DE LAS “CRÓNICAS DE L’ORDINE NUOVO

Antonio Gramsci 

XXXVIII

[Clarté y el movimiento de cultura proletaria que hay que construir.

Por una alianza organizativo-educativa entre la clase obrera y los intelectuales]

L’Ordine Nuovo, II, 22, 11-18 diciembre 1920

Después de haber hablado, en el salón de la Casa del pueblo, a la masa obrera turinesa […] Henri Barbusse expuso, a un auditorio más restringido, el programa y los fines de la Asociación internacional Clarté.

Clarté sostiene la necesidad de la revolución, sostiene que la revolución puede ser sólo acción específica de la clase obrera, sostiene que la revolución no debe entenderse en sentido “moral” sino en un preciso sentido político, como fundación de un Estado obrero, como advenimiento al poder del proletariado revolucionario: Clarté afirma que el reformismo es sólo engaño e ilusión maléfica, y explícitamente declara que reconoce al comunismo internacional como su aliado en el campo de la acción política. Por eso Clarté es un movimiento de carácter proletario y no puede ser olvidado por quienes luchen en el campo de la acción proletaria, en el campo de la Internacional comunista.

Clarté, fundada sobre esas bases precisas, representa, según nosotros, una tentativa original para llevar a efecto, en el Occidente europeo, los mismos principios y los mismos programas que en Rusia realiza el movimiento de Cultura proletaria. El movimiento obrero occidental, también en este campo, estaba y está muy atrasado en comparación con el movimiento obrero ruso. El compañero Lunacharski, ya mucho antes de 1917, ha sostenido la necesidad de hacer surgir, junto a las tres secciones fundamentales de la Internacional obrera (la política, la sindical y la cooperativa), una cuarta sección, el movimiento de cultura proletaria, organizado nacional e internacionalmente. La Segunda Internacional no ha sido capaz de crear este movimiento; lo único que ha hecho ha sido empobrecer y atrofiar la concepción de cultura proletaria en la multiplicación estéril de las Universidades populares, de reformista memoria. El movimiento de Cultura proletaria, en el significado revolucionario que le ha dado a esta expresión en Rusia el compañero Lunacharski y en el Occidente [europeo] Henri Barbusse, tiende a la creación de una civilización nueva, de una nueva costumbre, de nuevos hábitos de vida y de pensamiento, de nuevos sentimientos: tiende a eso, promoviendo, en la clase de los trabajadores manuales e intelectuales, el espíritu de investigación en el campo filosófico y artístico, en el campo de la indagación histórica, en el campo de la creación de nuevas obras de belleza y de verdad.

Un movimiento de tal naturaleza tiene una primera fase en la que es un puro instrumento de lucha y una segunda fase en la que se inicia el trabajo positivo de creación. Clarté es la primera fase del movimiento. No puede tener hoy otra finalidad que la de organizar y educar. Por eso, en esta primera fase, Clarté debe desarrollar su obra especialmente en los estratos de la pequeña burguesía intelectual, que no tiene ningún interés económico distinto y contrario al interés económico de la clase obrera, pero se encuentra separada de la clase obrera por un muro de prejuicios, de preconceptos, de hábitos anticuados. Encontrar un punto de reunión entre la clase obrera y los intelectuales: ésta es la primera finalidad de Clarté. Crear una organización en la que se inicie una toma de contacto y un trabajo en común entre categorías de productores que tienen intereses comunes y cuyo trabajo solidario sostiene la civilización. Los comunistas, en nuestra opinión, no pueden por eso permanecer ajenos a ese movimiento, como no pueden permanecer ajenos al movimiento sindical y al cooperativo. Si Clarté se mantiene en los límites del programa trazado por Barbusse, Clarté es también cosa nuestra: sin duda Barbusse cuenta especialmente con nuestra contribución, con nuestra energía, con nuestra actividad para asegurar a la asociación su carácter revolucionario, para impedir que decaiga al nivel de un saloncito para gente ociosa o de una farmacia de provincia.

[Recogido en L’Ordine Nuovo 1919-1920, Turín, Giulio Einaudi, 1972, 493-494; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 125-127; y L’Ordine Nuovo (1919-1920), ed. de Valentino Gerratana y Antonio A. Santucci, Turín, Giulio Einaudi, 1987] [Traducido por Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, [Clarté y el movimiento de cultura proletaria que hay que construir. Por una alianza organizativo-educativa entre la clase obrera y los intelectuales]

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FILANTROPÍA, BUENA VOLUNTAD Y ORGANIZACIÓN

 

ANTONIO GRAMSCI

 

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 356, 24 diciembre 1917

Esta respuesta al artículo del humildísimo, “Entre la cultura y la ignorancia” (1), quiere ser una ejemplificación práctica de uno de los fines mayores que debería plantearse la asociación de cultura propuesta.

El humildísimo es un organizador. Yo pienso que, como tal, debería tener criterios exactos y precisos sobre la organización. Él, más que cualquier otro militante en el movimiento socialista, porque si es verdad que el concepto de organización es básico en el pensamiento socialista, es también verdad que la profesión, la actividad específica lleva consigo una mayor carga de responsabilidad.

Digo esto, porque el humildísimo escribe y plantea objeciones como podría hacerlo un “desorganizado”. Es decir, no consigue trasladar a otra actividad los conceptos que conforman su actividad específica. No se preocupa siquiera de considerar si los afiliados de su federación, pensando en lo que ha escrito, no lo generalizarán, y disolverán las organizaciones porque la fábrica basta para crear el alma proletaria, así como la posibilidad de comprar libros y revistas le basta a quien quiere llegar a ser “culto”, porque la sociedad capitalista suscita naturalmente el pensamiento de clase y el choque de los dos pensamientos, de las dos idealidades.

Pero, por su actividad, el humildísimo está persuadido de que la fábrica no basta; de que la solidaridad de clase, para que se desarrolle activamente y se afirme victoriosa, debe organizarse, disciplinarse, ponerse límites. Es decir, él está persuadido de que la naturaleza, la necesidad es sólo tal en cuanto se transforma, a través del pensamiento, en conciencia exacta de fines y de medios, y por eso difunde que es preciso crear órganos específicos de lucha económica que elaboren la necesidad, la purifiquen de cualquier intrusión sentimental y particularista, y formen “proletarios” en sentido socialista.

¿Por qué no traslada estos conceptos a la actividad cultural? Porque el humildísimo, como muchísimos en nuestro dichoso país, carece del hábito de la generalización, de la síntesis, que es necesaria, también, si se quieren hombres completos y no hombres del caso por caso, del te veo y no te veo, del mañana sí hoy no, de los pero, de los si, etc., etc.

El humildísimo tiene de la cultura un concepto que es, también él, inexacto. Él cree: cultura igual saber un poco de todo, es decir, igual Universidad popular. Yo doy a la cultura este significado: ejercicio del pensamiento, adquisición de ideas generales, hábito de conectar causas y efectos. Para mí todos son ya cultos, porque todos piensan, todos conectan causas y efectos. Pero lo son empíricamente, primordialmente, no orgánicamente. Por eso, fluctúan, se escoran, se ablandan, o se hacen violentos, intolerantes, pendencieros, según sean los casos y las contingencias. Para entenderlo mejor, yo tengo de la cultura un concepto socrático: creo que es un pensar bien, sea lo que sea lo que se piense, y, por tanto, un obrar bien, sea lo que sea lo que se haga. Y puesto que sé que la cultura es, también ella, un concepto básico del socialismo, porque integra y concreta el concepto vago de libertad de pensamiento, así querría que fuera vivificado, además, por el concepto de organización. Organizamos la cultura, así como tratamos de organizar cualquier actividad práctica. Los burgueses, filantrópicamente, han pensado en ofrecer al proletariado la Universidad popular. Contraponemos la solidaridad, la organización a la filantropía. Le proporcionamos recursos a la buena voluntad, sin los cuales ésta permanece siempre estéril e infecunda. No es la conferencia lo que nos debe importar, sino el trabajo minucioso de discusión y de investigación de los problemas, en el cual todos participan, al cual todos contribuyen, en el cual todos son, al mismo tiempo, maestros y discípulos.

Naturalmente, para que haya organización y no amontonamiento, ella misma debe interpretar una necesidad. ¿Está difundida esta necesidad o es cosa de pocos? Comiencen los pocos: nada es más eficaz pedagógicamente que el ejemplo activo para revelar a los otros las necesidades, para hacérselas sentir punzantemente. Se podrá prescindir del buffet [sic] para los pocos, y mañana se podrá prescindir de él para los muchos. La cultura entendida en el sentido humanístico es, también ella, una alegría, y satisface por sí misma. Los círculos, las agrupaciones no pueden bastar: tienen necesidades prácticas, están atrapados, también ellos, en el torbellino de la actualidad. Y también hay otra razón. Además de la deficiencia de la facultad generalizadora, muchos italianos tienen otra deficiencia, que es una consecuencia histórica de la falta de cualquier tradición de vida democrática en nuestro país: no logran ocuparse en la misma sede de varias actividades al mismo tiempo: los más son hombres de una sola actividad. La separación exterior de las organizaciones servirá para desarrollar mejor las facultades singulares, para una síntesis más amplia y perfecta. Y no faltarán los problemas para discutir. Dado también que los problemas no deben contar, en sí mismos y por sí mismos, tanto como cuentan por la forma en que son tratados. Pero de esto se podrá volver a hablar si entre los compañeros la propuesta ha despertado verdaderamente un eco, o si la proclamada necesidad de la asociación no es más que una veleidad de alguno.

 

(1) El autor del artículo, Mario Guarnieri (“El humildísimo”), se había declarado contrario a la propuesta de crear una asociación socialista de cultura: “Quien quiere llegar a ser culto, aunque sea socialista u obrero, tiene la posibilidad de hacerlo incluso ahora, aun faltando un órgano de cultura popular. Según sus gustos y sus inclinaciones puede encontrar libros, periódicos, revistas. La participación en nuestro movimiento contribuye grandemente a desarrollar la inteligencia. […] Si hay alguno que posee los requisitos favorables para el desarrollo de la propia cultura, no hay ninguna razón para obligarlo a permanecer ignorante. Pero conviene evitar querer hacer convertirse a todos en cultos porque, en muchos casos, una falsa cultura embutida de todo puede ser más dañina que la pura ignorancia.” (Avanti!, 20 diciembre 1917). Mario Guarnieri [era] organizador sindical […]. [Nota de Sergio Caprioglio]

 

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 145-147; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 97-99; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 518-521] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Filantropía, buena voluntad y organización

POR UNA ASOCIACIÓN DE CULTURA

 

ANTONIO GRAMSCI

Avanti!, ediz. piemontese, XXI, 350, 18 diciembre 1917

[Personalmente, y también en nombre de muchos otros, apruebo la propuesta del compañero Pellegrino para la creación de una Asociación de cultura entre los compañeros turineses y no turineses residentes aquí.

Creo que, no obstante el momento poco favorable, esa asociación puede realizarse muy bien. Son muchos los compañeros que por inmadurez de convicciones, y por impaciencia de la obra pequeña que es necesario desarrollar, se han alejado de las organizaciones para dejarse arrastrar a las diversiones. En la Asociación encontrarían una satisfacción a sus necesidades instintivas, encontrarían un lugar de descanso y de instrucción que, de nuevo, los aficionaría al movimiento político, a nuestro ideal.

Y gracias a esta inciativa, a la cual todos los compañeros querrían dar su apoyo, podría tener también una solución el problema de los compañeros inscritos en las Secciones lejanas, nunca resuelto precisamente por la dificultad de encontrar un campo de interés común en el cual desarrollar una actividad.

Bartolomeo Botto]

El Avanti! Turinés ha acogido con simpatía la propuesta de Pellegrino y las adhesiones que ésta ha suscitado. Botto en su carta presenta rasgos de gran interés, que creemos oportuno desarrollar y presentar ordenados a la atención de los compañeros.

En Turín no hay ninguna organización de cultura popular. De la Universidad Popular es mejor no hablar: nunca ha estado viva, nunca ha tenido una función que respondiera a una necesidad. Es de origen burgués, y responde a un criterio vago y confuso de humanitarismo espiritual: tiene la misma eficacia que las instituciones de beneficencia, que creen satisfacer con un plato de sopa las necesidades fisiológicas de los desgraciados que no pueden quitarse el hambre y mueven a piedad el tierno corazón de sus señores.

La Asociación de cultura, tal como los socialistas la deberían promover, debe tener objetivos de clase y límites de clase. Debe ser una institución proletaria, con caracteres finalistas. El proletariado, en un cierto momento de su desarrollo y de su historia, se da cuenta de que la complejidad de su vida carece de un órgano necesario, y se lo crea, con sus fuerzas, con su buena voluntad, para sus fines.

En Turín, el proletariado ha alcanzado un punto de desarrollo que es de los más altos, si no el más alto, de Italia. La Sección socialista ha alcanzado, en la actividad política, una individualidad de clase muy meritoria; las organizaciones económicas son fuertes; en la cooperación se ha conseguido crear una institución potente como la Alianza Cooperativa. Por tanto, se comprende que en Turín haya nacido y se sienta más la necesidad de integrar la actividad política y económica con un órgano de actividad cultural. La necesidad de esa integración nacerá y se impondrá también en las otras partes de Italia. Y el movimiento proletario, con ello, ganará en unidad y en energía de conquista.

Una de las más graves lagunas de nuestra actividad es ésta: nosotros esperamos la actualidad para discutir los problemas y para fijar las directrices de nuestra acción. Constreñidos por la urgencia, damos a los problemas soluciones apresuradas, en el sentido de que no todos los que participan en el movimiento conocen cabalmente los términos exactos de las cuestiones y, por tanto, si siguen la norma fijada, lo hacen por espíritu de disciplina y por la confianza que tienen en sus dirigentes, más que por una íntima convicción, por una espontaneidad racional. Así sucede que, a cada hora histórica importante, se realizan las desbandadas, los ablandamientos, las disputas internas, las cuestiones personales. Así se explican también los fenómenos de idolatría, que son un contrasentido en nuestro movimiento y que hacen entrar por la ventana al autoritarismo expulsado por la puerta.

No se ha difundido una convicción firme. No existe esa preparación, realizada a lo largo del tiempo, que conduce a la rapidez del deliberar en cualquier momento, que determina los acuerdos inmediatos, acuerdos efectivos, profundos, que refuerzan la acción.

La Asociación de cultura debería cuidarse de esta preparación, debería crear estas convicciones. Desinteresadamente, es decir, sin esperar el estímulo de la actualidad, en ella debería discutirse todo lo que interesa, o pueda interesar un día, al movimiento proletario.

Además, existen problemas (filosóficos, religiosos, morales) que la acción política y económica presupone, sin que los organismos económicos y políticos puedan discutirlos en su propia sede y difundir sus propias soluciones. Esos problemas tienen una gran importancia. Son los que determinan las llamadas crisis espirituales, y nos ponen entre los pies inoportunamente, de vez en cuando, los llamados “casos”. El socialismo es una visión integral de la vida: tiene una filosofía, una mística, una moral. La asociación sería la sede apropiada para la discusión de estos problemas, de su clarificación, de su propagación.

Se resolvería también, en gran parte, la cuestión de los “intelectuales”. Los intelectuales representan un peso muerto en nuestro movimiento, porque no tienen en él un tarea específica, adecuada a su capacidad. Lo encontrarían, se pondría a prueba su intelectualismo, su capacidad de inteligencia.

Construyendo esta institución de cultura, los socialistas darían un fiero golpe a la mentalidad dogmática e intolerante creada en el pueblo italiano por la educación católica y jesuítica. Falta en el pueblo italiano el espíritu de solidaridad desinteresada, el amor por la libre discusión, el deseo de averiguar la verdad con medios únicamente humanos, como los que dan la razón y la inteligencia. Los socialistas darían con ello un ejemplo activo y eficaz, contribuirían poderosamente a suscitar una nueva costumbre, más libre y desprejuiciada que la actual, más dispuesta a la aceptación de sus principios y de sus fines. En Inglaterra y en Alemania existían y existen poderosísimas organizaciones de cultura proletaria y socialista. En Inglaterra es especialmente conocida la Sociedad de los Fabianos, que estaba adherida a la Internacional. Tiene como función la discusión profunda y dilatada de los problemas económicos y morales que la vida impone o impondrá a la atención del proletariado, y ha logrado poner al servicio de esta obra de civilización y liberación de los espíritus a una gran parte del mundo intelectual y universitario inglés.

En Turín, dado el ambiente y la madurez del proletariado, podría y debería surgir el primer núcleo de una organización de cultura puramente socialista y de clase, que se convertiría, con el Partido y la Confederación del Trabajo, en el tercer órgano del movimiento de reivindicación de la clase trabajadora italiana.

 

[Recogido en Scritti giovanili 1914-1918, Turín, Giulio Einaudi, 1958, 143-145; La formazione dell’uomo. Scritti di pedagogia, ed. de Giovanni Urbani, Roma, Riuniti, 1967, 94-96; y La città futura 1917-1918, ed. de Sergio Caprioglio, Turín, Giulio Einaudi, 1982, 497-500] [Traducción de Salustiano Martín]

Antonio Gramsci, Por una asociación de cultura