo de Alfonso Leonetti que negaba la eficacia de la educación y de la propaganda socialista, y sostenía la necesidad de pasar enseguida a la acción directa. […] [Nota de Giovanni Urbani]

(2) El artículo de Attilio Carena, titulado “¡Libera tu voluntad!”, se publica en el mismo número del Grido del Popolo y precede al de Leonetti. [Nota de Giovanni Urbani]

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 300-302; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 105-106; e Il nostro Marx 1918-1919, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1984, 274-276] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Primero libres

CULTURA Y LUCHA DE CLASE

 ANTONIO GRAMSCI

Il Grido del Popolo, XXIII, 722, 25 mayo 1918

La Giustizia de Camillo Prampolini ofrece a sus lectores una reseña de las opiniones expresadas por el semanario socialista sobre la polémica entre la dirección del Avanti! y el grupo parlamentario. El último capítulo de la reseña se titula chistosamente “Los intérpretes del proletariado”, y explica:

“La Difesa de Florencia y el Grido de Turín, los dos exponentes más rígidos y culturales de la doctrina intransigente, desarrollan largas consideraciones teóricas que nos es imposible resumir y que, de todos modos, sería poco útil reproducir, porque –aunque esos dos periódicos afirmen que son los genuinos intérpretes del proletariado y que tienen consigo a la gran masa- nuestros lectores no serían lo bastante cultos como para comprender su lenguaje”.

Y la implacable Giustizia, para que no se diga que “ironiza malignamente”, cita a continuación dos pasajes extraídos de un artículo del Grido (1), para concluir: “Más proletariamente claros que así no se podría ser”.

El compañero Prampolini nos ofrece el punto de partida para tratar una cuestión de no pequeña importancia en relación con la propaganda socialista. Admitamos que el artículo del Grido fuese el non plus ultra de la dificultad y de la oscuridad proletaria. ¿Habríamos podido escribirlo de otra manera? Se trataba de una respuesta a un artículo de la Stampa, y en ese artículo se hacía uso de un preciso lenguaje filosófico, que no era una cosa superflua ni una pose, ya que toda corriente de pensamiento tiene su lenguaje particular y su vocabulario particular. En la respuesta debíamos permanecer en el campo de pensamiento del adversario, debíamos demostrar que también, más aún precisamente para aquella corriente de pensamiento (que es la nuestra, que es la corriente de pensamiento del socialismo no chapucero ni infantilmente pueril), la tesis colaboracionista era un error. Para ser fáciles habríamos debido desnaturalizar, empobrecer un debate que tenía que ver con conceptos de la máxima importancia, sobre la sustancia más íntima y más preciosa de nuestro espíritu. Hacer eso no es ser fácil: significa defraudar, tal como hace el vinatero que vende agua coloreada por barolo o lambrusco. Un concepto que sea difícil de por sí no puede hacerse fácil en la expresión sin que se transforme en una desvergüenza. Y, por otra parte, hacer como que la desvergüenza es siempre ese concepto es propio de viles demagogos, de estafadores de la lógica y de la propaganda.

¿Por qué, pues, Camillo Prampolini practica la ironía fácil sobre los “intérpretes” del proletariado que no se hacen comprender por los proletarios? Porque Prampolini, con todo su buen sentido y su practiconería, es un abstractista. El proletariado es un esquema práctico, en la realidad existen los proletarios individuales más o menos cultos, más o menos preparados por la lucha de clase a la comprensión de los más exquisitos conceptos socialistas. Los semanarios socialistas se adaptan al nivel medio de las clases de cada región a las cuales se dirigen; el tono de los escritos y de la propaganda, sin embargo, debe ser siempre un poquito superior a esta media, para que sea un estímulo al progreso intelectual, para qué al menos un cierto número de trabajadores salga de la general indistinción de las rumiaduras de folletitos, y consolide su espíritu en una visión crítica superior de la historia y del mundo en el que vive y lucha.

Turín es una ciudad moderna. La actividad capitalista late en ella con el fragor gigantesco de fábricas ciclópeas que condensan, en unos pocos miles de metros cuadrados, decenas y decenas de miles de proletarios. Turín tiene más de medio millón de habitantes; la humanidad se divide ahí en dos clases con caracteres distintivos como no existen en otro lugar de Italia. No tenemos democráticos, nos tenemos reformistillas que nos fastidien. Tenemos una burguesía capitalista audaz, desvergonzada; tenemos organizaciones poderosas; tenemos un movimiento socialista complejo, variado, rico de impulsos y de necesidades intelectuales.

¿Cree el compañero Prampolini que en Turín los socialistas deben llevar a cabo la propaganda soplando la zampoña pastoril, hablando idílicamente de bondad, de justicia, de fraternidad arcádica? Aquí la lucha de clase vive en toda su ruda grandeza, no es una ficción retórica, no es una ampliación de los conceptos científicos y previsores a fenómenos sociales todavía en germen y en maduración.

Es cierto que también en Turín la clase proletaria se amplía continuamente con nuevos individuos, no elaborados espiritualmente, incapaces de comprender todo el alcance de la explotación a la que están sometidos. Para ellos, sería necesario comenzar siempre desde los primeros principios, desde la propaganda elemental. Pero, ¿y los otros? ¿Y los proletarios ya intelectualmente adelantados, ya acostumbrados al lenguaje de la crítica socialista? ¿A quién hay que sacrificar, a quién debemos dirigirnos? El proletariado es menos complicado de lo que puede parecer. Se ha formado una jerarquía espiritual y cultural espontáneamente, y la educación mutua opera allí donde no puede llegar la actividad de los escritores y de los propagandistas. En los círculos, en las agrupaciones, en las conversaciones delante de la fábrica se desmenuza, se divulga, se vuelve dúctil y plástica para todos los cerebros, para todas las culturas, la palabra de la crítica socialista. En un ambiente complejo y variado como es el de una gran ciudad industrial, se promueven espontáneamente los órganos de transmisión capilar de las opiniones que la voluntad de los dirigentes no conseguiría nunca constituir y crear.

Y en cuanto a nosotros: ¿se debería permanecer siempre en las geórgicas, en el socialismo agreste e idílico? ¿Se debería siempre, con monótona insistencia, repetir el abecedario, dado que hay siempre alguien que no conoce el abecedario?

Recordamos precisamente a un viejo profesor de universidad, que desde hacía cuarenta años habría debido desarrollar un curso de filosofía teórica sobre el “Ser evolutivo final”. Cada año comenzaba una “repaso” sobre los precursores del sistema, y hablaba de Laotsé, el viejo-niño, el hombre nacido a los ochenta años, de la filosofía china. Y cada año volvía de nuevo a hablar de Laotsé porque habían llegado nuevos estudiantes a su curso, y también ellos debían instruirse sobre Laotsé por boca del profesor. Y, así, el “Ser evolutivo final” se convirtió en una leyenda, una quimera evanescente, y la única realidad viva, para los estudiantes de muchas generaciones, fue Laotsé, el viejo-niño, el infantito nacido a los ochenta años.

Así es como sucede para la lucha de clase en la vieja Giustizia de Camillo Prampolini; también ella es una quimera evanescente, y cada semana es del viejo-niño del que se escribe en ella, que no madura nunca, que no evoluciona nunca, que no llega a ser nunca el Ser evolutivo final, en el que bien se esperaría que debiera finalmente desembocar después de tanta perseverante obra de educación evangélica.

(1) Los dos pasajes procedían del artículo “Abstractismo e intransigencia”, publicado en Il Grido del Popolo del 11 de mayo de 1918. [Nota de S. Caprioglio]

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 238-241; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 102-104; e Il nostro Marx 1918-1919, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1984, 48-51] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Cultura y lucha de clase

[PROFESIÓN, ESCUELA Y CONCIENCIA REVOLUCIONARIA]

      [Contra la existencia de una “educación subalterna” para los trabajadores]

 

ANTONIO GRAMSCI

 

L’Ordine Nuovo, II, 91, 10 abril 1922

[Nota de Giovanni Urbani:

En el Congreso de la Federación juvenil comunista de abril de 1922, Gramsci pronunció un discurso del que L’Ordine Nuovo diario dio un informe sumario, bastante esquemático, poco feliz estilísticamente, quizás no del todo fiel especialmente en la parte aquí citada, en que se llama la atención de los jóvenes sobre el problema de la escuela. El planteamiento se resiente de la implacable polémica antisocialista que en aquellos años dominaba también en los escritos de Gramsci. Así, se endurece, pero también se profundiza, la crítica a la posición “reformista” y “corporativa que el movimiento obrero tenía tradicionalmente sobre la “cuestión escolar”, y que, en sustancia, significaba la aceptación de una “educación subalterna” para las capas populares y, por tanto, la aceptación de la permanencia de las “dos culturas”.

Nueva, en cambio, es la alusión a la alianza socialista-popular sobre los problemas escolares, conectada a la perspectiva de una participación del partido socialista en el “gobierno de coalición democrática” auspiciado por Turati y que a nuchos les parecía inminente en los meses siguientes a la crisis del gobierno de Bonomi (enero de 1922). En realidad, durante aquellos años los socialistas permanecieron firmes en su vieja posición, que se limitaba a reivindicar la extensión de la escuela elemental-popular para los trabajadores, mientras, los católicos –con el Partido Popular- iniciaban aquella batalla por la “libertad de la escuela” que había de convertirlos en protagonistas en el combate con los laicos radicales, los nacionalistas y los neoidealistas, resultando al fin vencedores en la lucha por la sucesión a la efectiva dirección de la escuela italiana.

Por tanto, más que un giro programático, el planteamiento de los socialistas señala un agravamiento de su “negligencia” respecto de la cuestión escolar; negligencia que adquiere mayor relieve frente a la muy consciente y cualificada “presencia” de las otras fuerzas políticas. De significado polémico contingente parece, por tanto, la hipótesis gramsciana de una alianza socialista-popular, que, de hecho, no tendrá desarrollo posterior. Mientras, sigue siendo plenamente válido el juicio sobre la incapacidad de los socialistas de comprender la apuesta que se jugaba en la cuestión escolar; juicio que, a menudo retomado por Gramsci, está ya históricamente consolidado.]

Intervención en el Congreso de la Federación Juvenil [Fragmento]

[…] Hay en los reformistas italianos la tendencia a dar al movimiento sindical un carácter exclusivamente corporativista. La dificultad mayor que los comunistas deben superar, en el trabajo de conquistar los sindicatos, es la carencia de un verdadero espíritu sindical entre las masas. Y esto tiene que ver con el hecho de que en Italia falta una organización de los aprendices, que dé al obrero, desde su primera juventud, conciencia sindical y de clase.

Sólo ahora los reformistas se ocupan de las escuelas profesionales.

Los jóvenes obreros, una vez entran en el pequeño taller, estudian su profesión, pero al pasar a la gran industria, lo que han aprendido no les sirve ya: de obreros cualificados se transforman en peones. El industrial prefiere el obrero sin inteligencia al obrero cualificado; prefiere al hombre-instrumento, que no turbe con su espíritu de iniciativa el mecanismo complejo de la producción.

Es, por tanto, una lucha contra la inteligencia del obrero; es la maquinización del trabajador.

Si nosotros no obtuviéramos de los jóvenes obreros una mayor comprensión de la dignidad de su trabajo y, por ello, una mayor conciencia sindical, se disiparía en ellos toda tendencia revolucionaria.

La lucha que lleva a cabo la Confederación General del Trabajo para expulsar de los sindicatos a los parados es una prueba del espíritu de aristocracia corporativista que empapa a los estratos de los obreros cualificados que consiguen conservarse como tales.

Si no se combaten estas tendencias, que se resumen en una lucha entre jóvenes peones y viejos obreros cualificados, existe el peligro de que veamos decaer cada vez más el movimiento sindical en Italia.

En la futura alianza entre populares y socialistas, hay un acuerdo recíproco sobre el problema de la escuela: los socialistas ceden a los populares las escuelas medias superiores; los populares conceden a los socialistas las escuelas profesionales.

Los populares se encuentran en condiciones de imponer un monopolio sobre las escuelas, puesto que disponen de un numerosísimo personal que ya recibe una paga del Estado. En el pasado, los socialistas planteaban precisamente así el problema de la escuela en su confrontación con los católicos; hoy, los socialistas han llegado a tal grado de cobardía, que permiten que los populares logren que se crea en una política suya de “principios” en el campo de la enseñanza.

Los socialistas aceptan el concepto de que la escuela profesional es la escuela de los obreros. En ello está el reconocimiento de que las clases deben ser siempre dos, por herencia. Todos los escritores socialistas han combatido siempre esta tesis. Es claramente contrarrevolucionaria.

Nosotros podemos aprovechar esta situación para hacerles comprender a los jóvenes que juzgamos posible la solución del problema social por lo que se refiere a ellos. También la pedagogía científica sostiene nuestra tesis. Ningún pedagogo puede ser un ministro burgués de Instrucción pública.

Lo mismo que en el taller el obrero sufre continuamente exámenes que lo llevan hacia adelante, o lo rechazan hacia atrás si pierde sus capacidades, así los comunistas tienden a aplicar este concepto a todas las formas de actividad, tanto manual como intelectual.

La difusión de estas ideas viene a demostrar que los socialistas de nuestro país no han comprendido nada del problema de la escuela. […]

[Recogido en: Socialismo e Fascismo. L’Ordine Nuovo 1921-1922, Turín, Giulio Einaudi, 1966, 523-524; y La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Turín, Editori Riuniti, 1967, 128-130] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Profesión, escuela y conciencia revolucionaria

LA SOCIOLOGÍA CRÍTICA DE LA EDUCACIÓN Y LA FILOSOFÍA IDEALISTA DE LA IMPOTENCIA DE LA CLASE TRABAJADORA

(Elementos para una crítica del determinismo y el esencialismo educativos)

(agosto 2002)

 Salustiano Martín

 

Es bastante probable que, en muy buena parte, los análisis críticos de la sociología a la Bourdieu sean exactos y pertinentes para la comprensión en profundidad de ciertos aspectos de la compleja urdimbre del sistema educativo, de su funcionamiento y de sus consecuencias buscadas (por la burguesía). El problema de ese discurso, no obstante, tiene que ver con la teoría filosófica (la ideología, en sentido estricto) que se desliza por debajo del puro análisis sociológico y con las propuestas prácticas que se derivan de esa teoría filosófica. La teoría filosófica parece proponer un pesimismo práctico que, a veces, se convierte en inducción a la inmovilidad por impotencia. Por muy exacta que sea la investigación sociológica, ella misma no produce una estrategia de lucha. Seguramente, constituye el necesario suelo informativo como para afrontar la reflexión acerca de la práctica necesaria para cambiar la situación a la que se refiere. Si la lectura de esos análisis no produce más que impotencia teórica a la hora de analizar los modos de lucha en el campo educativo (y en general) y de proponer acciones concretas de clase para hacer que la realidad capitalista pueda ser combatida, destruida y superada, es porque la teoría filosófica que la sostiene es determinista y esencialista, y escasamente dada a creer en las posibilidades reales de la clase obrera (y de todos y cada uno de sus miembros) a la hora de luchar contra ella. Como en Lerena, la mística pseudomarxista (mecanicista, en ocasiones) esconde, en su retórica idealista, una impotencia que se transparenta detrás de la grandilocuencia de las frases en que la clase obrera es ensalzada (¿de qué clase habla Lerena? ¿dónde está esa clase con un proyecto histórico?). Se trata, a fin de cuentas, de una visión de la realidad realizada por sociólogos críticos (marxistas, incluso) que proceden, todos ellos, de la burguesía, o de estratos que le son francamente afines desde el punto de vista ideológico. Y eso se nota: la clase que se imaginan no tiene nada que ver con la clase que se hunde en la miseria de la ignorancia y el consumismo compulsivo, o con la que lucha por salir adelante por encima de engaños y malversaciones.

Hay, pues, que construir una estrategia de lucha y de superación de la clase trabajadora, por la clase y a partir de la clase, que se atenga a sus intereses objetivos (como clase y como totalidad  de individuos tomados uno a uno: y lo uno no puede entrar en contradicción con lo otro) y a la materialidad de lo real y de la lucha. Para ello hay que descifrar el idealismo burgués que falsea la visión de algunos sociólogos marxistas y a la Bourdieu, sin desechar, desde luego, el punto de llegada de sus investigaciones, ni, aun menos, el método que les ha servido para llegar a ellos. Es decir, despojar a sus textos de la ideología burguesa que los permea, incluso sin que ellos lo sepan, y hacerlos útiles para la lucha por la emancipación de los grupos dominados. Y trabajar para darle a nuestra clase lo que es de ella (y le arrebatan cada día): su capacidad de estudio y su inteligencia, su voluntad de lucha, la capacidad de disciplina que debe esforzarse en alcanzar, su esfuerzo en la acción, en fin, su responsabilidad en los resultados que consigue (o que no consigue). Luchar para destruir este presente miserable que, aquí y ahora, mantiene a la clase trabajadora expropiada de la cultura y de la vida buena. En fin, luchar con nuestras propias fuerzas para conseguir la hegemonía cultural, social y política de nuestra clase. [Cfr. Carlos Lerena Alesón, Escuela, ideología y clases sociales en España, Barcelona, Círculo de Lectores, 1989, cap. 2]

La sociología crítica de la educación y la filosofía idealista de la impotencia de la clase trabajadora

IMPORTANCIA DE LA LUCHA IDEOLÓGICA DE CLASES
Y PAPEL DE LA EDUCACIÓN
(enviado a la Agrupación de Enseñanza, 12 de septiembre de 2011)

Salustiano Martín

El punto fundamental que hay que considerar es que la realidad (tanto la material –económica o social- como la ideológica o la político-jurídica) se produce, siempre, como un efecto de la lucha de clases. No tener esto en cuenta o no tener en mente que la realidad la construyen los colectivos sociales en lucha (y cada uno de sus miembros, responsables y solidarios de su acción o de su inacción) nos está llevando a una derrota permanente: la realidad en construcción nos arrolla y nos sobrepasa, y nos sentimos impotentes para detener su marcha. El punto, como digo, está en comprender cabalmente, y actuar en consecuencia, que somos nosotros quienes pensando y actuando (o no pensando y no actuando) producimos la realidad (o dejamos que una realidad se nos imponga desde fuera de nosotros -y aun dentro de nosotros- por nuestra falta de reflexión o por nuestra inacción). Si nosotros no actuamos con energía reflexiva, empeño político y voluntad responsable para vencer en los diferentes frentes de la lucha de clases, estaremos derrotados de antemano. Adelantarse a la acción de la burguesía; oponerse a sus designios no sólo con la crítica analítica o la acción negativa, sino también, y sobre todo, con la acción propositiva es una necesidad perentoria de la lucha de clases si no queremos instalarnos en la derrota permanente y el constante lamento estéril. Pensar en lo que hay y en lo que queremos que haya, es decir, en lo que debemos (porque queremos) construir. Pensar y actuar; pensar y difundir nuestro pensamiento. Esto es lo que nuestra obligación como clase nos reclama. El centro de nuestra estrategia política en el terreno de la lucha de clases debiera ser el combate constante por la hegemonía de la clase trabajadora, y ese combate pasa, necesaria y empeñadamente, por la lucha ideológica. Y, si no pensamos y difundimos nuestro pensamiento en todos los terrenos de la lucha de clases, no se producirá lucha ninguna; seremos como esos boxeadores sonados a los que su contrario antagónico en la pelea (la burguesía, por supuesto) golpea una y otra vez sin posible respuesta.

Hemos de tener en cuenta, en ese sentido, que el terreno de la educación es el terreno original en que se juega la victoria o la derrota en la lucha de clases. Porque es en el terreno de la instrucción y la educación (es decir, del sistema educativo, de la enseñanza) donde se produce la socialización de la clase trabajadora y, por tanto, la ideología que los acabará impregnando en profundidad; donde los hijos de nuestra clase van a poder acceder (o no) al conocimiento que les podrá permitir (o no) reflexionar libremente sobre lo que la burguesía y su sistema (el capitalismo) les está haciendo y cómo se lo está haciendo. La primera batalla de la lucha de clases se produce en el sistema educativo, en todas y cada una de sus dimensiones estructurales, en todas y cada una de sus prácticas hegemónicas (en los fines que se contemplan para la educación y los logros que se buscan, en la selección de los conocimientos que deben aprenderse –el currículo-, en la pedagogía que se pone en acción en las aulas y las presuposiciones ideológicas que le subyacen), porque, como dice Gramsci, la relación de hegemonía es una relación educativa y es en ese terreno, por tanto, donde, de manera casi clandestina, comienza a fraguarse la derrota de la clase trabajadora en su necesaria lucha por la hegemonía. Por eso, tenemos que pensar, con urgencia, en cómo se ha podido producir la destrucción de las posibilidades de conocimiento de nuestra clase en el seno del sistema educativo en los últimos veinte años; de qué forma insidiosa la burguesía (la clase dominante y dirigente) ha conseguido que la propia clase aceptara esa destrucción; cuáles han sido los elementos fundamentales dentro del sistema educativo que han hecho posible que, una vez conseguida la universalización de la enseñanza, hayan podido conseguir nuestros enemigos de clase continuar asestándonos la ignorancia de siempre, la apatía de siempre, la irresponsabilidad de siempre; en fin, cómo han podido arrasar, de modo tan absoluto, el vigor intelectual de nuestra clase.

Importancia de la lucha ideológica de clases y papel de la educación

EL CONCEPTO DE HEGEMONÍA EN LA OBRA DE GRAMSCI

 Valentino Gerratana

 [edición y traducción de Salustiano Martín]

 El concepto de hegemonía es central en el desarrollo del pensamiento político y educativo de Antonio Gramsci. “Tanto si se sirve del término ‘hegemonía’, como si utiliza términos equivalentes (por ejemplo, ‘dirección intelectual y moral’), lo que más le interesa a Gramsci es la importancia esencial del marco de referencias en el cual el concepto se enraíza” (141).

Gramsci se refiere a menudo a Lenin como el ‘teórico de la hegemonía’, refiriéndose a “los escritos de Lenin en defensa de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa”. “En un texto leniniano de este período se encuentra una definición teórica que parece escrita a propósito para justificar las posteriores tesis gramscianas. En polémica con V. Levitski, que contraponía a la idea de la hegemonía la idea del ‘partido de clase’, Lenin afirmaba de modo perentorio: ‘Desde el punto de vista del marxismo, una clase que niegue la idea de la hegemonía, o que no la comprenda, no es, o no es todavía, una clase, sino una corporación [es decir, un mero sindicato de oficio] o una suma de diversas corporaciones’. Y es, añadía Lenin, ‘justamente la conciencia de la idea de la hegemonía’ la que ha de transformar ‘una suma de corporaciones en una clase’ (Obras completas, XVII)” (141).

“No es fácil encontrar una definición más incisiva para subrayar la diferencia entre corporaciones y clase, y es precisamente la conciencia de esta diferencia la que sostiene toda la teoría gramsciana de la hegemonía” (141-142). “En el ensayo sobre la ‘cuestión meridional’, el último de sus escritos antes de su encarcelamiento, Gramsci puede aclarar perfectamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, sin que necesite usar el término: ‘El proletariado, para ser capaz de gobernar como clase, debe despojarse de cualquier residuo corporativo, de todo prejuicio o incrustación sindicalista. ¿Qué significa esto? Significa que no sólo deben ser superadas las distinciones que existen entre profesión y profesión, sino que es necesario […] superar algunos prejuicios y vencer ciertos egoísmos que pueden subsistir y subsisten en la clase obrera como tal, incluso cuando ya han desaparecido de ella los particularismos profesionales. El metalúrgico, el carpintero, el albañil, etc. deben pensar, no sólo como proletarios y no ya como metalúrgico, carpintero, albañil, etc, sino que deben dar un paso más adelante todavía: deben pensar como obreros miembros de una clase que tiende a dirigir a los campesinos y a los intelectuales, de una clase que puede vencer y puede construir el socialismo sólo si es ayudada y seguida por la mayoría de estos estratos sociales’ (La quistione meridionale, 1926).” (142).

En ese momento, de acuerdo con las perspectivas del movimiento internacional nacido de la revolución de Octubre, “Gramsci podía hablar de la cuestión de la ‘hegemonía del proletariado’ como de la cuestión de la ‘base social de la dictadura proletaria y del Estado obrero’. […] Sin embargo, ambos conceptos [el de ‘hegemonía’ y el de ‘dictadura del proletariado’] permanecen distintos” (142). Luego, en la cárcel, en un momento de reflujo del movimiento revolucionario y de abandono por la III Internacional del concepto de hegemonía, la meditación de Gramsci lo lleva, por el contrario, a profundizar en ese concepto y a hacerlo más complejo; así podrá servirle como llave maestra para desarrollar la teoría adecuada para conceptualizar el proceso que pudiera llevar a la clase obrera a la toma del poder del Estado.

En efecto, “Gramsci retoma la idea leniniana de la hegemonía del proletariado […] y la pone en el centro de una nueva investigación” (143). Ya “en la carta de octubre de 1926 dirigida al Comité Central del Partido Comunista Soviético, la idea de la hegemonía del proletariado sirve de hilo conductor de la argumentación que sostiene, tanto las críticas dirigidas al grupo de oposición, como las dudas y las reservas que se refieren a la conducta de la mayoría. El leninismo es definido aquí como la ‘doctrina de la hegemonía del proletariado’, mientras que el concepto de hegemonía aparece siempre contrapuesto al espíritu corporativo, incapaz éste de sacrificar los intereses inmediatos a los intereses generales y permanentes de la clase. En el mismo sentido, Lenin había diferenciado el concepto de clase del de corporación (o suma de corporaciones). Ese concepto de hegemonía del proletariado es igualmente válido tanto para cuando la clase obrera, excluida del poder, lucha por conquistarlo, como para cuando, después de haberlo conquistado, lucha por mantenerlo” (143).

“En la reflexión carcelaria, Gramsci confirma esta interpretación suya del leninismo y la desarrolla haciendo de ella el punto de partida de su investigación teórica. ‘El más grande teórico moderno de la filosofía de la praxis –como llama Gramsci a Lenin en los Cuadernos de la cárcel-, en el terreno de la lucha y de la organización política, con terminología política, en oposición a las diversas tendencias ‘economicísticas’ ha revalorizado el frente de la lucha cultural y construido la doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del Estado-fuerza’ (Quaderni, 1235). A diferencia de una tradición consolidada que atribuía a Lenin el mérito de haber revalorizado el concepto marxiano de dictadura del proletariado, para Gramsci la importancia teórica de Lenin está en otra parte: en el haber integrado este concepto (la teoría del Estado-fuerza) con la doctrina de la hegemonía. Es ésta, según Gramsci, su contribución teórica más importante, y en esta dirección hay que desarrollar la investigación.” (143).

“Estando Gramsci convencido de que la fuerza por sí sola no basta para gobernar el Estado, es decir, que es insuficiente para asegurar un dominio estable de clase, se esfuerza por aclarar qué otros elementos contribuyen a mantener en equilibrio la dinámica del poder. Y es precisamente la teoría de la hegemonía, estimulada por la reflexión sobre el leninismo, la que va a ofrecerle un camino de acceso a una temática tan compleja, explorada en los Cuadernos en las más diversas direcciones. Pero, puesto que una clase no puede conocerse a sí misma si no conoce a todas las demás clases sociales, es evidente, en este sentido, que el concepto de hegemonía del proletariado, para ser aclarado hasta el fondo, tenía necesidad del soporte de una teoría general de la hegemonía; esto es, una teoría que se pudiese referir tanto a la hegemonía proletaria como a la hegemonía burguesa; o bien, en general, a cualquier relación de hegemonía. Es éste el camino seguido en la reflexión de los Cuadernos de la cárcel.” (143-144).

“Este concepto general de hegemonía se constituye, en el pensamiento de Gramsci, a través de la diferenciación de las funciones de la dirección respecto de las funciones del dominio. ‘La supremacía de un grupo social –escribe Gramsci- se manifiesta de dos modos, como ‘dominio’ y como ‘dirección intelectual y moral’. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios, a los que tiende a ‘liquidar’ o a someter incluso con la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede y, aún más, debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo (ésta es una de las condiciones principales para la propia conquista del poder); después, cuando ejercita el poder, e incluso si lo tiene fuertemente empuñado, se convierte en dominante pero debe continuar siendo también ‘dirigente’’ (Q, 2010-2011). Son dos los elementos que, diferenciándose, se entrelazan al mismo tiempo y se combinan en la vida de todo Estado; que aparecen, por tanto, siempre, según las fórmulas generales usadas por Gramsci: ‘dictadura + hegemonía’ (Q, 811) o ‘hegemonía acorazada de coacción’ (Q, 764)” (144).

“Para Gramsci, las formas históricas de la hegemonía no son siempre las mismas, y deben variar según lo haga la naturaleza de las fuerzas sociales que ejercen la hegemonía. La hegemonía del proletariado y la hegemonía burguesa no pueden tener la misma forma ni pueden utilizar los mismos instrumentos. Así, el llamado ‘transformismo’, que ha sido, según Gramsci, un eficaz instrumento para la hegemonía moderada en la historia del Risorgimento italiano y en el período histórico inmediatamente sucesivo, a través de ‘la absorción, gradual pero continua, […] de los elementos activos salidos de los grupos aliados y, también, de los que eran grupos adversarios y parecían irreconciliables enemigos’ (Q, 2011), no podría encontrar una nueva encarnación esperable en la hegemonía del proletariado” (144). “Analizando las formas como la burguesía italiana había conseguido ejercitar la propia hegemonía a través de la política de los moderados, Gramsci no podía ciertamente pensar en identificar con ello un modelo ejemplar para la clase obrera en su propia lucha por la hegemonía. Hegemonía, en general, es sólo capacidad de guiar, en la medida en que esta capacidad se traduce en efectiva dirección política, intelectual y moral. Pero una clase que consigue dirigir, y no sólo dominar, en una sociedad basada económicamente sobre la explotación de clase, y en la cual se quiere perpetuar tal explotación, está obligada a servirse de formas de hegemonía que oculten esa situación y mistifiquen esa explotación: tiene necesidad, por tanto, de formas de hegemonía apropiadas para suscitar un consenso manipulado, un consenso de aliados subalternos. Una relación de alianza en una sociedad estructurada sobre la explotación de clase no es posible de otra forma.” (144-145).

“Diversa es la situación de la clase obrera en lucha por la propia hegemonía. Mientras la hegemonía burguesa, tratando de conciliar intereses opuestos y contradictorios, es estructuralmente incapaz de transparencia, porque debe enmascarar el antagonismo de las relaciones económicas y esconder de algún modo la realidad, el primer interés del proletariado es, precisamente, el desvelamiento de los engaños ideológicos que ocultan la dialéctica de la realidad. Ésta es justamente la marca distintiva del marxismo en cuanto filosofía de la praxis: el marxismo ‘no tiende a resolver pacíficamente las contradicciones existentes en la historia o en la sociedad, sino que es la teoría misma de tales contradicciones; no es el instrumento de gobierno de los grupos dominantes para conseguir el consenso y ejercer la hegemonía sobre clases subalternas: es la expresión de estas clases subalternas que quieren educarse a sí mismas en el arte de gobierno y que tienen interés en conocer toda la verdad, también la desagradable, y en evitar los engaños (imposibles) de la clase superior y, tanto más, de sí mismos’ (Q, 1320).” (145).

“Por eso, pensando en clases subalternas que tratan de educarse a sí mismas en el arte del gobierno, Gramsci puede hablar de una relación de hegemonía que es también, necesariamente, ‘una relación pedagógica’. Se trata, sin embargo, de una práctica pedagógica en la cual ‘el vínculo entre maestro y escolar es una conexión activa, hecha de relaciones recíprocas y [en la que], por tanto, todo maestro es siempre escolar, y todo escolar, maestro’ (Q, 1331). Son así concebibles relaciones de paridad entre aliados, a diferencia de lo que sucede en la hegemonía burguesa, donde hay siempre un superior que prevalece sobre un inferior, y donde a menudo este prevalecer se resuelve en brutal prevaricación (de esto deriva quizás el uso del término ‘hegemonía’ entendido como sinónimo de prepotencia). Esta conversión del vínculo de hegemonía en una relación educativa recíproca se verifica, según Gramsci, ‘no sólo en el interior de una nación entre las diversas fuerzas que la componen, sino en el entero campo internacional y mundial, entre complejos de civilización nacionales y continentales’ (Q, 1331).” (145)

“Una hegemonía sin engaños es, por tanto, lo que distingue la hegemonía del proletariado de la hegemonía burguesa: por eso, Gramsci no se cansa de subrayar que ‘en la política de masa decir la verdad es una necesidad política’ (Q,700). Es, claramente, el principio opuesto al bien conocido de la tradición burguesa, según el cual es esencial para el arte de la política la habilidad para mentir, ‘el saber astutamente esconder las propias opiniones verdaderas y las verdaderos fines a los que se tiende’ (Q, 699).” (146)

“La capacidad de dirigir no se ofrece a la clase obrera como un don del cielo: por el contrario, debe ser conquistado en la práctica política a partir de la experiencia primitiva de la que Gramsci llama la fase económico-corporativa (cuando la clase obrera, según la expresión de Lenin, no es todavía propiamente una clase, sino un corporación o una suma de corporaciones). Se puede hablar de una idea de la hegemonía del proletariado sólo cuando elementos de conocimiento de la realidad social comienzan a entrar en la conciencia de la clase obrera, que llega a ser capaz, así, aun sacrificando intereses inmediatos particularistas, de aprovechar la convergencia de los propios intereses permanentes […] con los intereses de los otros estratos sociales, y se encuentra, por tanto, en situación de construir una política de alianzas. Es en este sentido como Gramsci puede decir que el marxismo, en cuanto filosofía de la praxis, ‘concibe la realidad de las relaciones humanas de conocimiento como elemento de ‘hegemonía’ política’ (Q, 1245).” (146)

“Puesto que la realidad social está en continua transformación, la hegemonía del proletariado no podrá nunca ser conquistada de una vez para siempre. Si es verdad que se es capaz de conocer y de comprender, deriva de ello que esta labor de conocimiento debe ser continuamente renovada para estar en situación de continuar dirigiendo. La hegemonía del proletariado no es perseguible ahora, por tanto, sobre la base de los conocimientos específicos adquiridos por Gramsci con las experiencias y los análisis de clase de su época, sino sólo renovando los esfuerzos de conocimiento necesarios para comprender la realidad de hoy. Tales esfuerzos no serían, sin embargo, ni siquiera posibles, o serían inadecuados e insuficientes, si se hubieran perdido los logros permanentes de la investigación teórica gramsciana. Entre estos logros teóricos –notable por las implicaciones prácticas que se derivan de él- está la diferencia cualitativa que distingue la hegemonía del proletariado de la hegemonía burguesa.” (146)

Es necesario, en este sentido, subrayar “la importancia que tiene para Gramsci, a los fines de la actividad hegemónica del proletariado, el método de ‘decir la verdad’ en política. El método contrario, en cambio, vale para la hegemonía burguesa. Una consecuencia de esta diferencia es la diferenciación de la calidad del consenso buscado en los dos tipos de hegemonía. Mientras para la hegemonía de una clase que tiende a ocultar el antagonismo de los intereses es suficiente obtener un consenso pasivo e indirecto –la forma normal del consenso político en los regímenes democrático-burgueses o autoritarios-, en la perspectiva de la hegemonía del proletariado, escribe Gramsci, ‘es cuestión de vida, no el consenso pasivo e indirecto, sino el activo y directo; la participación, por consiguiente, de los individuos, incluso si esto provoca una apariencia de disgregación y de tumulto’ (Q, 1771). El método de ‘decir la verdad’ no es para Gramsci un acto de iluminación venido desde arriba, que pueda ser recibido pasivamente por los de abajo. La verdad no es algo que se revele de improviso o que se posea pacíficamente: de hecho, a la verdad están siempre ligados intereses individuales que deben confrontarse y moderarse recíprocamente. Los momentos de lucha son inevitables, por tanto, para que la verdad se forme y sea reconocida con el consenso activo de los interesados. ‘Una conciencia colectiva, es decir, un organismo vivo, no se forma sino después de que la multiplicidad se ha unificado a través de las fricciones entre los individuos’ (Q, 1771). Según Gramsci, una efectiva hegemonía del proletariado no puede abrirse camino de otra manera.” (146-147).

(extraído de: Antonio Gramsci e il ‘progresso intellettuale di massa’, ed. de Giorgio Baratta y Andrea Catone, Milán, Unicopli, 1995, 141-147) [las citas de los Quaderni del carcere  proceden de la edición de Gerratana: Roma, Einaudi, 1975]

El concepto de hegemonía en la obra de Gramsci